Autor: Val, Luis del. 
   El beso electoral     
 
 Diario 16.    14/06/1986.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

14 de junio-86

El beso electoral

EN una campaña electoral la mayoría de las ceremonias son irracionales. El político se encuentra en

estado de celo y, a su lado, el urogallo podría pasar por astuto e inteligente. Sin embargo, a pesar de la

aceptación de este principio, hay estupideces tan evidentes que su pervivencia resulta estremecedora.

Tal es el caso de la denigrante manía de besar a los niños.

Los niños, todos los niños, sienten horror ante el besuqueo de los mayores. Todavía recuerdo el pánico

que me producía mi tía Patrocinio cuando se disponía a propinarme un ósculo y ya intuía el picor de su

bigote en mis tiernas mejillas. O el sonoro beso que me daba mi tía Pascualina, la de Soria, justo al lado

de la oreja, con un chasquido que retumbaba como un cañonazo y que me hizo percibir, a tan temprana

edad, lo que significaba la sordera, aunque fuera momentánea. O las húmedas babas de señoras y

caballeros desconocidos que hociqueaban sin pudor en mis carrillos y me impelían, de inmediato, a

frotármelos con la manga, ante el desconcierto de mi madre y demás parientes con graduación.

Luis del Val

Los momentos más desgraciados de mi niñez fueron los besos de las personas mayores y la colocación

del cuello duro en las camisas de las grandes solemnidades, refinado tormento que, por fortuna, ya ha

desaparecido.

A los niños, a todos los niños, lo que les gusta es mancharse de barro los zapatos y mojarse los calcetines.

Y lo que odian es besar o ser besados por unas personas de tamaño gigantesco a las que no tienen el

menor interés en conocer. Naturalmente, el político tiene muy mala memoria, gracias a lo cual se evita

muchos apuros y vergüenzas, pero si la tuviera mediana recordaría con nitidez aquellos fatídicos instantes

de su infancia en que era requerido para la humillante tarea del besuqueo. Se podría aducir que a los

candidatos les encantan los niños, pero es una hipótesis que no se tiene en pie.

Un candidato, en el fondo, es un ser normal, y todo ser normal aborrece a los niños. Llegamos a soportar

a los hijos propios basados en el instinto de conservación de la especie y admitimos a los hijos de los

amigos por el afecto que les tenemos a sus padres, pero más allá un niño —y no digamos dos— supone

una conocida fuente de molestias difíciles de soportar. En un vagón de tren, junto a la butaca del cine, en

el asiento contiguo del avión o en la mesa de al lado del restaurante la vecindad de un niño es algo que se

puede recibir con estoicismo, pero nunca con alegría.

He contemplado las primeras imágenes de la campaña electoral y observo que los políticos besan a los

niños con un entusiasmo salvaje, con una bárbara inconsciencia. Los niños no se quejan, porque están sin

sindicar, pero si los niños tuvieran un sindicato como Marx manda habría manifestaciones espectaculares

y marchas de protesta fastuosas. De guardería a guardería se establecerían cadenas de infantil humanidad

que harían volverse amarillos a los verdes, y, después, duros encierros en los jardines de infancia,

seguidos de avasalladores manifiestos.

Porque un niño puede ser molesto, pero tiene el derecho a ser respetado. Y continuar con una costumbre

tan denigrante que ni satisface al besado ni al besador me parece una melonada tan gloriosa, que ya es

hora de archivarla.

Y que los bese su padre.

 

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