Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El discurso del método     
 
 ABC.    06/04/1978.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El discurso del método

NO. No se relaman de antemano los golosos de la malicia. No traigo aquí el titulo cartesiano para contar

que el señor presidente del Consejo ha venido a decir en su discurso una paráfrasis de Descartes:

«Gobierno, luego existo. Lo que quiero decir y digo —y va de plagio— es que el señor presidente no ha

bajado al campo de los desafíos, no ha pronunciado un discurso de brega política parlamentaria. Todo lo

contrario. Ha explicado el método según el cual todos deben ayudarle mansamente, pacientemente, a

terminar el laboreo democrático. Ha s:do como si el caballero fieramente retado se hubiese presentado al

combate tin escudo, sin lanza, sin caballo y con los brazos abiertos pidiendo la paz. Si el lenguaje prolijo

y desangelado de la prosa política fuese capaz de la síntesis retórica de la poesía, el señor Suárez podría

haber pronunciado ayer tarde un discurso de sólo circo palabras: "Ayudadme a traer la democracia.´´

Quiero pensar y pienso —y sigue el plagio— que el señor presidente del Gobierno ha sacrificado aposta

cualquier tentación de brillantez. cualquier asomo de garbo cualquier atisbo de garra para su discurso. Si,

como creo, ésa ha sido su intención, la pieza oratoria le ha salido perfecta. Un discurso largo,

solemnemente obvio, soso y reiterativo en los recursos del estilo: un hilo que se toma desde lejos y que se

va ovillando con monotonía, con voz grave y un tanto cansina y cansada; una oración adormecedora, casi

una lenta canción de cuna para todo un pueblo: ese discurso de tregua y de pacto —cada dia estamos en ta

renovación del Pacto—, que traia una música un poco vieja, como de los albores de la transición, o de las

postrimerías de la decadencia, ha terminado pronto con la expectación del hemiciclo.

Los escaños rojos estaban rebosantes, como en una sesión conjunta de las dos Cámaras. Por las filas altas

se veian rostros de senadores que hablan acudido a ver cómo el señor presidente salía del gran reto del

Parlamento. Lat tribunas eran como racimos de rostros conocidos. Ni siquiera el escaño de doña Dolores

Ibárruri estaba vacio. Se podia pasar lista a los señores ministros sin poner una falta. Todos se sentaban en

el «banco azul». Detrás de mi. la señora de González, don Felipe. Un poco más allá, detrás de una

columna, vela la mano pequeña de Carmen Diez de Rivera moviendo un abanico que. da vez en vez,

mandaba un poco de aire y de donaire a la señora de Tierno Galván. Alguien me dice qua la madre del

señor presidente asis.1* al acontecimiento desde una tribuna de la derecha. El maestro Augusto Assia me

habla de Clemenceau desde la última lila del palco da Prensa. Paco Umbral se queda un rato escuchando

la nana para dormir a la democracia niña y luego desaparece. Antonio Gala oye el discurso poniendo en

lai cejas un leve acento circunflejo. Felipe González loma notas. Santiago Carrillo loma notas. Enrique

Tierno toma notas. Manuel Fraga loma notas.

Antes, se había volado una reforma que suaviza la ley fiscal. Los socialistas se oponen. Los ucedistas

ganan. Lo de siempre. Antes aún, el señor préndenle del Congreso había lamentado et fallecimiento —él

dijo el «fallecimiento— de las victimas del terrorismo, del recluso de Carabanchel, del director general de

Initituciones Penitenciarias. Cuando don Adolfo Suárez extrajo de una carpeta un alto rimero de cuartillas

y las depositó sobre el atril de la tribuna, un leve rumor s* alzó de los escaños, y el tenor presidente sonrió

con una mezcla de solicitud de perdón y de picardía. Era como si dijera: «Me habéis pedido

explicaciones. Pues aqui lai traigo. Todas éstas.» Ya desde ese momento, me puse en \o peor. En lo peor

que quizás, politicamente, fuese lo mejor. Pero comprendí cuánta razón tenían los que nos habían

anunciado un discurso sin drama. Quien quiera emociones fuertes, que se vaya al Bernabéu a ver el Real

Madrid-Barcelona, nos había aconsejado Abel Hernández en "Informaciones, Efeclivamenle. mientras

hablaba el señor presidente, el Real Madrid conseguía dos goles. ( y Tarradellas. en Madrid», comentó

alguien.) Digo que al ver tantas cuartillas me puse en lo peor. Porque ya se sabe que los políticos, cuanto

más escriben, menos quieren decir.

Tampoco sería yo justo si afirmase que el discurso del señor presidente ha sido un discurso vacio. Lo que

quiero decir es que la gente había ido a! palacio de la Carrera de San Jerónimo a veí una inundación, y se

ha encontrado con un rio sereno, con el rio de costumbre, bajando lentamente por su cauce y discurriendo

con pereza por su curso natuial. Había que explicar la crisis. Pero a crisis, primero, no era una crisis. E!

señor Fuentes Quintana dimito. Las razones de la dimisión eran suyas, o sea. del señor Fuentes Quintana.

Lo demás todo era natural, lógico, coherenle. y en último caso, el nombramiento del señor Abril y de los

nuevos ministros es cosa del presidente del Gobierno. «Esa es mi responsabilidad´!, dijo el señar Suárez.

poniendo un cierto énfasis en el «mi». Seguramente, leyéndolo con atención, podrá encontrarse en el

discurso del señor presidente una y otra y otra afirmación importante. Lo que pasa es que todas esas

afirmaciones importantes eran sabidas y consabidas.

El discurso del método explica que es necesaria una tregua en la lucha política hasta que tengamos la

Constitución. Hay que hacer la Constitución por consenso: por consenso casi unánime del Parlamento, y

por consenso casi unánime del pueblo. Y en estas circunstancias lo que Hay que hacer es dejar que se

gobierne sin empezar las grandes luchas políticas. Y mientras tanto, cumplir los Pactos de la Moncloa,

que se están cumpliendo: y arreglar lo de la economía, que ya se está arreglando, como explicara después

el señor Abríl Martorell; y devolver a la sociedad la sensación d« seguridad, casi perdida, que ya se está

devolviendo; y luchar con nuevos sistemas, pero también con nuevas paciencias, contra el tenorismo,

porque el terrorismo no ha terminado; y cumplir el calendario del referéndum, y de las elecciones

municipales, y consolidar la democracia. Y, entonces, a la lucha politica. Todo esto puede ser verdad. Es

verdad. La tregua política hasta la aprobación de la Constitución es necesaria para que los primeros

vagidos del Estado no queden ahogados entre los gritos de la trifulca política. Pero es una verdad

decepcionante para tos espectadores del circo. Esos espectadores, en vez de los clarines del torneo, han

escuchado la canción de cuna, el discurso del método. Y ahora, a ver qué dicen los que quieren existir,

aunque no gobiernen.—Jaime CAMPMANY.

 

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