Autor: Dávila, Carlos. 
   La gran estrategia de Guerra     
 
 Diario 16.    14/06/1986.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Madrid Para el martes está anunciada la «cumbre de los segundos», la «cumbre» televisiva de Guerra,

Sainz de Robles y Miguel Herrero. Invitado estaba Adolfo Suárez, pero no irá; no irá por una razón de

principio: él no es segundo, sino primero. El debate será sin duda uno de los grandes hitos de la última

semana de campaña, la decisiva, y tiene un temario demasiado amplio, triple: la transformación del

Estado, la función pública y el Estado de las autonomías. En la oposición no se creen aún la presencia de

Guerra, no se la creen, porque, como dice un destacado dirigente reformista: «Guerra no está para

debates; está para embates.»

La gran estrategia de Guerra

La frase es afortunada. El vicepresidente está siendo el gran sacrificado de la campaña socialista. Parece

mentira que la oposición no haya recaído en la argucia de ariete practicada por Alfonso Guerra. Con sus

imputaciones, sus invectivas, sus esperpénticos agravios, está logrando, ha logrado, que en España la

campaña electoral se reduzca exactamente a cero. Curiosamente, todos los partidos de la oposición

coinciden en denunciar la añagaza, pero todos sin excepción (líderes incluidos) entran al percal, vio

lentamente abierto por Guerra. En el Partido Reformista se ha tomado una decisión: ni una respuesta más.

Veremos.

El vicepresidente se sacrifica en aras de ese «bien superior» partidario que atiende por Felipe González

quien, así, gracias a su perpetuo compañero, Carlos Dávila no ha tenido que implicarse en los grandes

problemas de la campaña: la huelga de estiba-dores(cuarenta mil millones sólo en Bilbao), la actuación

policial en esta capital, las huelgas generales de Cartagena y El Ferrol, el juicio de los policías españoles

que inciaron un conato chusco de «guerra sucia», y, claro, los asuntos permanentes: el escalofriante paro,

la seguridad ciudadana, el déficit público, el permanente conflicto de la enseñanza, el decaimiento de la

libertad... De nada de eso se está hablando, porque Alfonso Guerra desvía con sus imprecaciones de

suburbio la atención general. Por eso se espera con interés desmedido el debate del martes. Guerra, por

primera vez, con dos pesos pesados que saben bastante más que él. ¡Uf!.

¿Acudirá el vicepresidente al debate? La oposición le prepara un adecuado recibimiento. Sainz de Robles

lleva días atendiendo la reclamación de grandes colectivos del país: desde los médicos a la Organización

Nacional de Ciegos, que ayer le dijo al candidato reformista: «Nos quitan sorteos; nos quitan

posibilidades de supervivencia: aquí, en España, lo único que priva y que mima el Gobierno es la lotería

primitiva.» Se piden apoyos explícitos y recíprocos, pero, por ejemplo, los colegios profesionales no se

quieren comprometer. Algunos, en vísperas de las elecciones, han sido obsequiados con un regalo fiscal:

la desaparición del IVA. Asi, cualquiera se enternece.

Guerra, además, cada vez que habla en Madrid, promete lo que la oposición denomina «pequeñas

cositas». Hoy, bajada de impuestos; mañana, ¿qué? Hoy mismo, Madrid amanecerá literalmente

empapelado con carteles de Sainz de Robles, que hace incesante campaña de radio y que charla con todas

las asociaciones que en España son. Madrid se llena de músicas electorales y de caravanas carteleras. En

Madrid, todos los automóviles llevan mayoritariamente matrícula de Madrid. En provincias, Tráfico deja

al PSOE censar sus propios coches. «Esto —decían ayer en Alianza Popular— no es prepotencia, es

potencia. Decir quién manda.»

 

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