Autor: Fernández de la Cigoña, Francisco José. 
   Se ha perdido un soberano     
 
 El Alcázar.    14/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

SE HA PERDIDO UN SOBERANO

LA ley que el mañana día 15 se someterá a referendum deja a España sin soberano. Eran mucho más respetuosas con el rey las viejas constituciones liberales en las que ía soberanía estaba compartida entre el pueblo o las Cortes y el Rey. Ahora no. Ahora el pueblo es el exclusivo soberano. Lo que tiene graves consecuencias. Y no sólo para el Rey.

Porque, ¿que pasará si las Cortes, que representan la voluntad popular, deciden que esa voluntad exige la república?. En teoría aún le cabe al Rey recurrir al plebiscito disolviendo las Cortes. Pero ¿quien puede pensar que ese plebiscito será favorable al monarca?. Si el Gobierno, la Prensa, la Televisión están en manos de los partidos y esos partidos son los que impusieron en las Cortes el cambio en la forma de gobierno, el referéndum está perdido de antemano por el monarca.

Prácticamente lo que la nueva ley instaura es una república coronada en la que el plazo del mandato del Jefe del Estado resulta indeterminado. Mientras los partidos representados en el Parlamento juzguen que la existencia del rey es conveniente, éste durará. Cuando opinen lo contrario, la única puerta abierta para el monarca es la del exilio. Con la agravante de que, al carecer de poder, no podrá oponerse directa ni indirectamente a campañas, por injustas que sean, contrarias a su persona o favorables a una forma republicana de gobierno. Tendrá que contemplar pasivo, maniatado, como los partidos le defienden o como le atacan. Cada elección parlamentaria será, respecto a su persona, una verdadera Asamblea Constituyente que decidirá si se prorroga su estancia en palacio o si es mejor licenciarle con o sin gastos pagados. Y normalmente será sin ellos.

Esta es la reforma que han preparado los que se dicen son "amigos" del rey. Si la llegan a preparar sus enemigos no hubiera resultado más desfavorable pra la monarquía.

El Rey, despojado de todo poder pues éste está en el pueblo, (queda solamente como un símbolo. Como lo puede ser la bandera. Pero también como símbolo está el rey en desventaja.

Las banderas no resultan costosas para un país, no cometen errores, su imagen es siempre la misma, no necesitan caer bien, tener buena planta, saber hablar y sonreír, no decepcionan ni desilusionan. Un rey que es mero símbolo está sujeto, en cambio, a todos estos fallos humanos que pueden ir degradando su imagen ante el pueblo. También, es cierto, puede con su simpatía, su saber estar, su bondad, ganarse el afecto de la nación. Pero será un trabajo constante, y siendo las multitudes volubles por naturaleza, el quehacer de muchos años puede malograrse, tal vez definitivamente, por un gesto desgraciado o por una campaña de propaganda malévola.

Cosa muy distinta sería si fuera el rey verdadero soberano. Pues el poder bien empleado sería su mejor apoyo y en el caso de que cometiese un error ese mismo poder le serviría para rectificarlo. No como ahora que tendrá que ver, impotente, como el Gobierno acude en su socorro o como le abandona si piensa que ello es políticamente más rentable.

Porque con la soberanía popular el Gobierno está mucho más pendiente del elector que del rey. Ya que el elector puede ponerle en la calle mientras que el rey tendrá que pasar por cuanto el Gobierno haga si no quiere verse en la calle él mismo.

En Suecia, donde tienen un perfecto representante de rey símbolo —lo que alguien llamó Rey poste o Augusto cero—, han comenzado a preguntarse que utilidad reporta a la nación mantener esa figura meramente decorativa y si no se podría obtener mejor rendimiento al presupuesto real empleándolo en otro objeto aparentemente de mayor utilidad.

Flaco servicio han hecho al rey quienes le han privado de la soberanía. Han vaciado así a la monarquía de casi todas sus razones. Un rey era bueno para su pueblo porque al no depender su nombramiento de nadie podía gobernar para todos y no sólo para los que le hubiesen encumbrado. Porque al ser su mandato vitalicio y continuado en su descendencia tenía mayor interés que nadie en gobernar bien para asegurar la corona en él, en su hijo y en su nieto.

Porque por esa misma continuidad no podía hipotecar el mañana con demagógicas medidas en favor de un hoy que "en un punto es ido y acabado" y que arrastrarán después al pueblo a la miseria. Porque no puede pensar, como cualquier partido, en ganar las próximas elecciones sino que ha de gobernar con vistas a ganar la elección que cada día hace el corazón de su pueblo, hoy, mañana e incluso después de su muerte. Todo ello implica soberanía. Al privarle de ella se le ha hecho un flaco servicio al rey. Y, lo que es peor, se le ha hecho un flaco servicio a España.

La vieja sentencia isidoriana del rex erís si recta lacles, si non facies non erís tiene profundas resonancias aún en nuestros días. Y debemos pensar que si el rey, para serlo, ha de gobernar rectamente es requisito indispensable para ello el gobernar. Aquel que nada haga nada podrá hacer bien.

Y ese rey, perpetuamente menor de edad, siempre irresponsable, sometido a la voluntad de unos ministros que ni nombra ni puede remover, espectador inerte de como su patria se encamina hacia el caos sin que puede mover un dedo para impedirlo si no quiere obrar anticonstitucionalmente, es una triste imagen de náufrago arrastrado por las olas que buscan desesperadamente con los ojos una playa que esté en la misma dirección en la que las olas le llevan. Ya que si éstas, en su movimiento, le pasan cerca de alguna otra, sin fuerzas, sin poder sin soberanía, nada podrá hacer para salir de la corriente y nadar vigorosamente hacia ella. Un rey así, como ese náufrago, no tiene otra alternativa que rezar, si es creyente, pera que los bandazos de la política en la que no puede intervenir no le sepulten definitivamente sin pena de nadie y sin gloria también.

Decía el clásico que son los reyes para los pueblos y no los pueblos para los reyes. Y así es. Pero ello no implica en modo alguno la soberanía popular sino un verdadero soberano que de a su pueblo el orden y la paz. Que gobierne para su pueblo y con su pueblo. Que sea padre de todos, caudillo si la patria lo necesita, esperanza en las tribulaciones, amparo del débil, garantía de la ley, incansable paladín de la justicia. En una palabra, fiel servidor de su pueblo y de Dios.

Si el nuevo sistema político que se pretende instaurar aleja a España definitivamente de ese rey no sólo se habrá perdido un soberano sino que también se habrá puesto en peligro, una vez más, la existencia misma de la patria.

Francisco José FERNANDEZ DE LA CIGOÑA

 

< Volver