Elecciones: los candidatos. 
 Y 6. Felipe González     
 
 El País.    07/06/1986.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

ELECCIONES: LOS CANDIDATOS

Y 6. Felipe González

DE TODOS los líderes que se presentan a las elecciones, Felipe González es, sin duda alguna, la estrella.

El problema que enfrentamos los españoles es que él mismo se comporta como si fuera la de los Reyes

Magos, indicando el camino con un paternalismo providencialista que no nos merecemos. Se puede

discutir la proporción de su victoria, pero nadie pone en cuestión que su grupo político obtendrá el mayor

número de sufragios y él será de nuevo presidente del Gobierno. Si la transición política ha alumbrado un

líder, ese es González, independientemente de cualquier otra consideración. Pero el tiempo y el poder no

pasan en vano. Hoy su seranea imagen, aureolada por un firmamento azul pálido en 1982, se ha

trasmutado en una realidad que se encarama al podio del triunfalismo. A su favor, Felipe González ha

tenido desde el principio un porte físico al que era posible atribuir una porción de humanidad y de

seducción personal. Siendo un tipo de modales cordiales" y decires campechanos, se había mostrado a la

vez contundente y firme en sus intervenciones parlamentarias desde la oposición. Prometía conservar

estas maneras si lograba el apoyo de los electores; pero apenas aupado al poder, el ciudadano comprobó

que el cargo era más fuerte que el vigor de ese joven, e incluso se creyó que ese desajuste lo sentía el

mismo protagonista, inicialmente desbordado por su propio triunfo arrollador. El grupo de sus

correligionarios y amigos, de repente hechos ministros, completaba el cuadro de esa indigestión de placer

no asimilado. No tardaron los socialistas y su presidente en acomodar su gestualidad y su habla a la

majestad del poder. De un léxico parlamentario afamado pasó Felipe González a la oración del político

convencional, llena de estadísticas y de porcentajes. Sus últimas intervenciones con motivo del debate

sobre el estado de la nación podían escucharse con indolencia y sin la esperanza de ser sorprendido. Sus

apariciones en televisión en momentos concretos trasmitieron una figura frecuentemente abrumada que

fallaba en los efectos de aproximación y persuasión. Pocas veces ante las cámaras logró recuperar la

dinamicidad y el reflejo de veracidad que le caracterizaban en la anterior legislatura. En los últimos

tiempos le hemos visto, en los actos públicos, encaramado a grandes escenografías de sabor musoliniano:

el mensaje que González destila hoy es el del poder y su ejercicio, se acabó lo de transformar la sociedad.

A estas alturas, Felipe González suele reconocer que a su Gobierno le ha faltado una buena política de

comunicación. Refiriéndolo a su imagen particular cuesta trabajo admitir la torpe asesoría que le condujo

a acciones como el viaje en el Azor y la titubeante visita a Washington en espera de que Reagan

encontrara cinco minutos para la entrevista. González ha sucumbido, como sus predecesores, al síndrome

de la Moncha, en la que se ha encerrado con portes bastante latinoamericanos y con un rechazo

injustificado a pisar la calle y enterarse de lo que en ella sucede. Pero, a pesar de los pesares, mantiene

todavía una reserva de credibilidad. Aúna a los modos más pragmáticos de ahora el aura de un individuo

que es propenso al sentido común. Y eso pese a sus dificultades para escuchar al prójimo y su tendencia

al monólogo y al doctrinarismo. Desde muchos puntos de vista sigue siendo el representante de una

generación donde cada vez converge más una moderación de convivencia y un espíritu reformista. Esa

misma generación le reprocha ahora su desistimiento del cambio, su pacto con los poderes del dinero y de

las armas y su sonsonete sacerdotal, como si él fuera el único que sabe, el único que puede y el único que

vale para conducir los destinos de este país. Es, por lo demás, Felipe González un buen prototipo del

político profesional y, con Suárez, lo más notable de cuanto han dado en este terreno los 10 últimos años.

No se trata de un intelectual al uso, y, frente a la sobreabundancia de Fraga, exhibe una parquedad de

elaboración ideológica y una ausencia de pensamiento estructurado bastante preocupantes. Sus

dificultades con los idiomas no han impedido que mantenga una espléndida imagen ante sus colegas de la

Alianza Atlántica y de allende el océano. No cabe duda de que su popularidad trasciende con mucho las

fronteras. Por lo demás, su práctica política le ha recortado buena parte del ardor y la utopía. También

algunos ideales socialistas. Con ello ha menoscabado su capacidad de atraer y de entusiasmar. Pero él

mismo sigue siendo la mejor baza de su partido, fuera del cual, como de la Iglesia, no parece existir

salvación alguna.

 

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