Autor: Fuster i Ortells, Joan. 
   La solución, mañana     
 
 Informaciones.    01/03/1977.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LA SOLUCIÓN, MAÑANA

Por Joan FÜSTER

Ya lo están viendo ustedes: aquí todo el mundo -o casi— está dispuesto a resolver de un modo u otro el llamado «problema regional». No hay programa de partido que no haga sus promesas. En sus discursos, en sus conferencias de Prensa, en sus manifiestos, Los políticos de cualquier pelaje aluden siempre, y siempre afablemente, al asunto. ¿Y qué periódico, no publica de vez en cuando un editorial «comprensivo», invocando los venerables conceptos de «unidad» y «variedad», tan útiles para el caso?

Hasta el mismísimo Gobierno, con las cautelas propias de su situación, ha hecho ciertas insinuaciones sonrientes... Los ´futuros beneficiarios de tanta condescendencia estamos bastante sorprendidos. ¡Quién lo iba a decir! Habituados a la reívindicación sin eco, a las sanciones y les vetos más amargos, a la indiferencia cerrada, este repentino alud de simpatía nos deja literalmente perplejos como a menuda las ofertas proceden de gentes o de tinglados que se habían caracterizado por la hostilidad sistemática, par el desdén o por la ignorancia del drama, es logice que miremos el espectáculo con desconfianza. Con desconfianza y con no poca sorna, además.

Uno de los aspectos del episodio, el de la terminología, ya merece, de entrada, serias aprensiones. Resulta escandaloso el desembarazo con que vamos y otros emplean palabras cuyo rigor «jurídico» debería ser sostenido como premisa. Al fin y al cabo, la política —toda politica— es una cuestión de «leyes», y en este terreno, llegado el momento de las realizaciones, la chachara voluble del mitin o el oportunismo de una proclama o de un pacto no sirven de nada. Y si han de servir de algo, seré hasta las últimas consecuencias. Sospecho Que una gran cantidad de «hombres públicos» que circulan por ahí emplean un vocabulario más bien aproximativo, un pato al tuntún. Quizá convendría exigirles un aprobado —por lo menos— en Derecho Político.

No sé La verdad es que muchos de ellos son abogados, pero no se nota. Incluso algunos son o han sido catedráticos de Derecho Político precisamente, y tampoco parece que su obvia sabiduría en e] ramo haya influido demasiado en las expresiones de sus seguidores. Y no es qué uno, observador de la peripecia, sea quisquilloso en los detalles, no; se trata de cosas tan delicadas como importantes.

Hasta cierto punto, desde luego, cabría pasar por alto las conceptuáciones básicas. Sólo «hasta cierto punto», naturalmente. En el fondo, sobre ellas —repito; básicas— tendría que descansar el montaje entero de una solución constitucional respetable. Pienso ahora en el truquito expeditivo que la oposición ha adoptado como fórmula para salir del paso: «las nacionalidades y las regiones». Los otros zanjan la dificultad reduciéndolo todo a «regiones». Me temo que el encono social a que me estoy refiriendo no hallará remedio mientras no se empiece por aclarar esa distinción entre «nacionalidad» y «región». Porque no son idénticas las demandas en un caso y en otro, ni iguales pueden ser las respuestas.

La abundancia de «regiónalistas» que hoy sufrimos será mañana una pesada remora para liquidar el embrollo: ya lo vera quien lo vea... Sea como sea, aún podemos poner entre paréntesis, con los riesgos apuntados, esa jovial confusión de «nacionalidades» y «regiones». Para no discutir. ¿Qué es una «nación»? Hay definiciones para todos los gustos...

Pero la discusión sería tonta cuando entran en juego términos de Derecho Político menos teóricos o especulativos. Pienso, por ejemplo, en «autodeterminación» y en «federalismo». Lo de la «autodeterminación» va de capa caída, por supuesto.

Todavía aguantan la bandera algunos grupúsculos radicales, que finalmente serán perdonados, porque no saben lo que se hacen. ¡Pues no es nada eso de la «autodeterminación»! Supondría una crisis de Estado tan profunda, que el mismo Estado podría desaparecer, y esa eventualidad pertenece a las áreas más líricas de la Utopía. Personalmente, no estoy en contra: que conste. Ni tampoco a favor, en las actuales circunstancias. Cualquier convocatoria a la «autodeterminación», plebiscitaria y actual, confirmaría el arcaico armatoste centralista y nacionalitario. ¿O no?.»

Eso aparte, muchos de los señores que han hablado de «autodeterminación», «asi todos, se saltaban a la torera la realidad más inmediata. Lo más probable es que no se daban cuenta de lo que quería decir «autodeterminación». La palabreja tenía, sin duda, gozosas resonancias demagógicas. El irrealismo absoluto del planteamiento colocaba a sus promotores en pleno limbo... Si es que no había una alevosa malicia en sugerir una "autodeterminación» que confirmaría el «statu quo», ¡alto!

En cuanto al «federalismo», la cosa na. es menos espeluznante. O lo es más,. porque, según lo que se ve, la propuesta «federal» viene postulada por los partidos demócratas de fachada mayoritaria, real o presunta. En la propaganda de los demócratacristianos, si no me equivoco, funciona el espejuelo «federal». El Partido Comunista Español, el Partido Socialista Obrero Español, el Partido Socialista´ Popular y el Partido del Trabajo coinciden enbrindarnos una «República Federal».

Los carlistas de don Hugo Carlos también hablan de ¿federación». Mucho «federalismo» es, ¡caramba! Demasiado. Hay razones solidas para suponer que estos" federales» precipitados no tienen ni idea de lo que implicaría la sustitución del Estado unitario vigente por cualquier hipótesis verdaderamente federal.

La falta de imaginación en los políticos es peligrosa. Mejor dicho: en esta circunstancia lo seria. Pero no que alarmarse. Nadie corre ningún peligro: no habrá tal «federación». En parte, porque resulta improbable —los «poderes tácticos», empezando por los escalafones administrativos, se opondrían—, y en parte, en mayor parte, porque los «federalistas» improvisados de que hablo tienen un significativo miedo a que el pueblo desee «conscientemente» federarse.

Por lo demás, estas suntuosas afirmaciones «federalistas» podrían encontrar su piedra de toque, cuando un día unas «Cortes constituyentes» se pongan a legislar. Si hay suerte, asistiremos a la payasada (lo de «si hay suerte», equivale a «si no nos hemos muerto antes»): asistiremos a la grotesca desnudez de la «verdad». Toda la fauna improvisadamente «federalista» se confabulará para retajar al mínimo las ya en principio miserables reclamaciones de «autonomía». Las «autonomías regionales» son módicas concesiones del Estado unitario, y «ellos» harán lo posible para que sean insignificantes.

Ese «federalismo» de derechas y de izquierdas es ya papel mojado antes de llegar a ser papel. Y las mediocres «autonomías» anunciadas, ¿qué acabarán siendo?... Una risa. Un simulacro de descentralización, si a mucho alcanzan.´ Lo de las «nacionalidades» seguirá en pie. Con sus agrias emergencias previsibles. El dichoso «problema regional», con estos fantasmagóricos proyectos de que hablan los políticos, no dejará de ser un cáncer. Y Taiga la metáfora.

 

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