Autor: Benegas Haddad, José María. 
 La campaña electoral. 
 Por una mayoría estable     
 
 El País.    10/06/1986.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

20 / ESPAÑA

LA CAMPANA ELECTORAL

POLÍTICA

EL PAÍS, martes 10 de junio de 1986

Ante las elecciones legislativas de 1986, sólo un fantasma parece recorrer el escenario político español: es

el temor a una nueva mayoría absoluta del partido socialista. El razonamiento formal al que todos se

acogen es el mismo: el PSOE ha gobernado con prepotencia estos cuatro años. Permitir que de nuevo

hubiera un Gobierno socialista con mayoría absoluta en el Congreso significaría un peligro para la

democracia, el riesgo de la perpetuación de un régimen autoritario, personalista y clientelar, la semilla de

algo similar al PRI mexicano. Por tanto, el primer enemigo sería el PSOE, y el mayor peligro, el de que

volviera a obtener la mayoría absoluta. En ello coinciden la derecha, en la que incluyo a Suárez y a Roca,

y los comunistas. Esta forma de enfocar las elecciones tiene dos problemas. Si los viejos dirigentes

franquistas tomaban por libertinaje toda manifestación de libertad, la oposición al Gobierno socialista

sólo coincide en calificar de autoritarismo toda forma de ejercicio de la autoridad, sin pararse a reparar en

si esta autoridad se ejerce conforme a derecho, bajo completa legitimidad democrática y, lo que a la

postre es más sustancial, siguiendo un es

Por una mayoría estable

JOSÉ MARÍA BENEGAS

El temor a una nueva mayoría absoluta socialista se extiende a derecha e izquierda del PSOE, con el

argumento de la prepotencia socialista. El autor de este artículo señala que no desean un Gobierno fuerte

ni la derecha conservadora ni la izquierda sin proyección de futuro. Los cuatro años de Gobierno

socialista pueden haber sido de sacrificio —asegura—, pero han sido años de avance hacia la solución de

la crisis. tricto criterio de prioridad de los intereses sociales de los españoles. El segundo problema,

precisamente, es que esta escasa preocupación por los intereses colectivos de nuestro país afecta en un

punto esencial a los análisis de conservadores y comunistas. En efecto, cuando apuestan por privar al

PSOE de la mayoría absoluta, ni la Coalición Popular ni Plataforma de Izquierda Unida explican cómo

piensan que se puede llegar a gobernar el país si las elecciones ofrecen el resultado de una minoría

mayoritaria, a la manera de la UCD de 1979, incapaz de legislar sin pactos con fuerzas marginales,

impotente frente a la necesidad de cambios radicales que pudieran exigir una fuerte base social.

¿Quién desea que las elecciones legislativas del 22 de junio no arrojen el resultado de una mayoría

absoluta capaz de gobernar con holgura? Los conservadores y los comunistas creen que un Gobierno

minoritario les ofrecería mayores posibilidades de protagonismo. Los conservadores dicen que es preciso

terminar con la prepotencia socialista, con ese rodillo tan familiar a los lectores de las portadas de Abc,

que es preciso evitar que el Gobierno prescinda de la opinión nacional (es decir, franquista) al legislar en

materias como la despenalización del aborto o como la LODE. Los comunistas dicen que si el PSOE no

alcanzara la mayoría parlamentaria se vería obligado a escuchar más su voz, que las oposiciones más

radicales estarían más representadas en la actividad del Gobierno. Es fácil ver que no han sacado las más

elementales conclusiones de los años de transición, que no han comprendido, a partir del

desmembramiento del área comunista, que no constituyen el núcleo duro de la izquierda, sino una

combinación heterogénea de supervivientes de la tradición comunista y de nuevos radicales hijos de la

crisis de los años setenta. La actual área comunista no es un núcleo coherente —escindida entre

prosoviéticos, eurocomunistas, paleosocialistas y ecologistas tardíos—, ni puede por ello pretender hacer

oscilar el proyecto de futuro de gobierno hacia el suyo propio. Pues, en efecto, no posee un proyecto

propio de futuro, sino que es sólo un viaje por el túnel del tiempo, un mal saldo de restos.

Vayamos entonces al fondo de la cuestión: ni la izquierda comunista ni la derecha son capaces de aceptar

que la razón de que sus propias candidaturas no alcancen mayor resonancia no se hallan siquiera en la

imagen prehistórica de sus dirigentes, sino en su ausencia de proyectos políticos propios. El problema es

que el Gobierno ha ocupado razonablemente el terreno del sentido común, ha agotado el campo de las

propuestas políticas verosímiles, y que frente a ese realismo, frente a ese pragmatismo que a diario

denuncian los comunistas como traición, la opinión mayoritaria en la sociedad española ha reaccionado

con un voto de confianza, a juzgar por las encuestas, mientras caían en el vacío las propuestas

demagógicas de los conservadores y los intentos comunistas de presentar como proyectos de futuro las

viejas fórmulas keynesianas.

El modelo de la transición

El Gobierno socialista está haciendo lo que se puede hacer en el camino de construir un país moderno y

orientado hacia el progreso, y se diría que los españoles así lo reconocen. Por ello puede ser un fracaso la

llamada a debilitar al Gobierno socialista. Quienes apuestan a esa carta deben reconocer que al mismo

tiempo están apostando por un modelo de gestión política: el de la transición. Aquellos tiempos (1977-

1980) en los que los comunistas, las minorías nacionalistas o los debilitados representantes de la derecha

conservadora siempre podían exigir contrapartidas para dar su apoyo a la política del Gobierno, creando a

veces alianzas contra natura, que contribuyeron a desacreditar la política parlamentaria.

Si somos sinceros debemos admitir que buena parte de la añoranza por aquel modelo procede del

protagonismo público que otorgaba a grupos políticos en otro sentido minoritario. Debemos recordar que

el precio de ese protagonismo era la incapacidad del Gobierno para acometer medidas duras; medidas

sociopolíticas que un Gobierno de insuficiente base social no se sentía capaz de tomar. Se debería

reconocer que buena parte de las medidas más impopulares que ha tomado el Gobierno socialista desde

1982 las debió tomar en su día UCD. Y no las pudo tomar por temor al desgaste social que un partido

como UCD, pura agregación de las familias políticas posfranquistas, podría sufrir frente a una sociedad

civil insurgente, reivindicativa, libre. El Gobierno de UCD no se sintió capaz de asumir ese desgaste, y

pospuso la tarea de ajuste, social y político, frente a las nuevas condiciones creadas por la crisis, para otro

Gobierno más fuerte y legitimado. Ese Gobierno fue el del PSOE, pero podría haber sido un Gobierno de

Fraga; lo importante es que ya no podía seguir siendo un Gobierno de transición, un Gobierno débil, un

Gobierno incapaz de tomar decisiones clave en momentos cruciales. Ahora, la derecha conservadora y los

comunistas apuestan por la vuelta al modelo político de la transición para recuperar su viejo

protagonismo. Como el Gobierno socialista ha pagado ya el precio más alto del ajuste a la crisis

internacional, la supuesta izquierda unida está dispuesta a defender la validez de las viejas fórmulas

keynesianas: sin ningún respeto por los hechos de la última década, que defiende en público, para España,

el modelo económico que llevó al borde de la catástrofe el PS francés en el contexto de la Unión de la

Izquierda. Y si la derecha heredara el Gobierno en España haría rápida almoneda de los frutos de los

duros sacrificios realizados por los españoles bajo el Gobierno socialista. La curiosa mezcla de

arbitrisrno, demagogia y reaganismo que nos propone Manuel Fraga destruiría todos los avances de la

racional política de austeridad que ha llevado a España a unificarse al pelotón europeo, con algún retraso

inevitable, frente a las exigencias del ajuste a la crisis. Pero lo más grave no es que los modelos de la

izquierda comunista o de la derecha conservadora aboquen a condiciones económicas anteriores a la

misma eclosión de la crisis, sino que conducen a la ingobernabílidad. O nos tomamos en serio que ésta es

una crisis de larga duración o seguimos jugando, como a mediados de los setenta, a que es sólo un

accidente coyuntural. Pero si aceptamos que el problema es de fondo no podemos ignorar la necesidad de

un Gobierno estable, un Gobierno capaz de mantenerse en el medio plazo para restablecer los equilibrios

exteriores sin que conflictos internos de índole corporativista le impidan llegar a desarrollar una estrategia

de ajuste a largo plazo. Los cuatro años de Gobierno socialista pueden haber sido años de sacrificio, pero

han sido años de avance hacia la solución de la crisis. Y ello porque existía un Gobierno fuerte y estable.

Pretender tirar por la ventana todo lo avanzado no es una propuesta razonable. Pero los ciudadanos de

este país sí son razonables, y es difícil que se les pueda asustar con el fantasma del autoritarismo

socialista del neofranquismo. No es culpa de los socialistas que hoy por hoy no existan alternativas

creíbles de un Gobierno estable fuera del PSOE.

José María Benegas Haddad es secretario de Organización de la CEE-PSOE.

 

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