Autor: Arauz de Robles, Santiago. 
   Los derechos del pueblo     
 
 Informaciones.    21/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

Les derechos del pueblo

Por Santiago ARAUZ DE ROBLES

UN vespertino del día 14 publicaba en su primera página el listado de las consignas de los partidos políticos ante el referéndum. Partios, sólo 27 eran favorables al «sí». El resto se repartía entre la tesis abstencionista y el voto negativo.

Los resultados reates de la votación arrojan una participación de más del 77 por 100; de ella, un 94 por 100 de votos afirmativos. Una conclusión es, pues, clara: los partidos políticos están hoy todavía muy lejos de la conciencia popular, del pueblo. El pueblo, convocado a construir su futuro por grandes opciones ideológicas, está todavía desvertebrado en este campo.

Por otra parte, ese mismo pueblo ha mostrado una gran carga de sentido común, de sensibilidad a la variación de circunstancias y un ejemplar espíritu sin amarras, libre de lastres. Ai margen de todo halago y rehuyendo asomarme a la demagogia, a medida que uno va andan do en la historia real del país va haciendo más medular aquella verdad que leyó en Ortega —y que éste había bebido en el Romancero—:

En España, todo lo Importante lo ha hecho el pueblo, y lo que él no hizo se quedó sin hacer.

El pueblo está dispuesto al tiempo nuevo, que él ha querido abrir por intuición profunda. En toda agrupación social, y más en las agrupaciones Ideológicas, la minoría tiene un papet de fermento. De ahí que las minorías —partidos— deban salir ai encuentro del «tempo» del pueblo —que claramente se ha visto que les precede en el sentido del momento histórico que se vive y de los intereses de la Patria—, encarnarse, en él e Incorporarlo a las tareas políticas activas. Esta obligación, grave obligación inexcusable de las minorías que no puedan demorarse en bi zantínísmos tácticos, constituye, por otra parte, un Derecho del Pueblo que ha definido su-propio régimen político cara a futuro. Ese derecho genérico, cuya afirmación quiero subrayar, pienso que a poco que se profundice en él se desglosa en una pluralidad de derechos singulares que, en unión seguramente de otros, varios, podrían constituir una especie de carta magna de) momento español. Entre tales .derechos, nos parece posible enunciar los siguientes:

Derecho a que nadie, persona o grupo, atribuyéndose un encargo testamentario o cualquier carisma histórico, se reserve la exclusiva de definir el sentido de la evolución futura interpretando e! pasado. El pueblo, que construyó tal pasado y comulgó realmente en él, na hecho ya su opción y son innecesarias exéoasis.

Derecho a que la participación en que consiste la democracia se haga de posible ejercicio real Para ello, el poder debe ser transferido a la sociedad y repartido »n ella tarto como sea posible, La participación sólo existe cuando la decisión se. acerca a la persona. Un poder concentrado conduce siempre a un totalitarismo —es decir a un poder que no hace consideración de ¡a persona—, aunque se inscriba en una democracia inorgánica. El pueblo ha optado por la participación, y no puede defraudársele

Derecho a que no se polaricen los extremos empeñándose en producir una excisión que no existe: las afortunadamente fenecidas «dos Españas». El pluralismo ideológico es consecuencia obligada de ía libertad personal y de la capacidad de Imaginación Pero ni social ni espiritualmente —y hay que convenir en que ello es consecuencia del pasado— et pueblo está predispuesto al antagonismo, sino a la construcción.

Los principios de. la tolerancia y el día-logo se han encarnado al fin en la escio dad española. En consecuencia, derecho a que se mantenga y se sea consecuente con ella, la paz y el orden, no paz estática y defensiva, sino ilusionada, con que se na abierto el período de autodeflniclón y autoencuentro de España con su nueva circunstancia Derecho ai mantenimiento del Juicio crítico, sin alegrías de ruptura,- pero también sin Inercias ni lastres, para adaptar se con realismo a la variación de circunstancias de hecho que se vayan produciendo. El dogma ´como regla de convivencia debe ser sustituido por la actitud de búsqueda, construcción y concordia permanente Derecho a que las minorías políticas entiendan que su primer e irrenunciable cometido es salir al encuentro del pueblo y no empeñarse en la conquista del Poder, porque el Poder sólo se legitima cuando representa al pueblo V a él te sirve.

Derecho a que ias minorías se centren, desde ya, en aquella función que las justifica: desarrollar técnicamente aquellas soluciones políticas que permitan realizar las aspiraciones del pueblo.

Derecho a que cualquiera que sea ía alternativa que ofrezca, ningún grupo rehuya tomar postura ante problemas reates y más en momentos críticos del pafs anteponiendo los intereses de! partido, unos intereses tácticos, a los generales de la nación. El pueblo, que se mueve por grandes esquemas de valores, es sensible a tales maniobras y acaba por des calificar a quiener las practican.

Derecho a que no se pierda de vista desde ninguna posición, la verdad definitiva de que la política es siempre un instrumento de servicio al hombre: y al servicio del hombre que vive en sociedad, pero que es libre, singular y creador, hart de estar el Estado, cualquier estructura y los partidos políticos.

Derecho a que esa consideración de la persona sea integral y ni se Incurra en actitudes de «despotismo ¡lustrado», es decir en unas tesis providentes de solución de los problemas materiales sin contar con el ciudadano a quien afectan, ni se niegue tampoco a dichos problemas materiales —económicos— la Importancia primaria, no en una consideración cuaü-tativa, pero sí como estructura o soporte básico, que tales problemas tienen. Et conocido «slogan* de que sotó los países ricos soportan la democracia, no es sino una expresión actualizada del «prlmum vivero, dein filosofare». En este sentido, aquella función técnica de búsqueda de soluciones que compete a las minoría* efe que antes habfé, cobra carácter apremiante en el actual momento de España, dentro de ía crisis de Europa. El olvido de este aspecto haría aflorar (a nostalgia de los despotismos. Lo cual implicaría una regresión, pero de aíguna manera forzada por el abandono do sus cometidos por parte de las minorías.

Derecho a que ninguna minoría Ideológica, social o territorial, se empeñe´ en imponer su verdad relativa, o, alternativamente, en excluirse de] juego político. El sacrificio de las propias ideas es, en ocasionas, la mayor aportación -posible a´ bienestar de los pueblos.

Derecho a que tos derechos de la persona, valga la redundancia, no se consideren negociables y en consecuencia «>•, metidos a la ley de las mayorías. Dicho"; de otra forma: reconocimiento de los límites objetivos de cualquier forma cíe efemoc ráela.

Derecho a que se reconozca que la "Monarquía ha coincidido desde su Instalación con el «tempo» del pueblo. Es decir, se ha puesto a su servició, y, en consecuencia, reconocimiento de que el pueblo le ha otorgado en el último referéndum su refrendo plebiscitarlo.

Derecho a que, con el pretexto de ponerla a cubierto de un riesgo, no se arranque de la sociedad la ilusión de saberse protagonista de su destino.

Derecho á que las minorías no utilicen la cobardía del halago permanente, sino el arma política madura del recordatorio al pueblo de sus propias responsabilidades, y de que la convivencia, la patria y la felicidad Individual dentro de la misma. son ciertamente un empeño diarlo y conjunto.

En definitiva, el pueblo pecesito de las minorías para la arquitectura de sus propios proyectos. NI las minorías pueden suplantarte en aquellos proyectos ni tampoco pueden olvidar su función instrumenta! y de servicio. El pueblo, bueno será repetirlo, tiene derecho a las minorías. Y éítas han de salir a su encuentro. El camino de las urnas, el camino del Poder pasa por la sociedad. Y al en el referéndum —que era la opción Inicial por la democracia de partidos— el divorcio ha podido carecer de trascendencia real, cara a! ejercicio operativo de tal democracia, aquél divorcio la harto ¡nviable. No sólo es, pues, que se autodescarten los partidos que no salgan al encuentro de (a calle, sino que erradicarían al sistema mismo, aguarían definitivamente el vino de la democracia.

 

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