Autor: Tusell, Javier. 
   Ni buen camino ni mayoría     
 
 Diario 16.    14/06/1986.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

JAVIER TUSELL

Catedrático de Historia Contemporánea

Ni buen camino ni mayoría

El triunfo socialista el día 22 es seguro debido principalmente a la falta de alternativas a su derecha e

izquierda. Ante tal evidencia, el articulista insiste en la necesidad de un voto de castigo que impida

alcanzar una nueva mayoría absoluta al partido que ha ejercido el poder durante los últimos cuatro años.

Sólo así, sostiene, aprenderán a ejercerlo de acuerdo con las normas que impone un régimen de libertad.

La sagacidad electoral del partido en el Gobierno, que es mucha y está demostrada, y la de sus muchos

corifeos, producto no sólo, por supuesto, de las delicias del poder sino de realidades mucho más nobles,

se viene concentrando en estas últimas semanas en la afirmación de que no hay nada mejor que un

Gobierno estable para las presentes circunstancias españolas y que, para ello, es imprescindible la

existencia de una mayoría parlamentaria holgada, como la que han tenido los socialistas en la presente

legislatura. Bien mirado en esto reside realmente la gran cuestión que se solventará entre las urnas el

próximo 22 de junio. En el centro y en la derecha el espectáculo no resulta demasiado alentador: todo es

demasiado improvisado o recuerda en exceso al pasado. En la izquierda, las cosas no mejoran en nada.

En definitiva, lo que se dilucida (al margen de pequeñas batallas menores) es si, más que nada por

carencia de alternativas, el socialismo seguirá contando con la confortable mayoría parlamentaria que ha

tenido hasta el momento.

Para propiciarla el PSOE tiene como argumento fundamenta] su llamado «buen camino». ¿Lo ha sido

verdaderamente? El buen camino depende básicamente del vehículo y de la dirección. El vehículo no

podía ser más poderoso: dado el sistema de partidos políticos existente en España y la ley electoral

vigente, en principio resultaba casi matemáticamente imposible una confortable mayoría parlamentaria

del PSOE como la que ha tenido hasta la pasada disolución. Los socialistas afirman que no ha habido un

Gobierno en España que prácticamente haya concluido su periodo parlamentario con normalidad; se les

olvida tener en cuenta otra realidad, como es la de que desde Viriato no ha habido un Gobierno

democrático con tanto poder como el que han tenido ellos.

Lo que es dudoso es que con tan potente vehículo hayan hecho un «buen camino». Bien mirado lo que

más les debe ser agradecido es el hecho de que no hayan errado radicalmente el punto de partida, como

hubiera sido el caso si hubieran intentado cumplir el programa que esbozaron en sus Congresos: un

potente vehículo puesto a ir marcha atrás nos podía haber llevado al despeñadero. Felipe González

siempre tendrá en su haber la infidelidad sistemática con la que ha honrado a sus promesas. La dirección

aparece relativamente clara e incluso es mencionada como tal en las manifestaciones de los portavoces

oficiales: la modernización.

Pero ésta, que constituye un propósito nacional, tiene bastante poco que ver con lo que en nuestro país ha

sucedido en los últimos cuatro años. Modernización quiere decir justicia y administración independientes

de la política, voluntad de innovación y de competencia, pluralismo, debate y diálogo. Los cuatro años de

la administración socialista demuestran más que modernización, capacidad de especular con los más

evidentes vicios nacionales: clientelismo, prepotencia, demagogia, complicar los problemas nacionales en

vez de resolverlos, sectarismo y, en definitiva, lo que es peor, política de corto, cortísimo vuelo. En vez

de presentar una gran esperanza nacional aquí y ahora, para nuestra desgracia el socialismo español no

representa sino la posibilidad de que nuestros males se agiganten.

Y, puesto que van a ganar, ¿qué esperanza nos queda? Sencillamente que no ganen demasiado. Que

aprendan que no se puede disponer, como de bien mostrenco, de los votos de una colectividad nacional.

Hay centenares de miles de españoles que se sienten en este momento como se podían sentir en la época

de Franco: con miedo a expresar la disidencia, con la seguridad de no ser tratados en pie de igualdad por

la Administración y con la conciencia de que cometen alguna incorrección con la impertinencia de

explicar una postura que no concuerda con la de la mayoría. Aunque sólo fuera por esto merecía la pena

reflexionar sobre el estado de la conciencia nacional porque es mucho lo que todos nos jugamos.

En la democracia todo tiene remedio. Incluso tiene remedio Alfonso Guerra, por difícil que pueda

parecer. Imagínese, por un momento, una situación política diferente de la presente, pero esencialmente

igual en lo que respecta a la actitud de los poderes públicos. Ya se puede uno hacer idea de lo que

quedaría de los hígados de don Alfonso, Pues bien, hay que decir que también Alfonso Guerra tiene

derecho a no sentir miedo por expresar sus opiniones, a no ser perseguido con trapacería ni artimañas de

cuatrero desde la Administración, incluso a enfrentarse con la opinión generalizada de sus conciudadanos

o a ganar una oposición sin que se haya amañado el tribunal en su beneficio. A todo eso tiene derecho don

Alfonso. Pero para que verdaderamente pueda llegar el día en que esté en condiciones de gozar de ello,

resulta imprescindible un aprendizaje definitivo del ejercicio del poder en un régimen de libertad. Y ello

pasa, por lo menos, por una severa advertencia a quien ha utilizado el poder inmenso que se depositó en

sus manos de una forma tan deleznable. Ni buen camino, ni nueva mayoría.

 

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