Sobre la violencia     
 
 El Alcázar.    31/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

HEMOS LEÍDO SOBRE LA VIOLENCIA

A primeros de este siglo, Sorel escribió, al servicio de la idea anarquista, sus famosas "Reflexiones sobre

la violencia", que habrían de tener una gran influencia sobre el pensamiento de Mussolini. Creo que a

nadie parecerá ocioso que intentemos nosotros (también, aquí y ahora) reflexionar sobre la violencia en

las sociedades actuales.

La violencia está ya dentro de nuestras vidas. Un día-, las metralletas siegan vidas, en San Sebastián o en

Madrid. Otro día un hombre destruye una cafetería o una librería. En este sitio, unos piquetes niegan la

libertad de trabajo a unos obreros; en aquel teatro, se intenta mentalizar a un orador, o al público, con

ruidos y otras presiones. Cada uno censura la violencia de los demás, y defiende la propia, en función de

una causa que le parece justa e indiscutible.

No vamos a cometer la ingenuidad de ignorar que la violencia ha existido, en uno u otro grado, en todas

las épocas. Unas veces eran los bandoleros que asaltaban una diligencia; otras, la Mafia que ejecutaba

ésta o aquella venganza; en el Madrid del XIX, la "partida de la porra", o en la Andalucía de aquel

tiempo, la "Mano Negra". La Barcelona de primeros de siglo vivió una etapa infernal de bombas, como

Madrid y Málaga conocieron en los años 30 las quemas de iglesias y conventos.

Pero es indudable que la violencia ha alcanzado en nuestros días un •nivel de intensidad, de tecnificación

y de organización que no tiene precedentes. El puñal era muy inferior a la t metralleta; y la pólvora al

plástico. Las técnicas de la guerrilla urbana, del secuestro y del asesinato político han llegado a un punto

de perfección desconocido hasta ahora.

Pero hay algo más grave. Durante mucho tiempo, dos cosas estuvieron claras, para la mayoría de la

sociedad española. Una, que la ley y el orden son valores importantes para el conjunto de la sociedad; y

que, por lo mismo, la Fuerza Pública, al actuar en su defensa, no puede ser equiparada, en ningún tipo de

razonamientos, a la violencia terrorista. Ahora, con el pretexto de que el orden establecido contiene

elementos de injusticia (y ningún orden humano es, ni puede ser, perfecto) se pretende que la violencia

del terrorista y la acción represiva de la Policía o de los Tribunales son igualmente condenables. Y esto es

gravísimo.

La palabra represión se ha convertido en una mala palabra. ¿Por qué? Reprimir el robo, reprimir la

violación, reprimir el escándalo público, no son cosas malas, sino excelentes. Reprimir el terrorismo que

amenaza, que intimida, que secuestra, que ametralla, es una obra de bien.

Si cuatro terroristas se reúnen y deciden matar a un alcalde la sentencia vale y se cumple. Si luego un

Tribunal legítimo juzga a los culpables, y los condena a la pena máxima (la única que teme el terrorista>,

se organizan manifestaciones en todo el mundo, se queman Embajadas, y se derraman lágrimas y flores.

Pero hay algo más grave. Hay que leer con cuidado la gran novela de Graham Greene "El cónsul

británico", para penetrar en las oscuras reacciones que pueden llevar a un activista a someter a un

inocente al secuestro y a la muerte, al servicio de una causa. Allí, las cosas se ponen en un ejemplo

tremendo: uno de los terroristas es un sacerdote, que acepta someter a la muerte a un cónsul inglés,

totalmente inocente de lo que ocurre en el país (la Argentina), por entender que su secuestro y asesinato

crean más publicidad y más problemas al Gobierno local.

¿Cómo se ha podido llegar a este punto?. Es indudable que en las sociedades actuales, sin ser ni mucho

menos perfectas, hay menos miseria, menos crueldad, leyes más abiertas, que en cualquier otro periodo

hitórico. ¿Qué explica, pues, esas actitudes ante la violencia?.

Una parte de la explicación viene, seguramente, del lado violento de la naturaleza humana, que encuentra

cada vez menos ocasiones de ejercitarse Ya no hay guerras, o son menos frecuentes; ya no se monta a

caballo, ni se suben escaleras. Todo es cómodo y aburrido. La juventud se encuentra sin saber qué hacer.

He seguido con interés algún tema terrorista en los últimos años. El buen terrorista (técnicamente

hablando), como el venezolano Carlos, recibe mucho dinero, de éste o aquel servicio internacional;

encuentra chicas que le ayudan y albergan en las ciudades donde pasa; si le cogen, el país local prefiere

evitar líos, y se limita a expulsarlo. No se ha logrado nunca, en esta lucha, una efectiva cooperación

internacional. Se está convirtiendo en una profesión segura, rentable y hasta honorable.

Pues bien, así no podemos seguir. Hay que plantar cara a la violencia. No hay más país serio que aquél en

el cual el que la hace la paga; en materia de violencia grave, sea quien sea.

Pero por enérgica que sea la legislación y la actitud del Gobierno y de la Judicatura, hay un problema de

educación y de opinión. Hay que dejar claro que toda forma de violencia y de intimidación son

condenables; ;y que la defensa del orden, aún imperfecto, es algo positivo, incluso si en la ejecución

práctica se producen errores inevitables. Lo demás sería abrir paso a la anarquía.

Nuestro país es un país serio; no puede volver a las situaciones conflictivas de 1808 a 1939; podemos

evitarlo Para elle hay que prescribir la violencia. Pero también la que arroja calificativos injustos y

equívocos, como el de llamar "fascista" a todo partidario del orden, y "rojo a toda defensa de la justicia

social. También la que produce en ciertos órganos informativos campañas de descrédito personal, que

constituyen lo que en América se llama "asesinato de un carácter". También el empleo de piquetes

reventadores de mítines políticos, o que siembran el terror en una barriada obrera. Contra todo ello la Ley

y su cumplimiento deben ser implacables.

España tiene una seria posibilidad de reconciliación sin revancha, y de reforma sin ruptura. Hay que

aprovecharla. Cada intento de jugar sucio y de oportunismo del "trágala", constituye un riesgo que

engendra responsabilidad. El apoyo indirecto a la violencia, y el hipócrita intento de equipararla a la

legítima acción represiva, es intolerable.

Don Quijote se echó por los campos a enderezar entuertos, y liberó a los presos de la Santa Hermandad,

que luego le pagaron como ellos lo hacen siempre. Ahora abundan los "quijotes" y "quijotillos" de todas

clases, llenos de cuestiones previas y de amnistías. ¿La quieren para los que ametrallaron a los abogados

comunistas? ¿O solamente para los asesinos de Araluce y los raptores de Oriol y de Villaescusa? Hay que

volver al sentido común y a la justicia natural; no habrá orden mientras todos no lo deseemos con todas

las consecuencias y los sacrificios. Y sin orden no habrá paz, ni recuperación económica, ni libertad.

Sorel creía en el papel renovador y purificador de la violencia. Yo creo en la Ley y en la Justicia son su

fría balanza y su espada ejemplarizadora. La seguridad y la salvación del pueblo son la ley suprema.

Manuel FRAGA IRIBARNE (ABC)

EL ALCÁZAR

 

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