Autor: Cueto, Juan. 
   Colonialismo centralista     
 
 El País.    10/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Colonialismo centralista

JUAN CUETO

Veinticinco años, veinticinco, al incondicional servicio del más cerril de los centralismos habidos en la historia de este país, por fuerza tienen que imprimir carácter. O, dicho de otra manera, ¿es pensable el centralismo tal y como ahora se manifiesta y nos agobia al margen de la política audiovisual llevada a cabo por esa anónima, limitadísima y casi secreta sociedad que es RTVE? En la pequeña pantalla han tenido y tienen las regiones y nacionalidades del Estado español a su peor enemigo. Los textos del bachillerato, el siniestro aparato unificador del Régimen, la variopinta represión de las disonancias lingüísticas, políticas, jurídicas, culturales y económicas han podido ser neutralizados echándole a la vindicación y reivindicación regionalistas mucha sangre, sudor, lágrimas e imaginación. Es posible afirmar, pese a todo, que el diferencialismo nacional está logrando ganar la batalla en todos los frentes. Menos en uno: menos en la televisión.

Cuando hasta los más conspicuos enemigos de la descentralización andan con pies de plomo y pico de oro al habérselas con la gran cuestión pendiente, van los hombres de Prado del Rey y se lían diariamente el centralismo a la cabeza con el fin de mostrarnos una periferia poblada de majas, de festejos folklóricos, de juegos florales, de pantanos vacíos, de actos oficiales repletos y de piedras milenarias. Sostengo que la actual filosofía del centralismo a la española le debe bastante más a la ingente labor colonizadora de RTVE que al noventaiochismo, al menéndez pidalismo o al cerealismo histórico. Hay que asomarse cualquier día del año al televisor para poder captar en toda su espléndida simpleza la curiosa idea de vida regional que rige en el medio.

Aunque lo más propio sería hablar de vida provinciana, y ahí están, a disposición de los analistas con dos dedos de frente, esas tremendas medias horas semanales de los llamados centros regionales de televisión, que constituyen el más completo e insufrible catálogo de tópicos decimonónicos, costumbristas por más señas, que hasta la fecha haya sido posible contabilizar.

Los periféricos

La clase de los periféricos, según RTVE, es la clase de los no madrileños, eso para empezar. La imaginería del centralismo dominante nada tiene que ver ya con el Cid, Castilla, los metafóricos campos de trigo o las trascendentes puestas de sol, sino con la escenografía de la vida cotidiana de una determinada parte de la población ocupada en el sector terciario de la villa del oso y el madroño. Y más concretamente con la del alto y mediano personal empleado en RTVE. O sea, de un centralismo ruralizante, de recios mitos y vastos horizontes, se ha pasado a un centralismo urbanoide, limitado por los tabiques y las ideologías de Prado del Rey. Eso explica, entre otras cosas, la imagen que los del tinglado tienen del homo provincianas: un ente eminentemente agrícola, folklórico, coleccionista de rarezas y obsesionado, neurotizado por el agua de los pantanos, la construcción de fallas y carrozas, la elección de majas, la inauguración de obras públicas y el relleno de baches. A este tipo, como mucho, se le permite decir en la tele que la luna de Lugo es superior a la luna de Valencia, o viceversa; pero se le silencian todos los problemas, esos por los que se sigue muriendo en las calles provincianas.

Hagan la prueba. Sumen las informaciones y reportajes dedicados a las regiones, clasifíquen los temáticamente y obtengan el magnífico arquetipo de corte platónico de los que la televisión entiende por ciudadano periférico.

Platonismo regional

Nuestro medio descubre las regiones españolas con motivo de la visita de tal personalidad, o cuando acontece la pertinaz sequía, cuando llegan las lluvias, o cuando el Real Madrid juega fuera de casa, o cuando el bosque se quema, o cuando los pueblos arden en fiestas. En estos veinticinco años, RTVE ha creado e impuesto un codificadísimo discurso de la vida en provincias: el mismo que viste y calza el centralismo para enfrentarse con los problemas regionales y nacionales; y así nos luce el pelo. Pueden colocar máscaras o caretas favorecedoras a los servicios informativos, pueden aparecer en los telediarios los líderes de la socialdemocracia haciendo profesión de fe liberal, pueden suprimirse las listas negras..., puede ocurrir todo esto y más, pero no puede haber una transgresión del discurso provinciano. Eso es lo inmutable, los valores y adjetivos eternos, las ciencias y las esencias patrias.

Las regiones españolas están condenadas en RTVE a desempeñar un papel de comparsas y sólo cobran entidad como pueblos cuando ofician de coro trágico después de algún atentado contra la unidad nacional o se manifiestan incondicionalmente a lo que le convenga al Gobierno.

Para el resto, permanecen colonizadas por un medio de comunicación que sólo acude a ellas en busca del rasgo anecdótico, la inclemencia atmosférica, la cifra triunfal, el concursante de Un, dos, tres, la bella y el tonto del pueblo.

 

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