Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
   Sí a la reforma     
 
 Pueblo.    30/09/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Por Joaquín AGU1RRE BELLVER

¿a cuento de qué hemos constituido el nuestro? Vamonos a casa.»

En cuanto terminaron de hablar los tres, la tensión se acabó y comenzaron a caer, artículo tras .artículo, aprobados, los párrafos del informe de la ponencia. Toda la tensión estaba en esos oradores. Y por encima de cualquier otro, en Martínez Esteruelas, a quien se escuchó con atención exquisita, los rostros vueltos

SI A LA REFORMA

ESTA crónica podría despacharla en muy poquitas líneas. Me bastaría decir «luz verde a la reforma» y se habrían enterado ustedes de lo único verdaderamente importante que pasó ayer tarde en el Consejo Nacional. Bueno, tampoco importante, lo que se dice importante, porque era cosa de antemano sabida, Me parece que va ya para tres meses que les anunció a ustedes que ni en las Cortes ni en el Consejo tendría la reforma política grandes objeciones. Para los que nos movemos en los pasillos, la cosa estaba perfectamente clara desde el primer momento. Bastaba con tener el oído alerta. Cierto que los preocupados por el tema se hacían esta objeción:

—¿Como una Cámara, cómo una clase política va a acordar su propia sentencia de muerte?

ES una manera muy elemental de ver las cosas, cuando los políticos son unos seres muy complicados.

Desde que se planteó la reforma, los políticos- razonaban al contrario, justamente al contrario: su sentencia de muerte sería permanecer aferrados al tiempo que caducaba Es muy posible que dijeran otra cosa, pero para sus adentros no quedaba la menor duda.´´Si tengo que probarlo, bastará con decir que la mayor parte tienen su empeño y su esperanza, va para mucho, en la formación de partidos políticos. Es decir, el corazón en la democracia, ´orgánica, las acciones en la demacrada democracia,

AYER comparecieron los tres: Fernández de la Mora, Estératelas y López Rodó. Faltaba Silva Muñoz, pero es que no tiene entrada en el Consejo. No fue necesaria la. presencia de D´Artagnan, A fin de cuentas, no se trataba de dar ninguna batalla, sino de decir que sí. Fuera con los reparos de .fondo de Martínez Esteruelas, con los innumerables picoteos de López Rodó, con los formalismos de Fernández de la Mora, si a la reforma política Esteruelas fue el que lo dijo más claro, con su aceptación del sufragio universal. ¿Se dan cuenta ustedes? Si llegan a decir otra cosa, sus seguidores les preguntarían, con mucha razón: «Pues si no aceptan ustedes los partidos, todos hacia él, tenso el oído. T esto, no sólo en razón de que habla muy deprisa, y es difícil seguirle, sino porque se ha convertido en un líder dentro de un sector muy amplio y su actitud tiene mucho peso

AL presentar la ley el ministro secretario, Ignacio García, procuró eludir las palabras altisonantes. Un acierto psicológico cara al auditorio. Fíjense ustedes en la sabiduría, allí, de este calificativo de la reforma: «-sencillamente necesaria». Ante tantos magnificado r e s, exegetas, dogmáticos y magnificentes, fue como administrarle un «simplemente María». Para compensar, dejó luego sobre los pupitres dé los consejeros nacionales esta consigna del Rey: «Obrad sin miedo», que es ante-lógica, especie de arenga a los soldados de la reforma política.

Me recordó, al pírla, esta otra frase de una compañera que ha estado mucho tiempo fuera de España-y la que pregunté cómo 1-a encontraba a su regreso a la patria:

—Hay miedo —me dijo. —Miedo, ¿a qué?

—Pues no sé especificarlo, pero si t* diré que el miedo es lo más peligroso que existe.

TAMBIÉN debo anotar entre los aciertos de Ignacio García otra afirmación: «Esta es lar hora de las instituciones.? A Fueyo, presiden** ´de le comí.

sión, que pronosticó que después da Franco, instituciones,, te gustó muchísimo. Y al resto de la sala, también, dad? que, hoy por´ hcty "y entré otros motivos, las instituciones son ellos.

PILAR Primo de Rivera dio asimismo su conformidad, aunque dijo que estaba muy asustada con las cosas que vienen pasando. Ciertamente, es para estarlo, señores, y si no, -la consigna real no tendría sentido, si bien se mira.

EL ambiente entre los señores consejeros era de preocupación. Se hablaba bajo, en corrillos pequeños, casi por parejas sin esas mesas redondas bullangueras en el bar que se producen otraa veces, todo el mundo hablando a un mismo tiempo, a voces, para hacerse entender, y luego, al separarse, a ver a quién le toca pagar aquello, que es un lío para los camareros "hablar de esas cosas a señores tan importantes. Ayer, no; ayer quedito y « la oreia.

HUBO curiosc-s. No mucítos, pero ios hubo. Noel Zapico, que llegó a media tarde y se quedó un ratito solo, más por ver cómo iba el asunto que por otra cosa. Y Emilio Romero, a primera hora, me huelo que por ver cómo había caído entre la clase política su primera colaboración en «El País».

PERO no nos engañemos. Ya eJ interés no está aquí, amigos. Es en la reforma sindical donde se cuecen las habas. La verdad, así, sin -rodeos, es que durante el entreacto y durante la función, Icjs señores consejeros hablaban de la reforma sindical Este otro puchero está ya guisado. Aquí y eii las Cortes.

(Amplia información sobre la sesión del Consejo, en página 11.1

 

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