Autor: Beneyto, Juan. 
   Estado y Nación     
 
 El País.    07/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

TRIBUNA LIBRE

El ejemplo reciente no es sino un caso más. Declaraciones rectificadas, protestas colegiales, editoriales replicadas, explicaciones unilaterales... Estamos ante una falta de correlación entre los vocablos que usarnos y el contenido que les reconocemos: cualquier término suena a equivoco cuando no es multiequívoco.

El fondo se explica por la crisis de pensamiento en que vivimos. Y el que tenga una exteriorización tan tajante creo que debe preocuparnos a todos, pues la divergencia ideológica subyace en una aparente comunidad semántica.

Pronunciamos palabras con significados diferentes: la democracia con o sin adjetivos, las asociaciones políticas o no... Acudimos sobre todo a la Historia para ´tergiversarla´, quiero creer que con la mejor buena fe; creyendo que no actuamos sino como continuadores. Dada mí profesión de historiador he de asombrarme de que se trate de llamar juntas generales a mecanismos que nada tienen que ver con los surgidos, bajo tal rótulo en la guerra de la Independencia; que se haya propuesto establecer un justicia Mayor del todo incomprensible, en nuestra actual circunstancia... Ya fue bastante que llamáramos fueros a disposiciones dogmáticas declarativas! Es menos grave traducir que transponer: traducimos movimiento del alemán beegung, pero eran conceptos que respondían a una misma estructura temporal. Lo más dañoso culturalmente hablando es la transposición en el tiempo. Porque el tiempo es lo que nos califica; la historia, el equipaje humano. ¡Jugar con la historia creo que es delito social!

Y estamos jugando con la historia en el mismo concepto de asociación política como traje de etiqueta bajo el cual puede recibirse el partido político. Las asociaciones políticas son cosa bien distinta: cumplen tareas de propaganda. Así la Constitución de 1876 las reconocía. Y nadie pensó que se equiparaban a los grupos de promoción gubernativa: fueron tales las aboliciones en materia de esclavitud y las librecambistas en cuanto al trato del comercio exterior, únicas que existieron al lado de lospartidos y sin confusión con estos.

Pero vayamos aL caso flagrante, reciente. A mi modo de ver se confunden Nación y Estado y se funden ambos conceptos con el de España.

Estado v Nación son términos de una gran riqueza de contenido, forjados a lo Largo de la Edad moderna e incomprensibles en tiempos anteriores. Del Estado nos habla por primera vez Maquiavelo y de la Nación nos dice algunas palabras testimoniales Erasmo.

De España tenemos largas referencias históricas. Pedro Laín ha señalado certeramente cual es su contenido. Se trata, a mi parecer, de un producto cultural decantado por las artes de la convivencia. Nadie duda de que la unidad de España tiene arranque constitucional al iniciarse la Edad Moderna, aunque el vocablo ya se utilizase antes (e incluso en cierto tiempo para indicar la zona no cristiana). Lo que sucede es que España se confunde con Estado y con Nación mientras unidad soló se ve en la uniformidad. Quienes apelan a la unidad de España no miran a la España de los Reyes Católicos sino al uniformismo centralizador de los Borbones. Hasta el siglo XVIII nada borró las antiguas organizaciones nacionales o regionales, como hay que decir tras la fusión de la Nación con el Estado.

El Estado-nacional se produce tras la tesis de las fronteras naturales, lanzada por Luis XIV para servir los intereses de Francia. Esta quedaba justificada entre los Pirineos, el Rin y los dos grandes mares... Pero semejante formula no fue válida para España, al cortarle el paso al Atlántico. Fuimos más Estado pero menos Nación: perdimos al norte parte de la población vasca y parte de la población catalana (nacionales hasta entonces, regionales luego). Logramos centralizar y empezamos a confundir unidad con uniformidad. Los Estados de la Corona de Aragón se rigieron según los modos de la Corona de Castilla.

Vale la pena de que recordemos un episodio que nos duele no sólo como miembros de una de las comunidades excluidas sino como los españoles que sentimos .la unidad de las tierras y de los hombres: los aragoneses (subditos de la antigua Corona) no podían «pasar» a las Indias: no ya

a poblar, a instalarse como lo hacían los castellanos (y sus prolongaciones demográficas de Extremadura y de Andalucía) sino ni siquiera como funcionarios.

El tema llegó a las Cortes castellanas (vigentes sin riesgo de la unidad) donde en 1532 se sorprenden de que un tal Martín Vicente haya logrado un canonicato en Indias y resultase que era catalán, de Tarragona... Los lectores de la Política indiana, obra documentadísima del gran Solórzano Pereira, han podido comprobar que bajo la unidad de España del siglo XVI, vascos y aragoneses eran considerados extranjeros en cuanto a Indias, lo mismo que los portugueses, los italianos y los flamencos, subditos también de su Católica Majestad.

No resisto callar el argumento de Solórzano sobre una ocasión en que se produjo un nombramiento de funcionario no natural de Castilla: solamente sería admisible si no hubiese persona hábil entre los castellanos, dándole el trato que a los lebreles que con tanta diligencia y expensas se buscan en el Epiro o en Lacedemonia no habiéndolos en las tierras del Reino.

¡Por Dios!, ya en 1976. seamos conscientes de nuestra carga de hombres: abandonemos los dogmatismos y volvamos a pensar: ¡Que España sea. por fin, tierra de convivencia!

JUAN BENEYTO

Licenciado en Derecho por Valencia y Bolonia, y en Ciencias Políticas por Madrid; ha sido profesor de Historia de las Ideas, director general de

Prensa, director de la Escuela

Oficial de Periodismo y decano de la Facultad de Ciencias de la

Información. Es autor de varías obras sobre periodismo. Alicantino nació en 1907

 

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