Autor: Dávila, Carlos. 
   Debate, sí o no, último dilema socialista     
 
 Diario 16.    16/06/1986.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Diario 16/16 de junio-86

CON las encuestas, con todas las encuestas sobre la mesa, el dilema de Moncloa es celebrar o no el

debate para aprovechar al máximo el poder seductor, el «glamour» envidiable de Felipe González; en

rigor, el único de sus atributos que, según tirios y troyanos, le resta incólume. Nadie, a cuatro días del

final, se atreve a asegurar la positividad o la negatividad de un eventual debate televisivo. La pregunta es

quién tiene más que perder en el trance: el Fraga correcaminos que podría quemar su útima nave ante las

cámaras con una intervención tremendista o el González fatigado, que se convertiría, de hecho, en el

conservador que pretende seguir andando «por el buen camino», ante un oponente que le quiere cortar el

paso.

La pregunta se las trae. Tiene tan difícil respuesta que algunos socialistas han analizado durante el fin de

semana la hipotética conveniencia de «abrir el compás» y acceder —eso sí, desde la magnanimidad— a

un debate a más bandas: a tres, cuatro o cinco bandas. Con todos dentro, en un ejercicio arriesgado que

tendría, en principio —esa, al menos, es la opinión de sus propaladores—, un beneficio: el beneficio que

se derivaría de la imagen y la constancia de un González acosado por flancos varios, que contaría

inmediatamente —esa es la tesis— con la simpatía de los espectadores, de los votantes enternecidos ante

el presunto derribo del líder carismático. «Pero, ¿qué están intentando hacer con este hombre?», se dirían

los televidentes más proclives a la compasión.

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Debate, sí o no último dilema socialista

Carlos Dávila

No parece, sin embargo, que la idea prospere. No lo parece. En Moncloa se ha confiado tradicionalmente

más en el irresistible encanto del comunicador sevillano; «un encanto tan atractivo que ni siquiera importa

que el líder no diga nada; no importa». La frase, que pertenece a un veterano colaborador, de los malos

tiempos, de González, reñeja la confianza ya más tuerta que ciega que aún conservan sus compañeros de

partido en el «compañero González», como le llamó, con evidente disgusto de algunos monagos de su

entorno, el desmedido joven Javier de Paz, en la frustrada fiesta de la discoteca O, de Madrid.

Iniciativas como la Que acabo de referir son uno más de los ingenios que se han ocurrido en la «.tormenta

de cerebros» del PSOE con el objetivo, que el partido piensa accesible, de confirmar el domingo que

viene la mayoría absoluta. El PSOE ha puesto tan alto el listón de su ambición (y también de sus

necesidades) que la mayoría no basta: hay que lograrlo todo. Y todo es algo más de ciento setenta y cinco

diputados. Para llegar a ese puerto de tranquilidad, los «campañistas» del PSOE están dispuestos también

a todo: a revisar sus estrategias y a cortar la hierba bajo los pies del mejor «plantaos.

Curiosamente, los «campañistas» creyeron de principio en la imposibilidad de «no repetir» la mayoría.

Lean esta frase porque es exactamente lo que en círculos socialistas se ha dicho a este cronista. No había

forma política de «no repetir» y ahora, a cinco días, puede ser que no se repita. El retruécano forzado es

real como las elecciones mismas, como una campaña que no está siendo tal, porque se ha hurtado la

discusión sobre cuál va a ser nuestro futuro, y una campaña que se ha presentado y desarrollado más

como un acto de fe en el líder que como una exposición de motivos para votarle.

En la recta final del «buen camino», los socialistas no necesitan convencer; necesitan ganar. Todo lo que

no sea mayoría absoluta es una derrota, por eso el desguazamiento minucioso de las encuestas, el análisis

pormenorizado de todos los números, de todos los porcentajes.

 

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