Autor: Díez, Anabel. 
 La campaña electoral. Adiós Felipe; hola, presidente. 
 González realiza una campaña de fines de semana sin contacto con sus bases     
 
 El País.    14/06/1986.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

BERNARDO PÉREZ

A diferencia de 1982, Felipe González no comparte escenario. Encaramado en un espectacular montaje

escénico, la imagen de González se ve lejana por los espectadores.

Adiós, Felipe; hola, presidente

González realiza una campaña de fines de semana sin contacto con sus bases

ANABEL DÍEZ, Madrid

El resultado será satisfactorio en números: Felipe González, presidente del Gobierno y aspirante a repetir

en el cargo, habrá visitado al final de esta campaña electoral 15 capitales de otras tantas comunidades

autónomas (este fin de semana estará en Navarra, País Vasco y Asturias). A pesar de la cifra, cualquier

parecido con la campana de 1982, aquella del cambio, será mera coincidencia. Ahora, en aras de la

seguridad y de sus responsabilidades de gobierno, desciende a los aeropuertos, se traslada como una

exhalación a plazas de toros y polideportivos y se eleva dos horas después rumbo a la Moncloa. Los

militantes no pueden abrazarle, tos dirigentes locales no pueden hablarle y los periodistas que lo

acompañan apenas si pueden hacerle cuatro preguntas en tres días.

Los estrategas electorales del PSOE se ufanan de que sus adversarios les han copiado el modelo de 1982,

aquel que ahora no pueden repetir. Los líderes del centro y de la derecha se han metido en autobuses

confortables y se han lanzado a recorrer España. Como hiciera Felipe González cuatro años atrás, se

puede ver a los candidatos departiendo relajadamente con los informadores que les acompañan en el

interior de estos vehículos, que irrumpen en las ciudades con los altavoces al máximo volumen

anunciando la hora en la que el político de turno se dirigirá a los ciudadanos.

González lo advirtió pronto. Su campaña iba a ser de fines de semana; nada menos que cuatro

comunidades autónomas en menos de 48 horas. Un avión Turbo, de ocho plazas, alquilado por el PSOE,

es el vehículo utilizado por el presidente para cumplir tan apretada agenda. Cuatro escoltas, un médico, su

esposa y el siempre vigilante secretario, Julio Feo, le acompañan. No hay tiempo para los detalles

accesorios. Nada de paseos por las calles ni charlas informales; hay que ir al grano. Apresuradas ruedas

de prensa y, directamente, a la plaza de toros.

"Cuánto me gustaría coger el autobús y recorrer España", confesaba el presidente días atrás. Dicen que es

imposible. Hay que gobernar de lunes a viernes. Julio Feo lo tiene todo cronometrado. La escena se repite

en cada ciudad. El avión presidencial se acerca, los periodistas se agolpan para verle, observar cómo

desciende por la escalerilla, junto a su esposa, tan elegante y risueña.

Los incontables policías que aguardan su llegada indican a los periodistas que se aparten; tienen que hacer

un pasillo humano para que el presidente llegue sin apreturas a la mesa, atestada ya de micrófonos, desde

donde protagonizará una de las cuatro conferencias de prensa de la jornada. Sonríe. "Bien, lo mejor es

que, sin preámbulos, hagan las preguntas que deseen". Todos nerviosos, cuatro preguntas aceleradas, e)

mitin empieza dentro de 20 minutos.

"Felipe, Felipe", gritan miles de personas que han intuido que en ese remolino de seguridad está él. Sí,

levanta la mano. Ya no lo ven. El escenario es diferente a los anteriores, en los que los candidatos y él en

el centro se sentaban ante la vista pública. Ahora, el presidente espera abajo a que terminen los teloneros

—ministros, alcaldes, cabezas de lista—.

Sube al espectacular escenario y el griterío es ensordecedor. Atempera con los gestos, no quiere que le

aclamen. "Gracias, pase lo que pase, nunca olvidaré la confianza que me disteis, aunque sea otro el que

vaya a la Moncloa". "¡No, no!, ¡Tú, tú!". Es el diálogo que se repite. Arriba, es el de siempre. Mantiene

intacta la capacidad de establecer una total complicidad con el auditorio cuando, por ejemplo, le pide

paciencia para acabar la obra iniciada en 1982.

Lo peor son los militantes. Han estado muchas horas preparando el escenario, machacando clavos y

pegando carteles. Al final, no han podido dirigirle la palabra; no hay tiempo ni oportunidad. Está en La

Coruña, pero le esperan en Canarias. En Zaragoza el auditorio captó que algo le pasaba. Estaba enérgico y

apretaba los puños. "Sois libres, votad lo que queráis", gritaba con una rabia destinada a aquéllos que

dicen que va a utilizar el recurso del miedo.

 

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