Autor: Rubio, Francisco. 
   El síndrome de Consuegra     
 
 Diario 16.    27/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Lunes 27-diciembre 76/DIARIO16

El síndrome de Consuegra

Francisco Rubio (Profesor Agregado de Derecho Político de la Universidad Complutense.}

En/la ciencia política contemporánea cabe distinguir, simplificando, dos corrientes principales: la que ve la política como conflicto y la que la define como función. Para la primera de ellas, la política es la batalla permanente y más o menos incruenta que libran entre sí los distintos grupos existentes en el seno de toda sociedad y, muy espe-tíialmente, las distintas clases en que, de uno u otro modo, aparece dividida. Su expresión más conocida, aunque no única, es el marxismo. Para la segunda, que, grosso modo, puede llamarse funcionalismo, la política es simptemente mas funcion social. Una junción inexcusable que toda sociedad ha de llevar a cabo para sobrevivir y que, aproximadamente, consiste en la solución mediante procedimientos de autoridad, no de violencia, de todos los conflictos sociales que no se resuelven pacíficamente mediante el mecanismo del mercado. No niega el conflicto, pero no identifica la política con él porque el conflicto mismo no es, por decirlo así, sino una más de las numerosas variables (cultura, Demografía, etc.), que en toda sociedad condicionan la realización concreta de la función política.

Es claro que tanto la teoría del conflicto como la teoría de la función son, en el más noble sentido de la palabra, ideologías. Ambas intentan analizar y explicar la realidad a la luz de ciertos valores consciente o inconscientemente asumidos y con el propósito, consciente o in-coriscieirte^ de colaborar al logro de un objetivo concreto, de un determinado modelo de política y de sociedad. Acusarlas de ideológicas no equivale, sin embargo, a invalidarlas. Todo conocimiento de la realidad social y política es inevitablemente ideológico, pero todas las Ideologías auténticas, no los esquemas propagandsiticos o las

mentiras deliberadas (como, por ejemplo, una cierta versión de la doctrina del "fin de las ideologías"), tienen tra contenido racional son verdaderas; aunque su verdad no sea toda la verdad, es la verdad posible.

Sólo alguien situado fuera del mundo, alguien que no fuese, al mismo tiempo, sujeto y objeto del conocimiento, podría conocer la sociedad con la misma plenitud que nosotros conocemos (cuando lo conocemos! el mundo natural.

Aunque por uaa deformación profesional tan inevitable como lamentable, mi estilo tiene una desgraciada tendencia al didactismo, lo que pretendo no es dar a mis lectores un curso acelerado sobre la situación actual de la ciencia política. Todo esto viene a cuento de una carencia alarmante de nuestra publicística.

La lucha por la instauración de la democracia está muy lejos > ¡qué más quisiéramos!) de haber superado todos los obstáculos creados deliberadamente, o de haber vencido todas las resistencias conscientes que enconadamente se le oponen, pero ya sería tiempo de que alguien comenzase a prevenir sobre los obstáculos y las resistencias espontáneos, involuntarios, que para la democracia surgirán irreniedia Wemenie cíe nuestra socieoaa y en especial de lo que Ridrne-jo llamaba "el macizo de la raza".

No son obstáculos para !a instauración formal de la democracia, sino para su mantenimiento y su arraigo o lo que es lo mismo, para su rea! implantación. Y no son, por supuesto, un argumento contra la democracia, simo más bien en. favor de su necesidad. Bien entendido, el alegato frecuente de nuestra derecha cerril de que "no estamos preparados para la democracia" es, a la vez, una acusación contra quienes durante siglos impidieron que nos preparáramos a través de la única

vía posible, que es la de la práctica, y una invitación a sacudirnos de una vez su tutela para emprender el camino de la libertad, que es un largo camino. Pero ¡son obstáculos y obstáculos graves que hay que empezar a denunciar para que nunca más este país vuelva a encontrarse en 1936.

En resumen, todos loe obstáculos a que me refiero son producto de nuestra peculiar cultura política, as decir, del conjunto de ideas, sentimientos, representaciones y valores con los que la mayor parte de los españoles se enfrentan con la política y que deben ser substituidos ,si durémos; que España se convierta en nna real democracia. Los rasgos más destacados y más nocivos de esta cultura son seguramente la visión quíliástiea, que ve en una determinada forma política "el reino feliz de los üempos últimos", y la actitud de subdito, que lo espera todo del poder y no siente respeto de él otro derecho ni otro deber que el de la obediencia

Es esta actitud de subditos la que me parece expresar muy claramente el famoso episodio del No de Consuegra. Lo que en ese episodio me parece sintomático y grave no es la probable falsificación de unos resultados electorales. Esto es trivial, relativamente común y, en la medida en que sea aislado, no muy importante. Lo tremendo es que si he entendido bien las informaciones de Prensa, la indignación que en Consuegra ha originado esa falsificación estaba de alguna manera movida por el temor de que el insólito resultado pudiera desencadenar represalias del Gobierno o, más exactamente, de la Administración.

Mientras ese temor exista será difícil que tengamos ciudadanos,. y sin ciudadanos no hay democracia.

El análisis y la denuncia de estos obstáculos es posible desde la visión funcional de la política, pero no desde la teoría del conflicto, a la que necesariamente, por la fuerza de las cosas, han de aferrarse las fuerzas de la izquierda, cuya misión histórica es la de derribar las resistencias deliberadas. Es hora de que la derecha civilizada, si de verdad quiere la democracia, asuma la suya y comience la lucha contra el subditisino instintivo.

 

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