Autor: Umbral, Francisco. 
 Guía irracional de España. 
 El español y el voto     
 
 El País.    09/06/1986.  Página: 15. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, lunes 9 de junio de 1986

REPORTAJE

15

GUÍA IRRACIONAL DE ESPAÑA

El español y el voto

FRANCISCO UMBRAL

El español es un pueblo educado en la irracionalidad por la Iglesia, por sus tías solteras, por Santa Teresa

y Unamuno / El español, secularmente, ha utilizado el voto como mercancía o como puñalada contra el

suegro o el cacique / Vota a la contra más por espíritu de contradicción que por espíritu revolucionario /

España se adelanta en conceder el voto a la mujer, que es concedérselo al confesor / De todo hacemos una

Contrarreforma y de Fleming hicimos una aportación a los toros / Se votó a Suárez porque creíamos que

iba a ser un Franco joven / Hoy se vota a González por continuista y no por revolucionario / Políticos

como Sartorius prefieren la influencia al Mando / El español ya no pone en la papeleta el nombre de

Olvido Alaska.

Al español, hablando históricamente, le concede el voto un señor y luego viene otro señor, o el mismo, y

le dice que se lo compra.

—¿Y por qué me compra el señorito lo que me ha dado?

Muy complejo, esto de la democracia. España es uno de los primeros países en conceder el voto a la

mujer. La derecha sabía que la española/española, con su tipo de manóla, votaría siempre aconsejada por

su confesor o director espiritual. O por el párroco del pueblo. Era conceder doble voto a los sacristanes

del alma. Lo que caracteriza a España no es ninguna clase de retraso en la recepción de la modernidad y

sus hallazgos, sino una utilización peculiar, arbitraria, imaginativa y anárquica de esos hallazgos. De todo

hacemos una Contrarreforma. De la teología hicimos un teatro, con Calderón. Del tren expreso hicimos

una aventura amorosa, con Campoamor. De la vacuna hicimos una oda, con Quintana. De la libertad

hicimos un "Vivan las caenas". Del adelanto de las ciencias hicimos una zarzuela: "Hoy las ciencias ade-

lantan que es una barbaridad". De la liberación sexual hicimos una palabra espuria, "sicalipsis", que no

quiere decir nada. De los golpes de Estado hemos hecho un puente fin de semana. Del Glorioso

Alzamiento Nacional hicimos una paga extraordinaria. De Franco hemos hecho un fascículo. De la

penicilina, una aportación a la fiesta nacional, con los monumentos taurinos a Fleming. De Fleming

hemos hecho una "costa" de la prostitución. Y en este plan. Ya en la democracia, de Suárez se quiso hacer

un rojo. Y de Felipe una Isabel II de izquierdas. Como dice Cela, "somos un país excesivo". Incluso este

artículo puede que resulte excesivo.

- Yo pienso que se votó a Suárez porque creíamos que iba a ser un Franco con 40 años de edad. Un

Franco para siempre. Estos pueblos inestables buscan siempre gobernantes muy estables. Desarbolado

Suárez, votamos a Felipe González (el plural es histórico) porque era el mundo al revés, ponerlo todo

patas arriba. Ahora, FG nos mola menos, pues que es un político lleno de cauciones, coherencias e in-

coherencias, como todos. En él 31, cuando la proclamación de la República, el pueblo madrileño rodeaba

el Palacio de Oriente, quizá dispuesto a asaltarlo. Iban a forzar las grandes puertas con unos camiones.

Sólo los socialistas, organizados y con sentido histórico, protegieron el palacio, pararon el golpe. Me lo

decía ayer el taxista que me traía de mi dacha, al pasar por la Universitaria:

—Mire usted, señor Umbral, en este descampado montó Felipe el número anti/OTAN, con canciones y

cosas, ¿se recuerda? Luego pegó un salto de cien metros y se instaló ahí, en la Moncloa, para hacerse

otanista. A Felipe, la primera vez, lo votó el español porque era el revés de la trama. Ahora lo van a

volver a votar porque tiene el Poder, todo el poder que ellos le dieron. Este pueblo es anarquista y

gubernamentalista alternativa-mente. A lo que no se resigna el español medio es a utilizar el voto sobria,

correcta y burocráticamente, como otros pueblos europeos. Quizá sea falta de uso. Votar extrema

izquierda o extrema derecha es lo mismo que no votar. Es ponerse en la situación electoral límite. O todo

o nada. Sólo así se comprende que Fraga, tan español en lo bueno y en lo malo, promoviese noes y

abstenciones en el referéndum OTAN. A los 10 años de democracia, parece que empezamos a utilizar el

voto correctamente, urbanamente. Se vota a Felipe porque es continuista y no se vota a Fraga porque es

revolucionario. FG supone la continuidad de un progresismo moderado, y Fraga supone la revolución

hacia atrás. Así pues, dentro de la aparente paradoja del irracionalismo residual de España (que es lo que

me interesa estudiar en esta serie), la rebelión de las masas vota al socialismo, no por socialista, sino por

continuista. Han probado que saben seguir. Y no vota a Fraga, o le vota menos, no por reaccionario, sino

por aventure-rista en su política de coaliciones. Por zigzagueante. El anarquismo natural del país vota,

irónicamente, "lo estable". Y lo estable es el PSOE, no la plural aventura de la derecha. Los papeles están

cambiados, pero esto no es un análisis político, naturalmente, sino una crónica más del irracionalismo

nacional. En cuanto a las minorías de izquierda/derecha, van a verse incrementadas, probablemente, por

votos que les llegan como virutas del natural desgaste de los partidos grandes. El pecé, en un complicado

proceso de pluraliza-ción/unifica-ción, puede convertirse en una entidad crítica, testimonial, correctora de

algunas cosas, con más influencia que poder. ¿Pero, qué es más importante en política, el poder o la

influencia? El Poder es Mando y mandar es todo lo contrario de influir. Uno diría que hombres como

Sartorius prefieren influir a mandar. El español vota a las minorías porque el español es minoritario y le

gusta ir por libre. Eso que la Academia y Jesús Pardo llaman "cantidades discretas" (las discretamente

repartidas, como el trigo en las espigas, por ejemplo) es, entre otras cosas, el ideal de la democracia. Pero

el español no es un pueblo de cantidades discretas, empezando por el presidente González, que ama los

grandes números y la macroeconomía. El pueblo español le da diez millones de votos al PSOE, de golpe,

y luego se queja de que el PSOE gobierna en solitario. ¿En solitario con diez millones de votos? El uso de

la papeleta es un largo aprendizaje. Lo más confortativo de las inminentes elecciones generales es que el

español/tipo ya no usa la papeleta para quemarla, para echarla en blanco, para poner en ella el nombre de

Olvido Alaska o para limpiarse el culo, ni mucho menos para vendérsela a un cacique, porque no hay.

El español, por fin, se decidió a usar la jeringa para poner inyecciones, y no lavativas. A usar los

desodorantes para oler bien, y no para obviar la ducha. Ahora, el español se ha decidido a utilizar el voto

para votar. Pero hay un gran contingente de abstención. Curiosamente, no se trata de quienes no creen en

la democracia, que ésos votan derecha, sino de quienes no creen en la política, o en la política actual. Por

la grieta de la abstención pierde fuerza la democracia española, como Chernobil pierde energía nuclear.

La abstención no suele nacer de la ignorancia, sino del escepticismo o del asco. La alta abstención

prevista revela en España un amplio espacio de marginalidad, una general huida de la Historia, una

renuncia a la identidad personal o colectiva. Este "suicidio" cívico es tan grave como el otro, en España y

el mundo. Pero todo suicidio es siempre un asesinato colectivo.

La democracia parece que es la manera más racional de organizar la irracionalidad colectiva. El español

es un pueblo educado en la irracionalidad: educado por la Iglesia, por su madre, por sus tías solteras y por

los grandes maestros del irracionalismo nacional, de Santa Teresa a don Miguel de Unamuno.

El español, secularmente, inercialmente gobernado por la derecha, entiende más las elecciones, generales

y municipales, como una fiesta ritual que como un análisis grupal. El español de hoy, tras diez años de

democracia, sigue acudiendo a las elecciones como a la gran ordalía del personalismo o vuelta de la

tortilla, sigue recibiendo y utilizando el voto, en buena medida, como una patente para echar los pies

descalzos por alto y llevarle la contraria a la Historia. El español, en lo poco que ha votado a través de los

tiempos, ha utilizado el voto como puñalada trapera contra el vecino, el suegro o el cacique. Ha vendido

el voto porque se lo compraban. Y, mayormente, ha votado a la contra, más por espíritu de contradicción

que por espíritu revolucionario. El español tira el voto y no vota, imperando así en su independencia, o

vota en blanco, haciendo circular la palabra de su mutismo, o espera sentado a que pase por su puerta el

cadáver del cacique, para venderle el voto al cacique nuevo. El español ha tardado años en resignarse a

meter el voto en una urna, discretamente, con un nombre viable. Eso le parecía que era desperdiciar el

voto. El español, que nunca había tenido voz, con su voto quería incendiar el mundo. Limitarse a cambiar

los concejales le parecía poco.

 

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