Autor: Martínez Bande, José Manuel. 
   Banderas     
 
 ABC.    05/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

BANDERAS

DE vez en cuando, y entra otras de vario significado, aparece acá o allá, en Esparta, alguna bandera republicana.

Borrosamente recordamos las que vimos por primera vez, alrededor del 14 de abril de 1931. No éramos ni somos alérgicos a ningún color y oreemos recordar que la nueva ensaña ni nos gustó ni nos disgustó: sencillamente, la encontramos extraña y como extranjera, nada roas.

Luego los sentimientos cambiaron, porque las banderas, como todas tas cosas humildes e impersonales, acaban teniendo alma; es decir, reciben el alma que nosotros les damos, según son los acontecimientos que ocurren en tomo nuestro y que tales insignias símbolizan,

Si España, durante la segunda República, hubiese caminado por senderos de paz, progreso y Justicia es probable que la bandera roja, gualda y morada hubiese terminado siendo querida por los españoles, con pocas excepciones; pero no ocurrió eso.

La bandera tricolor —percalina sin trascendencia alguna en sí— se impregnó de la suerte republicana y ella no tuvo la culpa de desimbolizar un triste periodo de nuestra Historia. Pudo haber ido a América con las naves de Colón o los hombres de Pizarro, o sitiar y vencer en Breda, o morir dignamente en Rocroy, o alzarse en las murallas de Zaragoza o Gerona frente a los trancases.

Pero le tocó contemplar incendios y destrucciones, estar en Castilblanco o Casas Viejas, ver sangre en el asfalto y en las aceras, fuego en las cosechas recogidas, y al final cumpliendo su postrer y triste destino", señalar, como una flecha indicadora, la dirección inevitable de la gran tragedia. ¿Tendríamos de ella igual recuerdo si la hubiéramos visto .flameando sobre 1a redención de míseras comarcas, o hubiese estado en la colocación de la primera piedra de un gran embalse o en la bendición de una nueva fábrica, donde encontraran trabajo muchos hombres sin jornal? La bandera republicana no tuvo suerte.

En octubre de 1934 se perdieron las últimas esperanzas y ese médico infalible que es si tiempo diagnosticó el próximo final. Pronto aquel ser sensible comenzó su postrera agonía: fue un 16 de febrero de 1936.

A partir de entonces, día tras día se va arriando la bandera republicana, sin que apenas nadie toque su asta o tire del cordón. Encontrar fechas — innumerables fachas siniestras— no es difícil. Se agolpan, cabalgan unas sobra otras.

Asi, la del 16 de abril, cuando el diario barcelonés «Solidaridad Obrera» exije la extinción inmediata de la sociedad española. «El Estado —se dice allí— ha de desaparecer. En su lugar ha de nacer, con un empuja volcánico, la Comuna libre.» Las voces comunistas pedirán también )a total destrucción social, bien que con otros objetivos.

Pero los socialistas no querrán ser menos, frente a unos y otros y aun entre sí, cuando sus grupos rivales se embistan a tiros. Un hembra del P. S. O. E. de entonces, Gabriel Mario de Coca, escribirá: «El viejo Partido Socialista ha muerto, con sus glorías incorruptibles. El Partido Comunista es hoy un derroche de ponderación al lado de la vibración calenturienta de esas masas surgidas inesperada y precipitadamente a las convicciones lenilistas de revolución y dictadura.»

¿Y los republicanos, qué dicen los republicanos? Sus palabras son pronunciadas como la oración laica de un entierro civil. Así, cuando don Miguel de Unamuño

panorama español No, hay sino barbarie.

zafiedad, sociedad, malos instintos». O cuando Sánchez Roman pida, casi lacrimoso. «salvar al país y a la República.» O bien, al Lamentarse el archidemócrata Marcelino Domingo el que La República sea vista en el extranjero "como un régimen interino e inestable».

O el difuminado y acomodaticio Ossorio y Gallardo diagnostique que «ni el Gobierno, ni el Parlamento, ni el Frente Popular significan en España nada». O incluso cuando el presidente de las Cortes, el segundo personaje del régimen, Martínez Barrio, diga, nada menos que esto: «Un pueblo puede vivir, por desgracia, en situaciones económicas de franca interioridad y soportar con fe su infortunio, pensando en el mañana esplendoroso; lo que no puede es vivir en el estado de constante insurrección». ¿Qué eran todas esas voces sino el tañido de campanas que tocaban a muerto? La bandera de la República se arriaba así, caía entre sangre y dolor, pero sin belleza, porque no se creía ni en la Patria ni en la eternidad.

Una madrugada de julio vimos por las calles de Burgos otra bandera, casi inédita para nosotros, por razón de te edad. Y ya la acompañamos un día y otro, fatalmente unida a la suerte de la tierra y de los hombres que con nosotros iban. La contemplamos en el pecho de cualquiera, cuya vida podia durar apenas unos minutos, o a la puerta de una miserable ´paridera o corraliza, donde se alojaba un puesto de mando. Pero sobre todo la vimos unida, como la sombra al cuerpo, a la silueta de quien marchaba por caminos estrechos de montaña o por resecos campos yermos, al frente de una fila de soldados, flaqueados por la sombra de la muerte posible y probable.

Del abanderado no se ha hablado apenas, pese a ser el símbolo máximo de un Ejército en lucha mortal. En la larga, angustiosa y terrible batalla del Ebro, aquel general se incomoda, porque sus fuerzas no progresan. «¿Dónde está el abanderado? No le veo avanzar», grita. Al poco un enlace de primera línea le comunica que el abanderado no avanza porque nada más intentarlo ha sido abatido por una ametralladora oculta, a la que no hay forma de neutralizar: y además que con éste son cuatro los abanderados que han caído.

Durante cerca de mil dias la bandera roja y gualda cruza caminos y montañas, se llena de polvo y barro, y se desgaja como un cuerpo humano cuando una granada enemiga estalla próxima. Hay momentos en que la bandera es apenas visible, rota, sucia, mutilada, cual un veterano, de pecho lleno de cruces y cuerpo dé cicatrices, que en la bandera son manchas secas de sangre de abanderados.

Muchas han pasado a los museos y allí están, en su lugar de descanso, quizá recordando. Algunas se perdieron sin saber cómo, porque el hombre olvida muchas veces a los seres queridos que vivieron junto a uno para el dolor y la alegría, sin que por eso .pueda echársele en cara ingratitud alguna, que no somos ni perfectos ni excesivamente Inteligentes.

Y perdón por tanta nostalgia.

Sí, ya sé que en la guerra hubo otras banderas y nadie que sea bien nacido pueda despreciar al que, aun siendo enemigo, es capaz de morir por una idea o ideal, pero la bandera republicana, concretamente, está unida para mí a un pasado insoportable, muy distinto —se píense como se piense— del que hemos contemplado tras el final de aquella lucha que duró casi tres años, tiempo que hay que continuar a toda costa, porque vivir es avanzar sin dejar de ser, frente al tiempo que nos trae cada día un aire distinto. No hay razón para que la insignia roja, amarilla y morada se exhiba y se reclame, salvo que se quiera volver a una suerte da vivencia en que sigan cayendo a racimos los abanderados.

Perdón otra vez. Cada cual tiene su vida y sus recuerdos: yo tengo los míos.

José Manuel MARTÍNEZ BANDE

"La bandera tricolor —percalina sin trascendencia alguna en sí— se Impregnó de la suerte republicana y ella no tuvo la culpa de simbolizar un triste período de nuestra historia" (En la Imagen, un aspecto de la madrileña calle de Alcalá el 14 de abril de 1931.)

 

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