Autor: Castro, José. 
 Campaña electoral 22-J.. 
 Fraga se "vistió de luces" en Barcelona     
 
 Diario 16.    16/06/1986.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Barcelona

PLAZA de toros Monumental de Barcelona. Sábado 14 de junio, a las ocho de la tarde, con permiso de la

autoridad y si el tiempo lo permite, se «mitinearán» ocho candidatos, ocho, de la prestigiosa Coalición

Populad, rezaban los carteles anunciadores de tamaño evento.

Enorme expectación había surgido entre la afición para ver tan esperado festejo mixto, en el que iba a

cerrar plaza nada menos que el muy afamado diestro de Villalba, Manuel Fraga.

Como impone el reglamento de espectáculos políticos, abrieron plaza los aspirantes menos cualificados,

tras despejar el re • dondel el «alguacilillo» Jorge Fernández, quien tragándose la bilis que le produce la

inquina que le enfrenta al primer diestro local, Miguel Ángel Planas, desde tiempos casi inmemoriales,

hizo un encendido elogio del «profiláctico» diestro.

Con todo dispuesto, la plaza engalanada como si fuese día Fraga se «vistió de luces» en Barcelona

José Castro de corrida grande de la feria de la Merced, y nueve mil seguidores y aficionados rugiendo de

emoción, se le permitió intervenir al primer «novillero», el candidato al Senado Manuel Soler, quien, tras

una faena comedida, escuchó silencio.

El segundo morlaco dialéctico le tocó lidiarlo a María Teresa Corriga, a quien su debut en plaza, y sus

pocos recursos técnicos y artísticos, le jugaron una mala pasada, no logrando recaudar más allá de unos

pequeños aplausos de commisera-ción para con el debutante.

El «becerrista» Alberto Fernández, hermano del «alguacilillo», demostró que no hay nada peor que imitar

al maestro amado, porque todos sus defectos se multiplican. Falto de personalidad y sin tener las

ideas claras, recitó, de papagayo, los «muletazos» más aburridos del enorme repertorio de la estrella de la

escuela de la oratoria conservadora.

Gris fue la tarde para Enrique Lacalle, que no pasó de vulgar y que aún no sabe ni cómo ni dónde ha de

colocarse el torero para entrar a matar «dialécticamente» a su contrincante. Actuación similar y poco

destacable fue la de Magín Pont, del que poco más se podría añadir.

En cambio, cuando saltó al albero el «banderillero» del Partido Liberal Nicolás de Salas, dejó patente que

si su jefe de filas, José Antonio Segurado, se compra las «golas» de su voz aterciopelada en la sastrería de

Justo, él, que no es menos, va a la del insigne sastre de toreros Fermín. Y si su voz no es tan profunda,

atrayente y condensada como la del maestro liberal, sí en cambio es más estridente, plomiza y sofocante.

Tras sus pares de banderillas «al sesgo», de «dentro a fuera» y al «cuarteo», sólo logró un - denso silencio

de los asistentes.

Y llegados a este punto, sólo quedaban las muy esperadas actuaciones del número uno local, Miguel

Ángel Planas, y del número uno nacional, Manuel Fraga. Como un Joselito y un Belmonte de los tiempos

modernos, ninguno podía vivir sin el otro, y así, Planas se decidió, antes de lidiar su discurso, a

rememorar las grandes hazañas del ídolo de los ídolos, desde que «muy joven» tomó la alternativa. Figura

a la que hay que respetar, porque «ya está escrita con letras de oro en la historia de España». El, que es el

único capaz de arreglar todos los problemas, porque «en todos los países hay muchos energúmenos, pero

también hay leyes, que sólo él sabe hacer respetar».

Y llegó el momento culminante del festejo. La faena del maestro fue técnicamente bien construida, pero

no transmitió la emoción del riesgo. A pesar de ello, no importó, porque la histeria colectiva del gran

triunfo había arraigado entre la afición, que soltó globos blancos al cielo, que aclamó, coreó y manoseo de

viva voz su nombre, proclamándole el número uno indiscutible. Fue en ese momento cuando la enorme

traca final hizo explosión, y como aquella histórica aseveración que hiciera el Espartero de «Más

cornadas da el hambre», surgió y entró en la historia de la historia de la política, en medio de la pólvora

que ardía, ese semisilogismo coaligado que decía: «Para salir adelante. Fraga 86. Vamos a ganar».

 

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