Autor: Rubio, Francisco. 
   Madrid, ¿distrito federal?/II     
 
 Diario 16.    19/01/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Miércoles 19-enero 77/DIARIO 16

Madrid, ¿distrito federal?

(II)

Francisco Rubio

ES poco menos que inútil acudir a la historia para desenterrar viejas intimidades, reivindicar viejos fuegos a vengar viejisimos desafueros En la historia pueden encontrarse argumentos para todos los gustos. Como en la economía. El argumento que sostiene que el régimen que ahora fenece ha explotado a las regiones ricas porque el gasto público que en ellas se ha hecho es inferior, a la suma de impuestos que en ellas se han recaudado es tan absurdo como el que, en sentido contrario, acusa a estas regiones de haber explotado a las más pobres, porque es de éstas hacia aquéllas adonde han ido los capitales y la mano de obra.

El único dato firme es el de que, dentro dé España, que ha sido siempre una realidad plurinacional en la que siempre ha fracasado la forma, hoy ya en todas partes caduca, del Estado-nación, hay naciones que no están dispuestas a soportar por más tiempo este vano intento y reclaman para sí un amplio ámbito de autodeterminación. La coexistencia de estas naciones, entre las que figuran las más ricas y desarrolladas del país, con la nación castellana, con la que las clases dominantes han pretendido identificar durante siglos a España toda y su estructura política, él Estado español, sólo parece posible mediante la adecuación de este Estado a la realidad social subyacente, es decir, mediante la transformación del Estado unitario, seuaocastellano y seudoespañol, que hasta ahora hemos padecido, en un Estado compuesto; un Estado en el que figuren como partes diferenciadas, con perfil propio y autonomía, las diversas naciones que en realidad lo componen.

Un Estado compuesto

Si se acepta este planteamiento, el problema puede ser abordado, en alguna medida, con criterios puramente técnicos, de eficacia; como búsqueda de la fórmula adecuada, sin prejuicios y sin pasión.

Esta fórmula ha de. buscarse, claro está, entre las que el derecho comparado ofrece, ajusfándola a nuestras propias necesidades, y las que ofrece son sólo dos, la del Estado federal y la del Estado regional. Prescindiendo de las teorías dogmáticas y construyendo sólo a partir de la realidad contemporánea, la diferencia entre ambas no está en el mayor o menor grado de autonomía que una u otra forma de Estado compuesto conceda a las entidades políticas que lo integran, sino en la forma de concebir y delimitar

estas unidades. La autonomía de que gozan las regiones italianas no es menor, sino mucho mayor, que la que disfrutan los Estados que integran Venezuela o Méjico. En estos países, sin embargo, la aplicación del modelo federal oblíga a dar a todos los Estados un tratamiento idéntico, en tanto que en ítalia el modelo regional permite (además, por supuesto, de la descentralización administrativa) modular la autonomía política de las distintas regiones para ajustaría al verdadero perfil político de cada región. Dicho en otros términos: salvo la solución soviética, que no es modélica, el federalismo implica la aplicación a todo el territorio del Estado de un sistema uniforme; el regionalismo, por el contrario, es compatible con la diversidad.

Pese al descubrimiento, alentado por personajes y persona julos de toda laya, cuyas intenciones son meridianas y nada respetables, de un insospechado caudal de vocaciones autonómicas sobre nuestra vieja piel de loro, yo no veo, honradamente, un Estado federado castellano, junto a otro leonés, otro extremeño, otro murciano y otro andaluz (además, por supuesto, del catalán, vasco, gallego, etc., que sí son posibles) girando en torno de un Madrid, distrito federal, sede de las instituciones federales y más indispensable que nunca.

Es cierto que, como muy autorizadamente se ha dicho, el sistema adoptado por la Constitución de la ir República hizo que las autonomías regionales, tan parcamente concedidas, fueran consideradas en el resto de España como privilegios difícilmente tolerables y que es necesario en nuestra futura Constitución salvar ese escollo. Pero el hecho de que el regionalismo suponga diversidad frente al uniformismo federalista no implica, en modo alguno, que el esquema regional no pueda y deba ser generalizado.

España está compuesta de regiones, además de naciones distintas, y sería artificial y nocivo ignorarlo a la hora de configurar el Estado. Pero igual de artificial y nocivo sería pretender dar un tratamiento igual a lo que es diferente.

 

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