Autor: Álvarez, Faustino F.. 
 El estado de la nación. 
 Gerardo Iglesias, la marioneta imposible     
 
 Ya.    15/06/1986.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 1. 

Gerardo Iglesias, la marioneta imposible

FAUSTINO F. ALVAREZ

CUANDO era niño, en La Cerezal, en el concejo de Mieres (Asturias), la media docena de viviendas

ocupadas en la aldea tenían al cabeza de familia en la cárcel. Sobre un hondo valle, en que levantan sus

brazos metálicos los castilletes de los pozos mineros, se forja el talante de Gerardo Iglesias, entre los

temidos interrogatorios de la Guardia Civil de aquella época y el apoyo a los últimos guerrilleros, o

«maquis», que sobrevivían tras la guerra del 36 como alimañas. Tenía Gerardo cinco años cuando

llevaron a su padre preso por ayudar a una partida de guerrilleros. A los doce comenzó a trabajar en la

construcción, como pinche de albañil y después, entró en la mina. Ir a arrancar carbón, cada mañana, al

subsuelo misterioso, con sólo quince años, era un forzoso certificado de madurez.

La muerte acechaba escondida entre las rocas o disfrazada de grisú. Gerardo Iglesias entiende que, para

que el hombre no sea un animal de carga, es necesario liberarlo. Y que la naturaleza de esa liberación es

colectiva. Había bajado desde la aldea, con la alegría de las cerezas en los ojos, y se encontró en un medio

inhumano donde se picaba el carbón con agua hasta la cintura y donde la vida era corta: a los treinta y

pico años, la silicosis, la terrible enfermedad qu convierte los pulmones en fuelles disecados, era segura.

Tiene dieciséis años cuando es detenido por primera vez, y no sería la última. Participa en el Movimiento

Obrero Asturiano con algo que, después, sería una característica en su vida: el estilo de intuitivo luchador

romántico capaz, por la propia naturaleza de su pelea, de no dosificarse y arriesgarlo todo a la suerte de

un día.

En la Navidad de 1966 es detenido, junto a otros miembros de CC.OO., y condenado a cuatro años y

medio por propaganda ilegal, asociación ilícita y sedición. Cumple la condena hasta el último día. En la

cárcel coincide con un hombre que va a ser decisivo en su vida: Horacio Fernández Inguanzo, «El

Paisano», un maestro de escuela, comunista, que se convierte en el tutor político de Gerardo Iglesias.

Excepcionalmente, la cárcel fue, en este caso, una escuela de lucha y de cultura. Los meses se alargan y lo

que aquel muchacho había sentido como la imagen invertebrada de la injusticia se va articulando, ,

delimitando, ordenando. Las cosas que están mal tienen unas causas y unos remedios. Hay ricos y pobres.

El sudor es muerte para unos y oro para otros. La historia de la humanidad es la crónica de una larga

lucha con millones de cadáveres, etcétera. La represión sobre aquel joven revolucionario se convierte en

la puerta de la lucidez y en la formulación cabal del compromiso. Cuando termina la condena, sale a la

calle como si César Vallejo hubiese escrito para él aquellos versos: «Feliz de ti, en este calor en que se

encabritan todas las ansias y todos los motivos.....Su primer oficio en libertad: vendedor de bombones y

chocolates. Hace el servicio militar con una vigilancia muy especial en atención a su curriculum.

En 1973 es detenido nuevamente, tras ser nombrado miembro del Comité Central del PCE. Pasa otro año

en la cárcel. Después, es elegido secretario general de CC.OO. y del Partido Comunista de Asturias. Tiene

un compañero, que había soportado el «proceso 1.001», Juan Muñiz Zapico, que muere en un accidente

de tráfico en una tarde de domingo. Gerardo Iglesias reconoce que este hombre, «Juanín», hubiese sido

clave en la historia del comunismo español y hasta da la impresión de que hay, en muchas actuaciones de

Gerardo, una misteriosa silla vacía en homenaje a su amigo. En 1982 es elegido secretario general del

PCE y es, entonces, cuando confiesa que no se considera marioneta de nadie y cuando Carrillo se da

cuenta de que se ha equivocado en el nombre que propuso al Comité Central. Esta historia, desde

entonces, tiene muchos capítulos que le hubiesen podido interesar a Freud. El comunista español se

desmorona en varios frentes, pero Gerardo se queda con la marca del producto.

El referéndum OTAN le da oportunidad para un experimento: unificar a las gentes de izquierdas en una

plataforma heterogénea, con el objetivo común de lograr la neutralidad bélica de España y el

desmantelamiento de las bases norteamericanas. Ante la convocatoria de elecciones generales, intenta

recuperar la estrategie anti-OTAN en un nuevo grupo, Izquierda Unida, en el que están, frente a la

soledad de Santiago Carrillo, históricos como Ignacio Gallego, Enrique Líster y una «Pasionaria» que

saluda, en la revista «Mundo Obrero», a la coalición como «un serio intento de articulación de la

izquierda en España».

 

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