Elecciones: balance de una legislatura. 
 Los modos del Gobierno     
 
 El País.    08/06/1986.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ELECCIONES: BALANCE DE UNA LEGISLATURA

Los modos del Gobierno

LAS PROMESAS de austeridad, cambio y transparencia con las que el equipo de Felipe González llegó

al Gobierno, a comienzos de diciembre de 1982, han ido deteriorándose a lo largo de la legislatura, hasta

dar paso a la creencia popular —excesiva si se habla en términos generales, pero fundamentada en la

conducta de buena parte de los responsables socialistas— de que el PSOE se ha comportado de modo

prepotente. Los responsables socialistas jamás han admitido la práctica de dichos usos prepotentes en su

relación con los administrados, y cuando han parecido dispuestos a reconocer ciertos errores, lo han

hecho en tales términos que casi ha sido peor el remedio que la enfermedad: hace unos días, en su

encuentro con los medios de comunicación horas antes del inicio oficial de la campaña, el presidente

González dijo que del testimonio de personas poco sospechosas de animadversión hacia el PSOE y su

Gobierno deducía que algo de razón debían de tener quienes consideraban que había existido cierta

arrogancia en los comportamientos de uno y otro. Pero la explicación que ofreció sirvió más para

confirmar la sospecha que para desvanecerla: el presidente, en efecto, aseguró que el problema residía en

no haber sabido "poner en valor" —ésas fueron sus palabras textuales— las reformas de gran importancia

realizadas durante la legislatura. Se trata de un argumento equívoco, puesto que si lo que se afirma es que

el error ha consistido en no saber vender bien la mercancía, lo que se está insinuando es que la arrogancia

no sólo estaba justificada, dado el éxito obtenido, sino que se había quedado corta en relación a los

merecimientos reales. Por lo demás, el reflejo consistente en intentar desviar hacia la falta o insuficiencia

de comunicación con el pueblo —e, implícitamente, hacia los medios encargados de garantizar esa

comunicación— la responsabilidad de los errores detectados, es una constante de todos los políticos de

casi todos los partidos. Esta íntima satisfacción de suponer que todo —o prácticamente todo— ha estado

bien hecho ha llevado a los gobernantes, de rechazo, a mirar hacia otro lado cuando sonaban las señales

de alarma: la promesa, hecha por el propio González, de que quien fallase en su cometido sería

fulminantemente destituido cayó de inmediato en el olvido. De otra manera habría que concluir que no

sólo piensan que todo lo han hecho bien, sino que además están convencidos de que lo han hecho bien

todos ellos. En su reciente debate televisivo con un representante de la oposición, el ministro de Justicia

en funciones, Fernando Ledesma, ilustró de manera quizá ingenua, pero en todo caso diáfana, cuál es el

verdadero mal de las alturas, especie de venganza de Moctezuma, que aqueja a no pocos socialistas. Ante

el reproche de que e! Gobierno había hecho retroceder las libertades en determinados terrenos, el

ministro, habitualmente flemático en sus intervenciones públicas, puso acentos de dignidad ofendida a la

única respuesta que fue capaz de articular: "El PSOE", dijo, "ha sido, es y será siempre el partido de las

libertades". Es posible que así sea, pero no parece argumento suficiente para rebatir objeciones concretas.

En el fondo, los socialistas, o algunos socialistas, parecen pensar que la bondad de una actuación

determinada depende no tanto de la actuación misma como de quién sea el sujeto que la ejecuta. "Es así

que los socialistas somos honestos e inteligentes" es la premisa mayor de un argumento cuya tautológica

conclusión es que todo lo que hagan ha de estar bien. Ese mismo mal genérico —la convicción, aparente-

mente sincera, de que su entrega a la tarea de hacer lo mejor en interés de todos justifica cualquier

debilidad— ha llevado a algunos responsables socialistas, deslumhrados por la victoria de 1982, a adoptar

modos altaneros respecto a sus propios votantes. Él propio vicepresidente del Gobierno (para no hablar ya

de los principales responsables del aparato del partido) comparte, si no encabeza, este vicio, como ha

vuelto a ponerse de manifiesto en esta campaña electoral. Han sido estos ejemplos no tan aislados, unidos

a un cierto gusto por codearse con la jet mostrado por gente guapa situada en los aledaños del poder, los

que han generado una actitud cada vez más extendida de rechazo hacia los modos del PSOE por parte de

muchos de quienes le votaron. Aunque sería injusto decir que estos modos sean ya (o todavía)

compartidos por la generalidad de los socialistas, el partido, como tal, parece haber perdido toda

capacidad de crítica frente a comportamientos que en 1982 hubiesen resultado inadmisibles. La

mansedumbre del PSOE —y en ocasiones de UGT— a la hora de aceptar giros radicales en política, o,

más sencillamente, a la hora de analizar lo que de sintomático pudiera (o no) tener una excursión de pesca

en el Azor, constituye el dato más sorprendente en lo referente a cambios de mentalidad en el socialista

medio de 1986 comparado con el mismo militante en 1982.

 

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