Autor: García Serrano, Rafael. 
   Dietario personal     
 
 El Alcázar.    18/11/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Por Rafael GARCÍA SERRANO

MIÉRCOLES, 17 DE NOVIEMBRE

Me parece que fue Agustín de Foxá el que calificó al parlamento español de "ingeniosa tertulia nacional". Evidentemente, el bueno de Agustín exageraba. Tertulia, si; ingenio sa, cero. Claro que naturalmente, estamos ahora en la fase de calentamiento de motores. Otra cosa serán —quizás— las próximas Cortes, donde tantas desilusiones van a llevarse muchos de los que ahora tratan de aferrarse al futuro haciendo almoneda del pasado, porque se olvidan de que en política no cuentan más que dos fuerzas: el pasado y el presente. Nadie que gobierne para dos horas después tiene grandes posibilidades de sobrevivir al más mínimo error. El futuro es cosa que manejaban muy bien todos los sacerdotes de antes, porque muchos curas de ahora ni están en el pasado ni están en el futuro, sino sólo en el presente, desraizados y carentes de fe. Para todo futuro se necesita fe: una religiosa o una fe revolucionaria. La España que se aparece en esos vistazos que la tele nos permite darnos por los escaños no muestra un escaparate de futuro apatecible, m siquiera ofrece demasiado presente. Miraba yo los escaños —desde casa, desde lejos, para no coger la gripe parlamentaria, que es la peor de todas— y apenas si vi otra cosa que una gran pecera contaminada donde ya se asfixia todo un mundo que nació al aire libre, sobre la tierra de España y bajo su cielo y que perece víctima de las cámaras, las camarillas, los intereses y los estómagos. Pocos van a sobrevivir políticamente de esa pecera triste, sean peces gordos o flacos, pero en todo caso serán los más habituados al aire libre quienes tengan más posibilidades de supervivencia, siquiera sea porque se quedarán fuera. Una triste floración de retóricos apunta en el horizonte. Se moviliza el trueno, el rayo, el Dios del Sinaí, la gran frase, el Dios salve al país, el Dios salve a la Reina y presiento que en fechas no tan lejanas como mi corazón quisiera, veremos partirse España en la gran tablajería de San Jerónimo, en cachos, en rodajas, en tajadas, en porciones, en rebanadas, en filetes, a cambio de unos votos, de asegurar una endeble coalición, de tú me das una cosa a mí, yo te doy una cosa a tí, y volveremos a vivir jornadas como la descrita por Foxá:

"Azaña se retiró del Salón de Sesiones. Iba satisfecho. Había entregado la Castilla desnuda y gloriosa de su niñez (montes violetas de Alcalá de Henares, donde al Arcipreste sembrara avena loca—, jardín de boj de los Agustinos del Escorial) a los horteras de Barcelona a cambio de unos votos para completar el "quorum".

Más tarde se arrepintió. Pero ya era tarde. Ya había quedado sobre los campos de batalla media juventud española.

Los que sí tienen carrera por delante son mis colegas que hagan crónica parlamentaria o pasillos. Ellos lo pueden pasar bien y con su talento y humor hacer reír a los tristes, porque es bonito esperar el fin con la risa o la sonrisa en los labios.

Y conviene aclarar que todo esto que digo, vale tanto si ganan unos como si ganan otros. A mí lo que me pasa es que el parlamentarismo me produce náuseas y que se trata de un juicio personal, la figura más egregia del parlamentarismo español —no es la primera vez que lo confieso— se llamó general Pavía. Ya murió, el pobre.

 

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