Autor: Rubio, Francisco. 
   Madrid, ¿distrito federal?/I     
 
 Diario 16.    18/01/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Madrid, ¿distrito federal?

Acostumbrados como estamos a VEZ convertirse en tragedia sangrienta lo que en otros países del viejo continente europeo apenas pasa de conflicto cortés, es flaco consuelo el saber que también en Francia o Italia, en Bélgica o la Gran Bretaña se vive actualmente en tensión entre el Estado unitario y El Estado compuesto.

Por muchos que sean los paralelismos que al respecto se dan entre esos países y España, es aquí y no allí en donde la cuestión puede enconarse y hacerse insoluble. Con un poco de mala suerte corremos el riesgo de que, dentro de algunos años, aquella fórmula pueril de "Por el Imperto hacia Dios", con la que durante mucho tiempo se cerraban las comunicaciones oficiales, sea sustituida por la de "Dios y Federación", que todavía emplea hoy un país hispanoamericano atrozmente centralizado, o de que, por ejemplo, la radio y la televisión cierren sus espacios informativos con la bella fórmula con la que, en lugar del "Ave María Purísima" tradicional, daban las horas tos serenos en Argentina al término de sus guerras federales: "Mueran los crueles, salvajes, inmundos unitarios."

Es claro que el riesgo no viene sólo de nuestros federales, sino también, con la misma fuerza por lo menos, de nuestros unitarios, y que, en cuanto al fondo de la cuestión, las razones de aquéllos no son en modo alguno inferiores a las de éstos, e incluso claramente superiores en la medida que apuntan a la sustitución de una estructura estatal absurdamente unitaria y centralizada. Lo que los iguala es la pasión, y ésa, esteticismos aparte, es mala consejera en un mundo despersonalizado y prosaico como el de la política.

Estado español

Yo puedo imaginar sin gran esfuerzo la indignación y hasta el odio que en los catalanes o los vascos despertarían los esfuerzos por desarraigar sus lenguas y castellanizar sus nombres, pero tampoco necesito gran esfuerzo para palpar la dolorosa sorpresa que en muchos españoles suscita el intento de hacer de España un nombre impronunciable que forzosa y grotescamente hay que sustituir por la expresión de "Estado español" so pena de ser tenido por centralista furibundo y reaccionará. Sobre todo, cuando se trata de españoles que quizá no regatearon esfuerzos y sacrificios para oponerse al régimen franquista y que no acaban de entender la asimilación que frecuentemente se establece entre ese régimen y Madrid, precisamente Madrid, la ciudad que durante tres años de guerra fue en todo el mundo el símbolo de la resistencia a Franco y la última en rendírmele.

En este caso, como en otros muchos, parecen condenadas a pagar ios vidrios rotos por la dictadura quienes ninguna responsabilidad tienen en esa rotura y muchas veces fueron los primeros en sufrirla. Es explicable y plausible que todos los partidos de la oposición democrática abominen ahora del Estado unitario y opten por el Estado compuesto, pero no es tan seguro que tenga explicación o merezca aplauso el que una buena parte de ellos se sientan obligados además, para no dejar dudas sobre su antifranquísmo radical, a enarbolar la solución federal como si ésta fuera la única posible y la única compatible con la democracia. El problema tal vez más difícil con el que se encontrarán los redactores de la Constitución que nos urge es el de la forma del Estado, y una manera segura de no resolverlo y estrellarse es el de abordarlo con una fórmula convertida ya de antemano en mito intocable.

El problema de la forma que para el futuro ha de darse al Estado no es simple, pero tampoco tan complejo como se pretende. Lo primero que ha de hacerse es plantearlo sin pasión, aunque tomando como datos las pasiones que engendra. Porque estas pasiones son, en definitiva, el dato fundamental.

(Mañana se publicara en esta pagina un segundo articulo de nuestro colaborador Francisco Rubio Llorente sobre este mismo tema.

Francisco Rubio

 

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