Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
   El entusiasmo descriptible     
 
 ABC.    14/04/1978.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ESCENAS PARLAMENTARIAS

El entusiasmo descriptible

EL señor presidente de la Cámara Baja era ayer algo así como un centurión, un jefe de centuria de

tribunos de la plebe. No sé si llegarían al centenar los señores diputados que permanecían en sus escaños

durante la «matinée» de las interpelaciones. En las interpelaciones y preguntas no hay que votar, y los

diputados-lave (alguna vez explicaré mi teoría de los diputados-llave) desaparecen del hemiciclo o, ni

siquiera acuden al Congreso. Cuando no es necesario el voto, se produce en la Cámara un movimiento

centrífugo que expele a los señores diputados hacia sus lugares de origen. Cunde la deserción y los

gladiadores politicos entran en la molicie del descanso o se van en busca del reposo del guerrero.

La sesión mañanera no tenía demasiados alicientes. Don Marcelino Camacho interpelaba al Gobierno

sobre las elecciones sindicales. El señor Camacho había presentado la interpelación en febrero, cuando las

urnas se llenaban de papeletas de voto sindical y las centrales hacían «la guerra de datos»: todos

aseguraban que habían «barrido.». Ahora. a mitad de abril, la interpelación apenas tenia ya interés. No

hay como dejar dormir las cosas urgentes para que la urgencia se convierta en agua pasada, que ya no

mueve molino. Quizá en vista de eso, el señor Camacho quiso echar su cuarto a espadas en el conflicto de

los periodistas, pero el señor presidente le instó a que se ciñera al tema de la interpelación y no se metiera

en camisas de once varas. Y entonces el señor Camacho ha acusado al Gobierno de que rer potenciar los

sindicatos amarillos y de fomentar el enfrentamiento entre las dos grandes centrales: Comisiones Obreras

y U. G. T.

Si el señor Camacho hablaba en las Cortes de los sindicatos, el señor Redondo no podía dejar de hacer lo

mismo, y ha interpelado al Gobierno de Su Majestad sobre la publicidad de los datos de las elecciones

sindicales. Y ha salido a relucir «la guerra de los datos». El señor Redondo ha aprovechado la ocasión

para apuntar en el haber de la U. G. T, «el medio millón» de personas que acudieron a dar sepultura en

tierra española a los restos de don Francisco Largo Caballero, el obrero que llegó a presidente del Consejo

de Ministros, y uno de los muchos ilustres hijos de España enterrados en tumbas lejanas. En las palabras

del señor Redondo había como una advertencia de fuerza, y el ministro de Trabajo, señor Calvo Ortega,

se ha visto obligado a señalar la improcedencia de asumir la representación d« los llamados «poderes

fácticos». Ahora ya los poderes salen de las urnas. Momentos antes don Marcelino Camacho había

querido tranquilizar a las empresas en nombre de los trabajadores: los trabajadores no quieren arruinar a

las empresas, no intentan luchar contra las empresas, y acusó al señor Ferrer Salat, representante de una

asociación empresarial, de haber puesto en tensión las relaciones empresa-trabajador y, además, de

haberlo hecho yéndose a Norteamérica a dar el mitin.

La interpelación de don Ciriaco de Vicente sobre la retribución de los funcionarios públicos pasó por la

Cámara sin mayores oleajes de entusiasmo, y ni siquiera el señor Valle Menéndez, con una intervención

sobre tema de tanto porte como la polítdca energética, hizo subir la temperatura fría de la Cámara. El

señor Valle, de Alianza Popular, daba un repaso al Plan Nacional del Combustible, al Plan Nacional de

Energía, manejaba miles de millones de pesetas, daba cifras de lo que nos gastamos en petróleo, citaba los

problemas de Hunosa y nos ilustraba acerca del gas natural. Hablaba con seguridad y con la «energía»

propia del tema, pero los escasos señores diputados, huérfanos ayer de sus líderes, no estaban dispuestos a

dejarse estremecer.

Y en este lánguido ambiente hizo su debut parlamentario el ministro Rodríguez Sahagún, ese que, según

don Santiago Carillo, no puede llenar el hueco del profesor Fuentes Quintana. El señor Rodríguez

Sahagún es —como dice un Ingenioso ex ministro— «el tío peor pelado de España». Tiene un cierto aire

de cabrero de aldea y está pidiendo a gritos la boina que se pone Fernando Esteso para cantar eso de que

«la Ramona se ha "fugao" con el hijo del cartero». El señor Rodríguez Sahagún empezó hablando en un

tono como de predicador preconciliar. Hablaba de la hulla coquizable como si estuviera explicando el

sacramento de la Confirmación, y del ahorro energético como si nos estuviese adoctrinando acerca de los

peligros del sexto y del noveno. Pero, poco a poco, fue soltándose en la oratoria, y tomándole confianza al

hemiciclo, y adquiriendo seguridad en sus palabras, y de pronto hizo el casi milagro de compadecer la

energía con los versos, y se puso a citar a Antonio Machado: «Hoy es siempre todavía», con lo cual creo

yo que querría decir que estamos a tiempo de remediarlo todo. Cuando el señor Valle Menéndez hizo uso

de la duplica se entabló la guerra poética, porque si el señor ministro había citado a Machado, el señor

interpelante se fue a Garcilaso (que es un poeta como más de Alianza Popular), y nos puso a todos un

nudo en la garganta con eso de «Sabrá el mundo la causa porque muero» y lo otro que sigue de la

confesión, como si el país estuviese en trance de pedir a gritos los últimos sacramentos.

He dicho que nos puso a todos un nudo en la garganta. Pues, no. Esto es una exageración literaria. Porque

lo cierto es que los señores diputados se quedaron tan frescos. Debajo de mí, dos señorías que se sentaban

en los escaños comunistas jugaban a los barcos, a ese juego de las cuadriculas en el que se dice «h-7» y el

otro tiene que contestar «agua», o «tocado» o «hundido». Los diputados, al darse cuenta de que tienen un

mirón curioso, divertido e impertinente, esconden sus papeles, como dos escolares sorprendidos por e1

maestro. Acabo de salvar a la humanidad de un combate naval en aguas parlamentarias. Otro señor

diputado se distiende sn un bostezo épico y definitivo. Yo también me acuerdo de Machado:

—Nuestro español bosteza. ¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío? Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?

—El vacío es más bien en la cabeza.

Sigue el discurso sobre la energía: los «stocks» de carbón, el precio del petróleo, las centrales eléctricas,

el problema coyuntural, el sector privado y el sector público... El hemiciclo es un desierto con un pequeño

oasis socialista y comunista. Los diputados de U. C. D. ni siquiera juegan a los barcas. Sencillamente, no

están. César González-Ruano pronunció una vez una conferencia en cierta ciudad, a la que no asistieron

más de ocho o diez personas. Empezó diciendo: «El entusiasmo que mi presencia ha despertado aquí es

perfectamente descriptible.» Pues, eso.—Jaime CAMPMANY.

 

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