Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   El riesgo de que el hoy pueda parecer el ayer     
 
 El Alcázar.    14/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EL RESGO DE QUE EL HOY PUEDA PARECER EL AYER

Por Ismael MEDINA

Ala hora de buscar explicación a determinadas situaciones, es necesario establecer un punto de referencia. Para, esclarecer mi grave inquietud en esta hora, habré de recordar aquella mañana lejana de 1945 ó 46, cuando estuve a punto de llegar a las manos con José María Ruiz Gallardón, sobre la gran mesa profesoral del aula 18 de la vieja Facultad de Derecho, en el caserón de San Bernardo. Defendía él con fervor la monarquía liberal, cuyos partidarios y detractores la personalizábamos en don Juan. Defendía yo, con parejo fervor, una República Sindicalista, nacida de un proceso revolucionario de raíz nacional.

Cada mañana leo ahora con interés la sección en "ABC" de Ruiz Gallardón y me encuentro sinceramente identificado con bastante de lo que escribe. En este trance delicadísimo de la política española, debo reconocerle más gallardía aún que cuando estuvimos a punto de zurramos. Entonces nos jugábamos apenas un moratón. Ahora, cada vez entraña más riesgo defender a España. Creo innecesario aducir pruebas.

Algunos dirán que esto me pasa por haberme metido en el "bunker" y que es natural la identificación. Lo paradójico de la situación es que, a medida que pasan los días, somos más numerosos los hombres de campos ideológicos opuestos, desde el tradicionalismo al socialismo nacional, que nos sentimos más identificados en una actitud de preocupación y desasosiego respecto del futuro de España. Parece como si poco a poco hubieran ido cayendo, una tras otra, las hojas en que van inscritas las viejas filiaciones ideológicas, las convicciones en unas formas de gobierno determinadas, en unas concretas estructuras institucionales o en los objetivos propuestos por los programas un día asumidos, etc. Uno tiene la sensación de que nos hemos quedado en muy pocos meses en los puros huesos de los ideales esenciales: Aquellos que configuran el mínimo dogmático en que puede creer casi un entero pueblo, llegado el trance dramático de jugarse el destino de la Patria.

Mi punto de referencia no es en este momento un juicio crítico sobre la gestión del Gobierno Suárez. Me viene de un recuerdo aún más distante que el enfrentamiento con José María Ruiz Gallardón en la Facultad de Derecho, reavivado por la sistematización de algunos viejos papeles y la necesaria confrontación de su contenido con la historiografía de aquel período.

Como los niños de mi generación dejamos de serlo muy prematuramente, nuestros recuerdos políticos suelen estar entre las más lejanas memorias de ta infancia. Y suelen ser muy nítidos, pues también entonces la política se hacía a golpes de muertos, las huelgas a base de piquetes y las elecciones a forzar de tiros. Todo aquello componía un cuadro lo bastante impresionista, como para olvidarlo.

Muchas gentes que militaban en partidos discrepantes, comenzaron a aproximarse, entre susurros de miedo y de consternación. "España se hunde", se lamentaban, mientras los políticos profesionales seguían clamando en la Cámara de Diputados que la democracia resolvería todos los problemas y que la República no podía morir.

Simplifico por fuerza. El paisaje es de sobra conocido por todos. Seria necio regodearse en detalles. Quiero decir, tan sólo, que me preocupa demasiado este descubrimiento. No resulta alentador, en efecto, que nosotros nos veamos forzados a comportarnos como nuestros padres, por causa de estar viviendo un proceso parejo de degradación de la autoridad del Estado, de falta de imaginación política, de predominio de las presiones exteriores sobre la afirmación de los intereses nacionales, de descoyuntamiento de las estructuras y de gobernarnos con sólo soluciones para el día, por pura reacción casi fisiológica ante los hechos consumados. Por eso, también, me ha producido tan honda inquietud el argumento final de la entrega de José María Ruiz Gallardón en su recuadro del domingo, mucho más penetrante y lúcido que el editorial, tan espectacularmente presentando, que desde dos premisas correctas, llega a una conclusión por lo menos equivoca. Ruiz Gallardón pone en evidencia como en una situación política critica, disponemos de un Gobierno más débil que la oposición que intemta crasx.

Si esto sucede con un Gobierno al que el franquismo ha dado un sólido respaldo para asumir la democracia, que ha producido asombro en el mundo, ¿cómo no inquietarse después de la impune chulería con que el PSOE ha paseado la bandera republicana y los puños en alto, el PCE ha galleado con su conferencia de prensa y ese mismo marxismo, disfrazado de grupo escindido, se ha burlado con el fácil secuestro del Presidente del Consejo de Estado? Me parece en exceso peligroso para la salud de la Patria que en la víspera misma del Referéndum, cuando nos jugamos nada menos que la posibilidad de una reforma constitucional pacífica, esa imagen de impotencia del poder del Estado se agrande en ef ánimo de los españoles, moviéndoles de nuevo a identificarse en razón de la defensa de un último puñado de valores permanentes que consideran en peligro inminente.

Pero tanto o más me conturba comprobar que frente a la angustia de futuro que embarga a quienes sienten ya como perentoria la defensa de las últimas trincheras del Estado y al envalentonamiento triunfalista de los partidos de dependencia internacional, el Gobierno no haya tenido ni tan siquiera flexibilidad y la capacidad de reflejos para adecuar la campaña del Referéndum a la nueva situación dialéctica creada por los últimos graves acontecimientos. Esa rigidez es de mal agüero político. Lo ha olido Ruiz Gallardón y de ahí las lacerantes notas finales de su grave advertencia. Parecen haberlo olido muchos españoles, y de ahí que tantas frases escuchadas estos olas a través del teléfono, sobre todo después del secuestro de Oriol, me recuerden con tan extraña fidelidad las que oía inquieto de niño, de labios de los mayores de entonces.

Es obvio recordar, además, lo que vino como consecuencia ineluctable. No se si la historia se repite, según la tesis spengleriana. Pero hay ocasiones en que para el pueblo se asemeja demasiado. Es lo malo, sobre todo cuando la aceleración de la Historia alcanza índices tan altos como ahora.

 

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