Estado regional     
 
 Diario 16.    22/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

estado regional

Suarez acaba de superar uno de los tabus del franquismo. El anuncio de un estatuto para Cataluña viene a ser como la reanudación de una historia que la dictadura congeló a sangre y fuego. La visión simplista que ha caracterizado a estos cuarenta años intentó convencernos a los españoles de que todos nuestros males provenían de la masonería y del comunismo. Y por lo que hace a la problemática regional el espantajo del separatismo sirvió para justificar una sistemática persecución de las culturas no castellanas y para proseguir una política de uniformización centralista.

Cataluña con el País Vasco han sido las víctimas más sañudamente reprimidas y a la vista están los frutos de semejante ceguera. La famosa "unidad de los hombres y de las tierras de España", una de las muletillas preferidas de Franco, sólo ha servido para ahondar unas heridas e incrementar las situaciones de conflictividad. Que ahora haya que volver a hablar de temas que habían sido resueltos a principios de este siglo como la creación de una mancomunidad de las diputaciones catalanas o que se concluya la necesidad de un estatuto o la cooficialidad del catalán es una muestra del lamentable tiempo perdido. Ahí radica uno de los mayores baldones del franquismo. Este conjunto de pueblos que es España sale de la dictadura maltrecho y dolorido. Nada se ha hecho por fortalecer la unidad en la diversidad y sí mucho para fomentar los resentimientos y la insolidaridad.

Las medidas anunciadas por el presidente del Gobierno suponen sólo un primer paso. La cuestión regional debe ser uno de los problemas básicos que se discutan en las próximas Cortes y su regulación uno de los temas fundamentales de la futura Constitución. Partir del precedente que supone la II República es una postura adecuada. Aunque las especiales circunstancias de aquel periodo lucieron que fracasara el intento, allí se contenían los elementos para una solución original a mitad de camino entre el Estado unitario y el federal. El defecto más notable del sistema de estatutos regionales de la II República fue su aplicación a sólo ciertas regiones, mientras que las demás seguían regidas por el derecho común centralista. La República italiana se ha inspirado en este precedente español, pero su Constitución establece su vigencia en todas las regiones sin excepción.

Aunque también allí se prevé que las regiones con peculiaridades culturales o lingüísticas tendrán un estatuto especial. Valdría la pena explorar la vía y estudiar la conveniencia para España de una solución similar. Se constituye así un auténtico Estado regional que asigna a las regiones, dotadas de órganos políticos elegidos por sus pueblos, una serie de competencias reservando al Estado otras funciones especialmente las clásicas de diplomacia y asuntos exteriores.

En un país como el nuestro, la democracia, en cuanto gobierno del pueblo por el pueblo, exige la autonomía de las diversas comunidades que lo forman. Las regiones deben ser autónomas respecto del Estado. Pero también lo deben ser las provincias respecto de la región y las comarcas o municipios respecto de la provincia. No se trata de sustituir un tipo de centralismo por otro sino de darle al pueblo la dirección y el control de sus asuntos.

 

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