Autor: Folch, Xavier. 
   Autonomías nacionales y democracia     
 
 El País.    02/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

EL PAÍS, sábado 2 de octubre de 1976

OPINIÓN

Xavier Folch: miembro del comité

central del PSUC (Partit Socialista

Unificat de Catalunya).

Economista.

Militante desde muy joven, fue uno de los organizadores de la Universidad de

Barcelona de la AUE (Alianza

Universitaria Española), habiendo sido detenido en varias ocasiones.

Intelectualmente está dentro de la línea de Manuel Sacristán, del que ha sido discípulo.

Es en la actualidad director de

A riel Quincenal. Tribuna libre Autonomías nacionales y democracia

XAVIER FOLCH

En el desolador y agobiante panorama de la prensa madrileña, EL PAÍS ha irrumpido como lo que un escritor tradicional calificaría de racha diaria de aire fresco. La calidad de sus artículos e informaciones y su apoyo inequívoco a la democracia le han granjeado repeto y simpatía generales. Por eso ha dolido y hasta indignado doblemente en Cataluña su editorial «Autonomías y nacionalidades».

EL PAÍS alude a la conveniencia de repasar el bachillerato, y acaso sea ésta la causa de la gran cantidad de errores históricos y confusiones teóricas que aparecen en las pocas líneas de su editorial. No hay que olvidar que el bachillerato de los últimos cuarenta años ha sido un instrumento no de formación cultural, sino, en buena parte al menos, de adoctrinamiento al servicio de la dictadura. El propósito, no por sabido menos denunciable, era y es conseguir que las ideas de las clases o capas dominantes se convirtieran en las ideas dominantes en la sociedad. Y aquí hay que reconocer el éxito parcial de esa política «educativa». Sobre el tema de las nacionalidades, cualquier vasco, gallego o catalán puede certificar haber encontrado dosis demasiado grandes de ideología falangista en ambientes progresistas madrileños. No se trata, pues, de un retorno de los fantasmas, como afirmaba un editorial de Avui y negaba otro de EL PAÍS, sino de que esos fantasmas nunca se habían ido.

«Si Cataluña —escribe EL PAÍS— fuera libre de optar, de espaldas a la realidad, por su autodeterminación, ¿por qué negar igual derecho al Ampurdán respecto de Cataluña? ¿Por qué negárselo a Figueras respecto del Ampurdán?». Sin entrar aquí en la referencia, tan pintoresca como descabellada, al Ampurdán y a Figueras, conviene que nuestros amigos de EL PAÍS sepan que los catalanes no podemos renunciar al derecho de autodeterminación, a menos que admitamos —cosa que no estamos dispuestos a hacer— el derecho de otros a determinar nuestro futuro. Además, desde premisas democráticas, ¿cómo puede limitarse o negarse el derecho de autodeterminación? Este derecho implica no la separación, pero sí, como es lógico, el derecho de separación, es decir, el derecho a constituir un Estado independiente. Eso explica, seguramente, aunque no justifica, el tono apocalíptico de algunas frases del mencionado editorial: «...de eso a derrumbarse por la pendiente de la disgregación gratuita del Estado español media un abismo en el que, a lo que parece, a algunos no les importa caer.»

¿Sabe EL PAÍS que de todos los grupos políticos integrados en el Consell o en la Assemblea sólo dos son auténticamente nacionalistas, es decir, independentistas? En este contexto, las críticas a Tarradellas, hechas desde Madrid, sólo sirven para reforzar su posición. Tarradellas nunca ha sido nacionalista. El mismo, utilizando terminología impropia, acaba de declararlo: «No soy separatista.»

«...Hoy por hoy —escribe EL PAÍS—, arbolar sin encomendarse a Dios ni al diablo la bandera autodeterminadora, y pretender ir con ella hasta las puertas de la Presidencia del Gobierno a negociar, no pasa de ser el fruto del sueño de la razón.» Es en este punto, sobre todo, donde quisiera yo criticar la actitud de EL PAÍS. EL PAÍS puede defender la ideología que quiera, pero tiene la obligación de estar informado. Y debería saber que la Assemblea y el Consell —o sea la inmensa mayoría de los partidos políticos y la totalidad de las fuerzas sindicales— propugnan como punto de partida irrenunciable para cualquier negociación el restablecimiento provisional de los principios e instituciones configurados en el Estatuto de 1932, y la constitución de un Gobierno provisional de la Generalitat en el momento de la ruptura, simultáneamente a la formación de un Gobierno provisional a nivel de todo el Estado.

Es público, además, que Coordinación Democrática ha asumido plenamente, haciéndolas suyas, estas reivindicaciones.

Por otra parte, si la derecha del Consell ha bloqueado la asistencia de este organismo a la reunión del día 4, no lo ha hecho en función de posiciones nacionalistas, sino en función dé posiciones partidistas, es decir, de clase. De los dos grupos independentistas del Consell, uno —el Front Nacional— se ha opuesto a la asistencia a la reunión de Madrid, y otro —el PSAN— la ha propiciado enérgicamente.

En cualquier caso, para la Assemblea —que es la instancia más representativa de la oposición en Cataluña— está claro que, dada la correlación existente de fuerzas, sólo una negociación unitaria de toda la oposición democrática a nivel del Estado, corresponsable con las reivindicaciones de las diversas nacionalidades y respaldada por amplias movilizaciones populares, puede llegar a imponer, por encima de la voluntad del actual Gobierno, ¡a ruptura democrática. Así, pues, Cataluña es solidaria en la lucha por la democracia. Los catalanes sabemos muy bien que, sin democracia en España, no habrá autonomía de las nacionalidades. Pero es bueno que los demócratas españoles —entre los que sin duda se cuenta la gente que hace EL PAÍS— sepan volver la oración por pasiva y entiendan que sin autonomía de las nacionalidades no habrá auténtica democracia en el Estado Español.

La relación entre Cataluña y los demás pueblos del Estado español puede ser estable y sólida sólo a partir de un compromiso libremente pactado y aceptado por el pueblo catalán. Conviene no olvidar que uno de los mayores fracasos del régimen de Franco ha sido, precisamente, el intento de someter a una falsa y forzada unidad a pueblos que habían demostrado, incluso a través del sufragio universal, su voluntad de autogobernarse. El resultado, tras cuarenta años de opresión nacional y de negación de todo derecho, es que el catalanismo político ha resurgido con mayor fuerza que antes de la derrota militar de la República y de la Generalitat. A pesar del daño inmenso, y a menudo irreparable, causado por el franquismo, los catalanes tenemos el consuelo, de comprobar ahora diariamente el fracaso radical de esa política de persecución sistemática.

El hecho nacional catalán es —quiérase o no— una realidad, y toda política racional y viable a largo plazo pasa por el reconocimiento de esa realidad.

 

< Volver