Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El debate y el combate     
 
 ABC.    15/07/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ESCENAS PARLAMENTARIAS

El debate y el combate

EL hemiciclo es un laboratorio aislado del mundo exterior donde los señores diputados realizan sus

ensayos y experimentos de pura teoría política. E1 hemiciclo es una torre de marfil en la que unos cuantos

aprendices de parlamentaria hacen sus pinitos oratorios, alejados, sordos y como desentendidos de lo que

está sucediendo a su alrededor. E1 hemiciclo es una academia de jardín donde se juega a debatir y a

aprobar leyes que ya llegan aquí pactadas e intocables. El hemiciclo es un parvulario en el que algunos

discípulos de derecho constitucional recitan sus lecciones cutre dos o tres maestros que, de vez en cuando,

salen a la pizarra a sabiendas de que al dictar su lección magistral se están tomando una fatiga inútil. El

hemiciclo es como el salón de una escuela taurina en la que el toro es una inocente carretilla armada con

cuernos de cartón. Aquí se juegan al debate, a hacer leyes que alguien está pretendiendo a tiros que

queden escritas solamente en el agua. El verdadero combate constitucional se está celebrando en otro

«ring:», detrás de puertas cerradas. Y el verdadero combate político se está desarrollando en otros

campos, en ios rincones para la intriga, en el parlamento de pup el, donde se grita lo que se calla en los

escaños, o en la caite, en el aire vulnerado de las ciudades heridas. En estos combates es donde unos y

otros se están llevando a las cuerdas y en donde ya empieza a valer todo, desde el golpe

antirreglameníario hasta el hierro escondido bajo los guantes.

En el hemiciclo, sus señorías aprueban artículos a galope parlamentario, porque estamos en lu que se

puede llamar el llano constitucional, que terminará cuando comience la ascensión del titulo octavo, el de

las autonomías, que es el que esperan los vascos para obtener concesiones que tal vez un lisiado no pueda

conceder sin dejar de ser Estado, o para hacer lo de siempre: salirse de la Constitución, romper la baraja

de la reconciliación democrática. No tengo ninguna vocación de profeta mayor ni de profeta menor. Pero

el aviso era fácil, «Pónganse ustedes en lo peor. La Constitución la están haciendo entre don Fernando

Abril Martorell y don Alfonso Guerra, entre don Fernando el Caótico y don Alfonso el Batallador.» El

consenso nació con un pecado original de soberbia: la expulsión de las minorías. El consenso nació con

otro pecado contra la liturgia parlamentaria y democrática de la luz y los taquígrafos. Ya en aquella,

ocasión, los diputados vascos hicieron el amago de una retirada. Después, en la Comisión constitucional,

hemos visto cómo los representantes del Partido Nacionalista Vasco hacían propuestas anacrónicas como

«pactos con la Corona», adoptaban posiciones testimoniales y estériles, y ni siquiera contestaban con

gallardía las disparatadas pretensiones del «abertzale» don Francisco Letamendía.

Más tarde, ya en el hemiciclo del Pleno, los vascos retiraban todas sus enmiendas en bloque sobre

aquellos artículos que no fuesen los concretos del título de las autonomías. Era como mía advertencia de

un nuevo y definitivo abandono del Parlamento que representa a todo el pueblo de España. El señor

Letamendía termina sus oraciones parlamentarias con canciones terroristas que hablan del viento de la

libertad. Los diputados del Partido Nacionalista Vasco ni siquiera tienen una palabra de piedad para esos

otros vascos asesinados en nombre de aquella libertad, que ya es sólo una libertad para matar. El señor

Letamendía trae al Parlamento las condiciones de E. T. A. para un alto el fuego. Y el fuego arrecia. Se

está coaccionando la redacción del texto para la conciliación y para el futuro libre y común. Se está

tiroteando la libertad para escribir el evangelio de nuestras libertades. En las Vascongadas caen

asesinados los policías, los periodistas, los jueces de paz. Se acribillan a los miembros del terror «ue

quieren apartarse de la violencia y decir el adiós a las armas. El terror suplanta al Estado en la

recaudación de impuestos revolucionarios. Una Policía Incontrolada identij´ica a los transeúntes y permite

o impide la circulación por algunos barrios de las ciudades vascas. Se cortan las comunicaciones. Se

levantan barricadas. Se sitian los acuartclanüeníos. Se exige la libertad de los asesinos. Se uiatan, también

las fiestas. Se pide la dimisión de cualquier autoridad. Se le hace la vida imposible al Estado.

Hace falta estar ciego para no darse cuenta de que se trata de que en el País Vasco no se pueda votar, en

paz, en libertad y en orden, una Constitución para España. Hace falta estar ciego para no darse cuenta de

que se trata de arrancar leyes, no a suma de votos pacíficos, sino a tiros de metralleta. Hace falía estar

ciego para no darse cuenta de que se trata de derrumbar los fundamentos del Estado, de desmoralizar a

sus servidores, de sacar de quicio las instituciones. En medio de este clima se está pactando la

Constitución con la minoría vasca. Y se está pactando en secreto, sin que el pueblo se entere de lo que

piden unos y de lo que conceden otros: escondiendo vergonzantemente las responsabilidades de los que

fuerzas y de los que ceden. El Parlamento pone en manos del Gobierno un decreto antiterrorismo; pero

ese decreto se queda viejo e impotente antes aun de ser usado una sola vez.

Mientras tanto, laá fuerzas que luchan y mueren frente al terrorismo se ven acusadas por los mismos que

las niandan desde puestos civiles, y despreciadas por la misma sociedad a la que sirven. Caen en la

tentación del desmande y del desahogo de la represalia por su cuenta. El Gobierno deja vacío,

inexplicablemente vacio su sitio en el Parlamento, su sitio ante los representantes del pueblo, el banco

azul de las responsabilidades, de las explicaciones, del anuncio de decisiones proporcionadas a la

gravedad de la situación. El Consejo General Vasco pide las funciones del orden público antes de que las

leyes señalen los límites justos y las competencias delegables.

Mientras tanto, el propio partido en el Gobierno ataca a las autoridades del Gobierno, Los diversos grupos

del partido centrista andan a cuchilladas y a zancadillas, se enzarzan en una sorda lucha cuerpo a cuerpo.

Se murmura la crisis o el reajuste ministerial y empiezan los navajazos por las carteras. Los más cat as t r

of is t as o los más madrugadores hablan a grandes voces de guerra civil. Pero el presidente del Gobierno

calla. Debajo de las alteraciones del orden público hay ua mar de fon* do político, .pero el vicepresidente

para Asuntos Políticos calla también. La oposición aprovecha los sucesos, no para atacar al Gobierno,

sino para intentar vencer al Gobierno dejando inerme al Estado. Todos interpretan y cuentan los hechos a

su gusto y beneficio. Ya no es posible saber dónde empieza la verdad y donde termina la insidia...

El hemiciclo es una parque triste, lánguido, romántico, lírico y fantasmal, poblado de árboles con la

cabeza a pájaros de libertad, cruzado de caminos alfombrados de letras muertas.—Jaime CAMPMANY.

 

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