Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   ¡Enhorabuena, España!     
 
 Informaciones.    07/04/1978.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ESCENAS PARLAMENTARIAS

ENHORABUENA, señor presidente del Gobierno. Enhorabuena, señores oradores de los partidos de la

oposición. Enhorabuena, gentes que habéis creído en la madurez democrática de nuestro pueblo.

Enhorabuena, España. Si es verdad que la democracia sólo se aprende ejercitándose en ella, el debate de

ayer en el Congreso de los diputados marca el momento en el que nuestra democracia niña deja las

andaderas y echa a andar sola por el camino de la fecundidad del diálogo parlamentario. Ayer asistimos

al primer gran debate de nuestras Cortes. Nuestros políticos se acercaron a la realidad, a las realidades

que preocupan al pueblo que les eligió; asumió cada uno el papel que le corresponde en las opciones

diversas del abanico político; hablaron claramente, directamente, de los muchos problemas de este

excepcional momento histórico, de sus riesgos y de sus esperanzas, y, sin renunciar a su propia identidad

política, pusieron por encima de sus intereses de partido el interés común y superior de España.

Aquí podría terminar esta crónica de urgencia después de muchas horas de discusión y de esgrima

parlamentaria, porque todo lo demás es anécdota. Pero la anécdota también fue sabrosa, y quizás sirva,

mejor que mis impresiones subjetivas, para alcanzar la categoría. El Pleno del día anterior, con dos largos

discursos leídos y monocordes, había decepcionado a la afición, y ayer, ni en el hemiciclo ni en las

tribunas, se registraba el lleno hasta las columnas y hasta los pasillos. Quienes acudieron el miércoles y

faltaron ayer, se equivocaron de corrida. Porque ayer los maestros le perdieron el miedo a la oratoria

directa, perdieron esa timidez que antes les tenía asidos a las cuartillas escritas de antemano, encontraron

su verdadero papel en ese gran teatro de la política que es el Parlamento y buscó cada uno su estilo, su

manera y su verdad, sin perder el respeto al estilo, la manera y la verdad de los otros.

Si la democracia es dialogar con sinceridad, con firmeza en los conceptos y moderación en las formas,

con síntesis lúcidas, con ironías soportables y con pasión sin ferocidad, el diálogo de ayer en la Cámara

de los Diputados fue un primer intento de lección magistral de democracia. Si el momento histórico que

vive España requiere que cada cual conserve su definición política, sin confusionismos ni vacilaciones,

pero que cada uno también sacrifique algo de las exigencias de su programa de partido a un acuerdo sin

el cual difícilmente podría edificarse el edificio del nuevo Estado democrático, ayer los partidos políticos

españoles que constituyen eso que se llama el arco constitucional estuvieron, en general, a la altura de las

circunstancias históricas. Si esas circunstancias, no, ya especiales y singulares, sino excepcionales en la

historia de nuestro pueblo y de los demás pueblos, exigen del Gobierno la humildad de contar con el

apoyo y la aprobación —el famoso «consenso»— de la oposición, y exigen de la oposición la humildad

de cooperar, con las condiciones y compromisos lógicos, en la tarea difícil del Gobierno, de un Gobierno

que tiene que construir un nuevo Estado sin abrir un proceso revolucionario, podemos empezar a decir en

verdad que se ha tomado conciencia de esa doble exigencia y de esa doble obligación.

Todo eso, sin abdicar de la actitud crítica, que es consustancial con el debate parlamentario, y que debe

estimular a que cada cual cumpla mejor y más satisfactoriamente su deber: al Gobierno, a que gobierne; a

la oposición, a que estimule, modere y complemente la acción del Gobierno. Dura crítica la de don

Manuel Fraga. Ya se sabe que Fraga es un torrente de conceptos y una catarata de palabras vehementes.

Pero sus venemencias, ayer, estuvieron siempre salpicadas de humor, de toques de florete. «Se puede

gobernar1 en do mayor o en sí menor —decia, mirando al señor Suárez—, pero no se puede gobernar sin

sostenidos y sin bemoles.» El torrente Fraga decía que las cárceles no pueden ser paradores de turismo,

daba la cifra de más de un billón de pesetas pérdidas en la Bolsa, contaba los precios de los garbanzos y

de la mantequilla, llamaba «Antiguo Testamento» a los Pactos de la Moncloa, acusaba al Gobierno de

falta de autoridad, narraba anécdotas de humor británico; pero a continuación enumeraba medidas a

adoptar con la enunciación precisa de un verdadero programa de Gobierno

.

Trece buches de agua necesitó el señor Abril Martorell para responder al discurso del señor Fraga. Para

contestar sin brillantez, sin eficacia y con bastante torpeza. Dicen los que le conocen que el señor Abril es

un negociador hábil y tozudo; pero el señor Abril no es un orador ni brillante, ni eficaz ni siquiera

inteligible.

Dura y exhaustiva fue la crítica de don Felipe González. Hora y cuarto de consideraciones sobre el estado

de la cuestión y de instigaciones al Gobierno, en un discurso yel mejor de todos los que ha pronunciado

en estas Cortes— más claramente socialdemócrata Que otras intervenciones suyas con ciertas veleidades

hacia el equívoco marxista, y que hubiera sido una casi ejemplar pieza oratoria del jefe de una oposición

perfectamente capaz de asumir las tareas de Gobierno, si no se hubiese alargado en algunas innecesarias

reiteraciones finales. Pero habrá que añadir, en honor a la verdad, que tanto la crítica del señor Fraga

como la del señor González terminaron con la renovación de una confianza al Gobierno, en el

reconocimiento de que sólo un Gobierno sin la enemiga encarnizada de la oposición puede construir en

estos momentos esos dos arcos de medio punto en que debe descansar la tranquilidad de nuestro futuro: la

consolidación política de la democracia y la recuperación de la crisis económica.

He citado las dos intervenciones más brillantes, a mi juicio. Pero a la altura de siempre había intervenido

el profesor Tierno Galván, autor eterno de «epístolas morales», profesor de rigor y de moderación, al que

hay que citar necesariamente, aunque su intervención se produjera al final de la primera sesión de este

Pleno, y no ayer. El catalán Jordi Pujol ofreció consideraciones llenas del buen sentido, del sentido

práctico y realista, moderno y europeo, que le caracterizan como representante de un nuevo empresariado

español. Quizá el gran marginado del brillo del debate fuese don Santiago Carrillo, estrella en otros

debates.

Y, para final, el improvisado discurso del señor presidente. Rumores de desilución acogieron la presencia

en la tribuna del señor Abril cuando salió a responder a los jefes de los partidos. Sonriente, le animó el

presidente. Y cuando el señor Suárez le siguió en e] turno, la Cámara quedó en silencio expectante.

Precisión en el concepto y en la palabra, ironía elegante, firmeza sin agresividad. En diecisiete minutos,

Adolfo Suárez dijo más que en la hora larga del día anterior. Tantas, que merecen una nueva crónica, una

crónica que deberá titularse «La casa de todos». La prometo, con permiso del director.— Jaime

CAMPMANY.

 

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