Autor: Ortega Rosales, Pablo. 
   Las autonomías y los pucheros     
 
 Informaciones.    03/01/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 17. 

LAS AUTONOMÍAS Y LOS PUCHEROS

Por Pablo OKTEGA ROSALES

SE ha producido de pronto el afloramiento explosivo del tema de las autonomías. El hecho es, por lo menos, un poco sorprendente. Hasta hace muy poco, en efecto, ni siquiera la mera expresión tenia vigencia activa y reivindicatoría en el ámbito popular, con la excepción, claro es, de las regiones -problema. Había, eso sí, las lógicas reticencias frente a un centralismo presuntamente ventosa y, en algunos casos, una creciente y comprensible repulsa de las diferencias de renta y «status» social entre las diversas regiones españolas.

Se señala el fenómeno sin el menor partidismo, simplemente porque importa bastante interrogarse en cuanto al grado de autenticidad radical de lo que ahora está pasando. Sería, en efecto, lamentable que siguiéramos los españoles empecinados en el puro ejercicio," porque si, de lo falso, al hilo de las resonancias emocionales •—quizá superficialmente emocionales— de unas palabras cuyo contenido concreto y grado de enraizamiento efectivo están por ver, al menos en algunos casos.

Es posible que las manifestaciones multitudinarias de los primeros días de diciembre signifiquen algo, o incluso mucho, al respecto, pero no convendría, por ahora, elevar a la categoría de ecuación la simple aritmética circunstancial de las masas. Si a alguien le parece estridente la afirmación, que piense en otras masas también multitudinarias y nada lejanas, más bien de distinto signo.

Dejemos, sin embargo, la preocupante perspectiva de la autenticidad de la ola vigente y adentrémonos un poco en el fondo de las cosas.

¿En qué consiste la autonomía? A un primer nivel, el de los principios elementales, la respuesta parece clara. La autonomía consiste, lisa y llanamente, en la capacidad de disposición de uno mismo sin más condicionamientos que aquellos que también uno mismo se autoimparta.

Difícilmente podrá rebatirse la justificación ética y política del enunciado. Pero no se ha resuelto, con ello, el problema. No ha hecho, por el contrario, más que comenzar, en la doble perspectiva de lo político y lo económico.

Desde el primer punto de vista, permítase sólo una "leve y humilde tangencia a tan enjundioso problema. Enjundioso y potencialmente dramático para España.

Las comunidades históricas vigentes tienen a sus espaldas una amplia trayectoria común derivada de la nunca fácil conjunción de dos factores vitales: el núcleo diferencial, dado por la personalidad propia de cada grupo sociolólógico, de raíz o concreción geográfica, y la proyección trascendente de esa personalidad —en cierto modo su sacrificio parcial más o menos consciente, pero deseado— en aras de un obejtivo superior aceptado. Eso es una nación, y eso es, o ha sido hasta ahora, España.

De lo que se trata es de saber si va a seguir siéndolo. Se trata, en una palabra, de indagar el grado en que ese disponer de uno mismo que constituye la esencia última de las pretensiones autonomistas de los españoles de 1977 puede erosionar, o no, el proyecto común, los autocondicionamientos de la propia identidad que lo han posibilitado históricamente.

Nada de respuestas personales apresuradas. No serían demasiado lícitas. Quizá lo sea, en cambio, el traspaso del problema a quienes algo tendrán que decir. No estaría de más que don Julián Marías, la mente posiblemente más serena y responsable de la España actual, nos explicara en voz alta y pormenorizada el porqué de su reciente opinión en cuanto a la peligrosa disgregación de España a la que, según él, estamos abocados. Permítase, con todo respeto, el emplazamiento, porque hay hombres que no tienen derecho a dejar a la intemperie a los demás.

Vayamos ahora a lo económico. Hasta el momento ha quedado el toro en suerte en el inaprehensible terreno de las grandes interrogantes históricas. Se trata, a partir de este punto, de analizar el cómo de los pucheros que van a hacer de las autonomías principio, realidades efectivas, viables. Estamos, claro es, ante la fúnebre economía, tozuda aguafiestas de todos los romanticismos.

Se ha dicho que en el origen de las pretensiones autonómicas actuales hay también una conciencia en carne viva en cuanto a diferencias de renta y «status» —cultura, calidad de vida— Hay que apresurarse, sin embargo, a decir que no en todos los casos. Sería falso, y seguramente un poco crispante para bastantes españoles, afirmar que Cataluña y Vizcaya pueden ejercer razonablemente demasiadas reivindicaciones en lo económico. En ellas, parece estar clara, pues, la primacía de lo político sobre las consideraciones materiales, en la gestación y ejercicio creciente de sus personalismos. Siempre cabría, claro es, aducir un hipotético «lucrumcesans» derivado de la unidad española, pero eso sería otra cosa, quizá rebatible además con cierta justificación documental histórica.

Quedémonos, pues, con las regiones que de verdad sustentan una realidad económica diferencial negativa. Quedémonos con las regiones pobres.

Importa mucho, en este punto, situar las cosas con algu-

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(Viene de la pág. anterior.)

na claridad. Si se lleva el análisis al terreno de los orígenes últimos de la pobreza, posiblemente se sustituya la claridad por el apasionamiento. Cabría un abanico de diagnósticos encontrados, mutuamente responsabilizadores y acusatorios: desde la imputación del atraso a la succión de un centralismo egoísta y disgregador, basta la polamiente opuesta, apoyada en el trío análisis doctrinal de las causas primeras del subdesarrollo.

No se trata de eso. Se trata de que las cosas son en 1977 como son, y de saber donde están las soluciones.

El problema es, escuetamente, nada menos que este: ¿Pueden las autonomías, entendidas en el sentido pretendido —al parecer, el protagonismo exclusivo de cada región— llevar adelante la tarea que sus líderes han enarbolado como bandera? Más claramente, aunque moleste un poco: ¿Pueden Andalucía, Extremadura, Galicia, levantarse por sí mismas, desde el hoy?

Tampoco aquí es fácil la respuesta, aunque quepa esbozarla desde ana perspectiva personal. El desarrollo económico es la resultante, básicamente, del ahorro y la inversión. Hay, por supuesta, muchos otros factores primarios, incluso en el terreno de lo sociológico, que están antes que ellos y los explican, pero esos son los inmediatos.

Limitémoso al ahorro. ¿Sería alguien capaz de asegurar que la actual capacidad de ahorro de las regiones españolas desfavorecidas se bastará para su despegue económico? La verdad es que no lo parece. Esas regiones necesitarán de la ayuda exterior para superar, a largo plazo, su actual desfase. ¿De dónde lo obtendrán, sin embargo, si España se decanta en una serie de compartimentos, empeñados, cada uno, en mirarse el ombligo? Esa es, precisamente, la cuestión.

A lo mejor resulta que lo que esas regiones necesitan precisamente es un Estado auténticamente nacional, fuerte y solidario. La conclusión es bastante contracorriente y conviene decirla, por tanto, en voz muy baja. No está reñida, sin embargo, con un concepto de la autonomía surgido de lo que se puede hacer, no de otra cosa.

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