Autor: Santillana, Román de. 
   Regionalismo, hoy     
 
 Informaciones.    13/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

REGIONALISMO, HOY

QUIZA «I problema número dos que tiene planteado España sea el del regionalismo —el número uno siempre lo será la problemática socioeconómica del españolito de a pie—. Problema variopinta que como un Guadiana político esté siempre latente y aparece y desaparece aprovechando las circunstancias que las mayorías a que pretende Ir destinado estén satisfechas o no de su vivir cotidiano. Este planteamiento realista, pero Indudablemente simplista, está apoyado, qué duda cabe, por unas realidades de siempre y que en buena política deberían no ser soslayadas y si abordadas de frente y resueltas hasta donde ello sea factible.

Antes de seguir adelante cabría afirmar que nada de lo que se escriba en este trabajo pretende ser una afirmación de principios o la toma de posición de una ideología o un partido determinado y concreto, sino la visión objetiva —o que pretende serlo— de un observador que por español le duele que su Patria tenga clavada en un costado —y casi siempre infectada o en peligro de serlo— una espina que no deja nunca de resultar dolorosa.

Hace casi quinientos años —concreta mente en 1512-14, al Incorporarse Navarra—, España quedó constituida en un «Reino Unido» de la Península Ibérica, y desde entonces todos los reinos —Portugal fue la excepción— del viejo solar hispano compartieron penas y alegrías y. en cierto modo, cuando se consiguió alga que repartir, bien en forma de tajadas o de migajas, algo alcanzó a todos ellos. Hemos sido como una familia normal, ya que hemos estado más tiempo de uñas unos con otros que en períodos de paz y amor, como acontece casi siempre en la vida real de hombres y pueblos. La «familia», mientras existieron los restos —restos grandiosos de un imperio inmenso—, permaneció unida y podría decirse

sin mentir que por propia voluntad. Fue cuando no quedó más cera que la que ardía —que no era mucha— en el propio solar cuando empezó el baile del Irse y... volver; siempre con la certeza o promesa de alguna prebenda o compensación, las cuales, como es obvio, debían pagarlas, aun a su pesar, el resto de «familiares». En este momento fue cuando las nostalgias, el folklore, el noble orgullo de lo peculiar siempre legítimo, tanto en su motivación como en la bella realidad que lo hacía posible, iniciaron el rigodón del abandono; unas veces para quedar «otra vez solos» y otras para pretender unirse a «familias» más prósperas y adelantadas, en el seno de las cuales se creía poder encontrar mejores perspectivas en lo material y una mayor comprensión para el «hecho diferencial», cosa no muy augurable, ya que se trataba de Estados con una configuración fuertemente unitaria y de gran poder de absorción, dada la primerísima calidad de su vida intelectual y la enorme fuerza de atracción que ejercían sobre el mundo culto a escala planetaria.

Ahora, en esta hora de transición que vive España, ante la falta de rumbo de la nave del Estado —y la falta también de timoneles respetados y respetables, que representen en el puente de mando las varias tendencias mayoritarias que conviven entre nosotros—, la ola disgregadora alcanza crestas considerables y amenaza con dar al traste la vida en común de muchas centurias en unidad y más todavía en periodo de lograrla. Llegados a este punto, sería conveniente preguntar se por la necesidad de enterrar máximalismos y logrado el respeto de todo lo que debe ser respetable en cada pedazo de la Patria común —y que es mucho—. trazarnos un camino y fijarnos unas metas que por su novedad, su belleza y su entronque con nuestra manera de ser y, especialmente, por beneficiar a todos, absolutamente a todos, los que vivimos —muchos todavía mal— en la piel de toro, pudiesen constituir una empresa deseable y deseada.

Este, quizá serta un buen camino —para la alegría de andar juntos—, parafraseando los versas de Antonio Machado; pero mucho nos tememos que no sea la ruta elegida por los que están a! frente de los grupos que propugnan la ruptura del Estado —cosa muy distinta a la de un Régimen determinado— y que se pretenda seguir el atajo del «todo o nada»; maximalistas en todas las facetas de su vivencia política, con ansias de arrancar de cero —volvemos a referirnos al Estado nacido hace quinientos años— y recomenzar una vida que hizo inevitable el tiempo en que ocurrió la caída de la Monarquía goda y el consiguiente Inicio de la Reconquista; Reconquista que la civilización de la época obligó a que se iniciase por parcelas y, si bien la meta era idéntica, las iniciativas tenían que ser forzosamente regionales; lo que dio lugar a que nacieran y se consolidaran varios Estados dentro del solar hispano que señoreó la Monarquía caída al empuje mu sulmán. Estos Estados —ios más importantes— tenían tendencia a la anexión de los vecinas ciertamente afines, y cuando eso ya no fue posible a la inevitable y secretamente —en muchos casos de Reyes y magnates no tan secreta— deseada uní dad de todos los reinos de España.

La España unida es la depositaría de todas las glorias y de todo lo mejor que le aportaron los reinos que la hicieron posible y por ello debe velar para que esas glorias y esos valores de todos y cada uno de sus reinos no sólo se consirven, sino que se mejoren y alcancen la plenitud que todos debemos desear con afán. Lengua, arte, virtudes para el comercio y la industria y la agricultura —tan necesarios en esta hora—; valores de la persona humana con sus peculiaridades no tan sólo inevitables, sino

deseables, ya que ellas constituyen nuestra más cara reserva frente ai futuro; todo el acervo autóctono de todas las regiones y comarcas debe potenciarse y apoyarse en su diversidad, ya que cuando más cosas tengamos más ricos seremos no tan sólo como pertenecientes a una región determinada, sino en el conjunto global de la nación.

Es posible que lo hasta ahora expuesto sea un deseo de lo mejor y tengamos que contentarnos con lo menos malo; pero cabría un punto de reflexión para los que mueven la tramoya del regionalismo —y a la vez para los que se oponen a él con tozudez y sin realismo— que les hiciera detenerse ante la separación total a la que casi todos, más o menos voladamente, tienden en sus desahogos verbales y escritos y se parasen a pensar si ello podría ser tolerado por lo que ahora se llama las «instituciones permanentes del Estado» y también por una —creemos— mayoría de españoles, incluidos muchos de los que viven, trabajan y se enorgullecen de su origen regional —casi todos—. pero sin desvincularse de la Patria común. Convendría insistir en los peligros tremendos —en política y en todas las actividades de la trida— del todo o nada, ya que la vida raramente da el todo y sí muchas veces el nada.

Regionalismo, sí. Tan amplio como se quiera con potenciación a! máximo de todo lo que es peculiar a cada pedazo de nuestras tierras, ya que pocas naciones de Occidente tienen la inmensa suerte de poder contar como suyas varias lenguas tan valiosas como el castellano, el catalán y el gallego. No mencionamos el vasco, ya que literariamente llegó muy tarde y su contribución es, lógicamente, menor; pero ello no es óbice para que se potencie como los demás. Todo lo que tienda a realizarnos en todas las parcelas del vivir humano deba ser el primer cuidado de nuestros gobernantes, y ello arrancan do de los ámbitos regionales o comarcales que les sean propios; pero sin con misión y sin pretenciones de ruptura de un Estado que cuenta sus quinquenios por siglos y sin pretender más o menos unas regiones sobre otras. Que las posibilidades sean iguales para todos y despues que Díos reparta suerte, pero sin olvidarnos que como connacionales y como humanos bebemos ayudar al mas debil; aun cuando esto ya vendrá después, ahora que cada uno corra su suerte por igual y entre todos hagamos camino —una inmensa autopista espiritual y material— hacia la meta que nos trace una empresa de todos que nos una como nunca lo estuvimos en el deseo de verla culminada y la ilusión de llevarla a cabo; y cosa muy importante que sea de todos y en la que no sean posibles excluidos ni excluyentes.

Si ello fuese así ya no asustarían a nadie ni originarían preocupaciones las ansias regionalistas, pues serían apoyadas por todos. De ser lastre para la nación y el Estado que la encarna pasarían a ser el motor que los llevara hacia adelante y los hiciese más grandes, más fuertes y sobre todo más justos y más nuestros, más de todos los que nacimos, vivimos, trabajarnos y esperamos descansar en su seno, cada cual en su parcela.

Qué maravillosa tarea para nuestros políticos y hombres de Estado y qué orgullo e íntima satisfacción al participar en !a labor que la haga factible y hacedera. Todos, sin confusionismos, sin trucos, siendo cada día más catalanes, más castellanos, andaluces, vascos, gallegos, extremeños, canarios, etc., laborar para sí sintiendo en lo hondo que ai propio tiempo laboran para los demás españoles.

Ahora que se vuelve a mirar hacia atrás, quizá seria el momento de cesar en la ceremonia de la confusión y recordar a los pioneros de la democracia sin apelativos: los Cambó, Besteiro, Prieto, el maestro Ortega y un largo etcétera que haría interminable la lista y que se sintieron peladnos de su terruño, pero solidarios con todas las españas que forman la España de hoy, de ayer y esperamos que la de siempre

Por Román DE SANTILLANA

 

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