Autor: INDONIO. 
 La política para las regiones. Cruz. 
 No multiplicar "Madrides"     
 
 Arriba.    20/10/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

NO MULTIPLICAR «MADRIDES»

Por INDONIO

UN político brillante ha dicho recientemente que España es la hipóstasis de sus regiones. Personalmente a mí me parece que esta conclusión es la que conlleva una mayor riqueza de enfoque y de posibilidades para el fenómeno regional en un contexto nacional. La prisa y la emoción son elementos extraños y perturbadores en los temas de organización política.

Las delicadas herramientas que han de manejarse se degradan con facilidad en un clima de urgencia radical, de emocionalidad y de confusión semántica. Los defectos que se tratan de señalar llevan a veces, en el modo de señalamiento, los mismos defectos que aparentemente se intentará corregir; desde una mentalidad unitaria centralista, la concepción regional no sería sino la articulación de una entidad intermedia al Estado en la misma forma operativa. Sería multiplicar el número de los Madrid existentes en el país; en último extremo se trataría de una disputa de influencias, de la reserva de un territorio exclusivo para las diferentes oligarquías.

NO cabe duda de que el despertar regionalista, que no es privativo de España, tiene su fundamento genérico en la insatisfacción respecto del tratamiento y la capacidad de autoexpresión de las personalidades regionales, la cultura, la idiosincrasia de la población y de sus instituciones, ante las que el unitarismo centralista se comporta de un modo romo y en excesivo simplista. Pero sería bueno convenir que el regionalismo no es exactamente la alternativa frente al centralismo, ya que éste puede darse a todos los niveles territoriales Es la alternativa al unitarismo.

En España no sería justo y no es históricamente cierto sostener que el regionalismo intenta superar la colonización efectuada por una región sobre las demás. Es preciso distinguir entre la utilización de lengua y temperamento de una región en la tarea de organización del Estado unitario y la prepotencia de esa región. Castilla no tiene ni ha tenido como tal entidad territorial privilegio alguno económico o político sobre las restantes regiones españolas; probablemente ha sido la primera y más dañada víctima del modelo centra-lizador y unitarista español, hasta el extremo de haber arriesgado gravemente su identidad.

EL resurgir regionalista se está presentando con adherencias que pueden conculcar y desvirtuar una de las más ricas opciones organizativas que nos ofrecen como comunidad política. Del modo en que se presente, pudiera muy bien suceder que sus devotos y sus antagonistas presten adhesión o rechacen el fenómeno por sus aspectos más epidérmicos y adjetivos, por la carga pasional, irracional e incrustada.

En un enfoque sereno y feraz del tema, el regionalismo debe plantearse desde perspectivas morales, políticas y prácticas. Desde el punto de vista moral, debe perfilarse como una opción positiva de solidaridad, no de reivindicación contra el Estado; incluyente y no excluyente, no como un particularismo de «apharteid», sino como la aportación específica de una personalidad diferenciada en la convocatoria de una tarea superior y diferente, tanto en el ámbito material como espiritual.

EN este sentido no hay lugar para la concepción de las entidades regionales como recinto de privilegio o convención con el Estado, sino que la organización de las colaboraciones regionales son consustanciales a la configuración final de España, como Patria común, Patria grande y organización política soberana.

En el plano político el regionalismo, debe contener una teoria de la organización politica nacional que supere por encima y por debajo la pura instancia regional para no caer en el riesgo cierto del tan detestado centralismo; o se trata de una filosofía política y social o el regionalismo no tendrá otro futuro que la intermitencia emocional, el actuar de semillero de agravios o constituir un factor de distorsión, pero no de construcción apto para dar respuestas reales a los problemas de los hombres reales. Esa filosofía no puede ser otra que la de la participación en y desde la identidad; participación en libertad y responsabilidad de los individuos en todas las instancias comunitarias, en las que se deciden sus Intereses humanos: el trabajo, la educación, el barrio, el municipio, la comarca, la provincia, la región, la nación. Y todo ello desde el temperamento y la cultura regional que les sea propia.

DESDE esta óptica, el federalismo adquiere unos perfiles pobres, remotos e inadecuados. Se trata de toda una articulación nueva y viva del individuo en la comunidad nacional, en donde la región ha de cobrar exactamente la medida de lo que puede dar como ente intermedio, en particular en, dos planos: político-administrativo y cultural. El regionalismo excede por consiguiente del interés más o menos acusado de las distintas regiones para convertirse, por su calidad de opción organizativa global, en un problema del máximo interés nacional. En el plano político, un sistema democrático conecta las aspiraciones regionales con los grandes partidos políticos que prefiguran las netas opciones nacionales. Sólo en el supuesto imposible de que los grandes partidos no tuvieran la sensibilidad necesaria para recoger con suficiente intensidad la problemática regional, podría pensarse en la necesidad de partidos regionales, cuyo programa característico fuese la afirmación de la personalidad regional. En el plano práctico y operativo debe considerarse que en cuanto modo de organización política de la nación necesita de una gran serenidad y ponderación pragmática; y principalmente de una robustez política rotunda en el plano nacional. En el inventario de urgencias españolas, la prioridad en asegurar la transición democrática como premisa de clarificación. Sólo en un sistema democrático asentado en la legalidad y en la aquiescencia de la población podrá encontrarse el vigor moral y material para hacer sentir el contundente peso de la ley en toda su dureza, para desarraigar la mala hiedra de la subversión que se enrosca en los ideales de las nuevas generaciones. En la medida en que la situación política se vaya despejando, podrá actuarse eficazmente en las órbitas económicas y sociales. La tercera fase en orden de urgencias será el pronunciamiento sobre la organización jurídica, política y administrativa del Estado en que se dé satisfacción a las regiones, pero, insisto, desde una concepción configuradora de toda la comunidad nacional.

EL tema regional no puede asumirse en la transición, sino una vez conocida la voluntad nacional en elecciones libres y plurales, y asegurado el normal funcionamiento de la vida política, económica y social de España. Mientras tanto, sería bueno convenir un catálogo mínimo de requerimientos para que el regionalismo nos salga bien. El primero, es que un clima de emocionalidad radical no conduce a nada positivo y sí a confundir y a exacerbar prevenciones y prejuicios. El segundo, que la dimensión propia del regionalismo es la Nación entera, no la región. El tercero, es que debe considerarse como fenómeno de Integración, no de disgregación;,de integración política, administrativa, económica y social. Hoy constituimos un Estado unitario mal integrado, mañana desearíamos constituir lo que podría denominarse Estado regional fuertemente integrado.

El cuarto requerimiento tiene carácter semántico. Se está utilizando un lenguaje que fue elaborado para aplicarse a Estados nacionales y a entidades supra-estatales y no a problemas y entidades infraestatales. Los conceptos Estado, Soberanía, federalismo, Nación, etcétera, no son aplicables al fenómeno regional en naciones que han conseguido una estructura unitaria. Precisamente el federalismo es un instrumento para la unificación y los países que se estructuran federalmente han ido, desde esta capital decisión política de unirse, afirmando y ratificando lo común constantemente. Por tratarse de un fenómeno político de índole, concepto y circunstancia diferente, las naciones unitarias que se plantean la necesidad de una profunda descentralización —Italia y Francia, por ejemplo— no hablan de federalismo, sino exactamente de regionalismo, es decir, el proceso inverso, proceso que naturalmente no toca a la soberanía del Estado que en el interior y en el exterior ni abdica de ella ni la menoscaba.

POR último, el regionalismo, que desde el punto de vista político es un fenómeno enteramente nuevo y en fase de exploración, es poco doctrinario. Se apoya mucho más en lo posible, lo útil, lo gradual, lo eficaz, porque tiene que servir tanto a los intereses del Estado como a los del individuo.

Miércoles 20 octubre 1976

Arriba 7

 

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