Autor: Sánchez Carrasco, Carlos. 
   Al campo lo que es del campo     
 
 Ya.    16/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Más sobre los jóvenes agricultores

Pilar NARVION

LAS cartas que me ha proporcionado mi artículo sobre los jóvenes agricultores, en el que hacía alusión al

fenómeno de la vuelta a la tierra en el Medio Oeste americano, me mueven a volver sobre el tema en esta

época de incremento tan duro del paro en España, de mudo especial en zonas inicialmente agrícolas como

Andalucía, Extremadura y Canarias.

* Recuerdo un lance que viví en el hotel Ritz, de París, donde me había invitado o un coctel-coloquio el

barón Rothschild, el banquero francés, dado en honor de otro gran banquero, español. La reunión tenia

por objeto presentar ante un grupo de banqueros galos las ventajas de la inversión de capitales en España

- eran los años sesenta del desarrollo -, a través de una entidad bancaria dominada por los dos caballeros e

n cuestión. Se habló de todo tipo de industrias, se explicaron las ventajas fiscales, se hizo un canto a la

comodidad de nuestras leyes fiscales, y uno de de los banqueros invitados preguntó por las posibilidades

de inversión en agricultura. Inmediatamente le hicieron desistir de la idea, que, los protagonistas del

coloquio, consideraron una inversión muy poco rentable.

* Posiblemente este es uno de los grandes problemas que arrastramos. Envenenados por los programas de

desarrollo industrial, hemos echado toda la casa por la ventana en ese sector, y tras de las inversiones

industriales en las grandes zonas fabriles del país, se han ido los hombres del campo, los capitales del

campo, las iniciativas del campo, el progreso del campo, el bienestar del campo, y así hasta ciento.

* Había que invertir en rentabilidad, a nadie le pasó por la cabeza invertir en hombres, en los hombres, en

la calidad de la vida de los hombres que de su medio ambiente, su familia, su tierra, sus costumbres, y sus

querencias, se les arrancó hacia unas ciudades dormitorio inhóspitas, duras, inhumanas, y se les convirtió

en un consumidor juguete de la sociedad de consumo, dispuesto a dejarse la piel en horas y más horas

extraordinarias rentables para su patrón, y con cuyo producto consumía bienes que la publicidad y el

patrón le metían por los ojos.

* Entre tanto, un país tradicionalmente agrícola rebanaba sus capitales y sus hombres en honor de su in-

dustria, y se convertía en la décima potencia industrial del mundo, o lo que es lo mismo, en una estatua

con pies de barro, que al primer tropezón amenaza con venirse abajo. Como no invertimos en los

hombres, por considerarlo poco rentable, ahora serán los hombres los que paguen esa imprevisión.

* La lectura de las importaciones del sector agrícola correspondientes al primer semestre de 1977 meten

el dedo en la llaga. Hemos importado por 3.167 millones de pesetas en carnes frescas refrigeradas o

congeladas, 1.543 en leche y crema. 13.368 en maíz, 3.584 en azúcar, dera en bruto, 5.981 en pasta 4.480

en café, 19.826 en semillas oleaginosas, 4.669 en made madera. 2.637 en lana, 6.445 en algodón, etc.

¿Nada de esto podía haberse producido en España con una inversión apropiada en la agricultura?

Imaginemos que como decía el barón de Rothschild y sus amigos, no tenía esta inversión una gran

rentabilidad económica; pero la hubiese tenido humana, hubiésemos desarraigado muchos menos

hombres de su medio natural, hubiésemos contribuido a hacer un poco menos monstruosas nuestras duda

des satélites y, seguramente, con otras políticas agrícolas, otro panorama existiría hoy en esas grandes

regiones agrícolas, donde el problema del paro es ya tan grave. Bien es verdad que, si en los últimos

cuarenta años, se puede citar más de un buen ministro de Asuntos Exteriores, de Hacienda, de Comercia,

de Industria o de Obras Públicas, creo que sería difícil citar a un gran ministro de Agricultura.

* Como contaba en mi artículo anterior, en esa historia de la familia Koll, de Siux-City, que no solamente

ha dejado de emigrar, sino que comienza a presentar el fenómeno de la generación actual de hijos

procedentes y nacidos en los cascos industriales que han vuelto a la tierra; esto ha sido posible porque la

vida del granjero americano es más envidiable que la de su primo el de la industria del metal o del

petróleo. Su granja tiene más comodidades, aunque solo sea por razones de espacio, que el apartamento

de la ciudad, el teléfono y la televisión le tienen en comunicación con el mundo y el automóvil le pone la

ciudad y sus pretendidos encantos al alcance para disfrutar de teatro, la discoteca, el restaurante o el

concierto precisamente en los mismos fines de semana que el urbano trata de pasar en el campo.

* ¿Será tan inalcanzable una política agrícola que fije a nuestros jóvenes agricultores en el campo? Los

jóvenes agricultores del Medio Oeste me decían que «es en el campo donde realmente se vive en hombre

libre» esa libertad que buscan sin brújula tantos jóvenes urbanos dispuestos a mandar por los aires una

sociedad de consumo que los aplasta.

 

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