Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   España, en juego     
 
 ABC.    19/07/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

España, en juego

HABRÁ que pedir a los dioses del cielo y a los destinos de la Historia; habrá que esperar de los hombres

que están haciendo la Constitución y que construirán el futuro con esta Constitución en la mano, que

despojen de toda sombra de razón el elocuente discurso que don Manuel Fraga pronunció ayer en el

Congreso de los Diputados. Porque si el sino del tiempo o la torpeza de los hombre» 1« dieran alguna

razón a don Manuel Fraga, éste habría pronunciado ayer una oración funeral anticipada, un réquiem de

antemano, unas exequias prof éticas ante una vocación de cadáver llamada España. Les historiadores

tendrían que ir a buscar ese discurso entre los añicos de una nación gloriosa y desgraciada.

Refrenando su famosa vehemencia apasionada., pronunció un discurso que tiene mucho más de lección

que de arenga. En dos momentos, sus palabras adquirieron un tono de énfasis patético. Primero, cuando

afirmó la necesidad absoluta de distinguir entre los legítimos deseos de autonomía, que pueden encontrar

una solución política j administrativa, y los claros intentos de separatismo revolucionario, que no tienen

otra solución que el uso. sereno pero severo, de todas las fuerzas del Estado. «Todo lo que sea confundir

una cosa con otra —dijo—. en mi opinión no tiene más que un nombre, que es el de alta traición.» Y otro,

al final del discurso, cuando construyó un párrafo casi de retórica castelarina para decir: «En estos

momentos, pienso en la Madre España a quien me debo, y quisiera tener la voz de Démosteles, la

inteligencia de Cicerón, la capacidad de convicción de Vicente Ferrer, la elegancia sublime de Castelar, la

candidez de Un apóstol. Porque estamos hablando de la Patria inmortal.;?

De vez en cuando, Fraga hace estos obsequios oratorios a las paredes de este caserón, de las que cuelgan

frases como éstas. Aquí y ahora suenan extrañas, como arrancadas de las páginas amarillas de los viejos

«Diarios de Sesiones», vulnerados por la herida del tiempo. Pero ayer, en el hemiciclo, estas palabras

solemnes y graves hacían aún más densa la pesadumbre del aire que se respiraba en la Cámara. De alguna

manera, sus señorías eran conscientes de que, a pesar de su voluntaria sordera, sobre la mesa de los

debates parlamentarios estaba extendido, en espera de un tratamiento a vida o muerte, el cuerpo de un ser

entrañable, gigante y sagrado a! que llamamos con el nombre de España.

Hablaron todos. Bueno, casi todos. Habló uno de los grandes mudos de esta Constitución: don Felipe

González. Sin embargo, don Adolfo Suárez tampoco ayer estaba a la cabecera del banco azul. Don

Adolfo Suárez realiza cortas visitas al debate constitucional. TaJ vez sea porque, en realidad, como ya

saben todos, la Constitución se cuece en oíros hornos más retirados y secretos. Cada cual hablaba de su

España, de la de él. de su verdad de España. Lo explicó el señor Arzallus, el vasco, con palabras suaves,

de homilía jesuítica, corteses en la forma y con duras aristas en los conceptos. Fraga había hablado con

sinceridad y con pasión de España, y nunca como en esta ocasión el señor Fraga merecía respeto, según

explicaba el señor Arzallus. Pero la España del señor Fraga no es la España del señor Arzallus. Ni la de

don Felipe González, que aspira a una España federal s que piensa que esta Constitución pone los

fundamentos para esa España. Yo recordaba, como tantas veces que tengo que socorrerme de sus versos,

de aquel breve consejo de don Antonio Machado:

Tu verdad, no. La verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela.

Allí no se buscaba la verdad entre todos. Nadie se iba con nadie en busca de la verdad. Cada cual decía la

suya, sin escuchar la de los demás. Todavía no han terminado de escribirla y ya arrima cada cual la brasa

de la Constitución a su propia sardina ideológica o política. El señor Arzallus hacía un recorrido

sentimental por las viejas historias de su País Vasco. Nos hablaba de decretos más que centenarios. De

agravios seculares. De los Reyes Católicos. De la dominadora Castilla. ¡Pobre Castilla, ayer dominadora,

envuelta en sus harapos, acusada todavía de conquistadora y de dominante por las regiones más ricas, más

llenas, más Privilegiadas de esta aventura universal que es España! No hay más que pasearse por Soria

para ver cómo esta Castilla no se ha enriquecido con ningún dominio, venía a decir Felipe González, y

afirmaba esperanzada y esperanzadoramente su fe en que cualquier región a la que se quisiera separar de

España, se sublevaría para pedir a gritos su integración en la patria común. Pero los vascos siguen

hablando de su «soberanía». Y algunos catalanes sisuen hablando de su «soberanía». Y después hablan de

solidaridad, como si la solidaridad no fuese, en esa expresión abstracta, algo así como aquelln del deber

de los españóles de ser «justos y benéficos» que señalaron los padres constituyentes de la Constitución de

Cádiz.

Al señor Fraga le ha respondido el señor Benegas. Siempre que he escuchado a Txiqui Benegas, como le

llaman cariñosamente sus companeros de escaño, he sentido la sensación de oír la voz del sentido común

y da la moderación justa en los juicios difíciles, en los juicios casi salomónicos. Lástima que ayer su

vehemencia juvenil le llevara a irse de la lengua. Le recordó a Fraga lo de que antes de legalizar la

ikurriña habría que pasar por encima de su cadáver. Y el señor Fraga estaba vivo. No había cumplido su

palabra. Y le dijo que la bandera española la llevaba en los tirantes para que no se le bajasen los

pantalones. Era como responder con un chascarrillo a una oración de Pericles. El señor Fraga tuvo que

intervenir «por alusiones». Los pantalones no se le bajaban por ninguna impertinencia del señor Benegas.

«Y creo que este modesto cadáver, a pesar de su imperfecto formato y de su carácter reaccionario, no

debería haber sido mencionado en esta Cámara.» ¡Dios mío, siemnre tenemos pronto el agijón y tardo, el

argumento! ¡Siempre y siempre la cuchillada conlra el silogismo;—

Mientras estas cosas ocurrían en el hemiciclo, en algún despacho, sin luz. ni taquígrafos, ni pueblo, ni aire

libre, se desmayaba y desfallecía el ansiado consenso con los vascos. Vasconia todavía, anoche, no era

espacio constitucional.— Jaime CAMPMAMY.

 

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