Tres conceptos distintos: Nación, nacionalidad y región     
 
 Informaciones.    28/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Tres conceptos distintos:

Nación, nacionalidad

y región

EL ultimo fin de semana y comienzo de ésta ha tenido un marcado carácter autonomista. Mientras vascos y andaluces «invadían» Madrid en busca de un trofeo futbolístico, los parlamentarios catalanes se reunían en Barcelona para tratar de las cuestiones preliminares de aquella nacionalidad. Horas después, el presidente de la Generalidad, don Josep Tarradellas, era recibido por e! Rey y por el presidente del Gobierno, don Adolfo Suárez, a la vez que en Burgos se producían osearos incidentes entre vascos y castellanos.

Hay, de entrada.-un problema inicial de tipo semántico, Con frecuencia se suele usar indistintamente conceptos diferentes, como región, nacionalidad o nación. Sin tratar de hablar «ex cathedra», se puede decir que toda región puede ser o no una nacionalidad, que toda nacionalidad puede ser o no una nación y que España es una nación compuesta de varias nacionalidades —Cataluña, Pais_ Vasco, País Gallego— y diversas regiones. Por ello, quienes hablan de las reivindicaciones autonomistas como de meras aspiraciones regionales o como sinónimo del deseo de constituir una nueva nación pecan, involuntaria o voluntariamente, por defecto o por exceso, España es una comunidad nacional, históricamente formada y consolidada, compuesta por varias nacionalidades no menos enraizadas en todo su territorio.

Sin embargo, esta unidad peligra cuando se refuerza su aspecto monolítico. La verdadera unidad es aquella que se realiza en la diversidad; de lo contrario, se caería en lo que los portugueses denominan como «unicidad , Es decir, no se trata de romper la unidad del Estado español, la cual debe mantenerse, sino que trata de dar constitucionalmente una nueva forma que reafirme al Estado español. Y, además, esta autonomía requiere la creación de eficaces y reales gobiernos locales, que actúen al lado del Gobierno de todo el Estado. Por consiguiente, hay que desterrar del vocabulario político un adjetivo particularmente nefasto y peyorativo que intenta descalificar las legítimas reivindicaciones de las mencionadas nacionalidades: «separatismo.

Entre otras razones, porque quienes más han contribuido estos últimos años a «separar» las partes integrantes del territorio español son quienes más han recurrido a este maldito adjetivo.

Fenómenos como el de la E.T.A. inicial —no su actual degradación crimina!— hubiesen sido impensables de no haberse producido una increíble centralización en la vida de nuestro país. Sólo por ello es comprensible que en el marco de un enorme crecimiento económico neoeapitalista, que, naturalmente, borra hasta las mismas fronteras nacionales, hayamos asistido a un reverdecer de estos movimientos nacionalistas. En los últimos tiempos del anterior Régimen, tanto el País Vasco como Cataluña han estado supersensibilizados a este problema: basta recordar el célebre partido de fútbol del señor Guruceta, para entender cómo algunos lo transformaron en la penúltima batalla del «conceller» Casanova contra las tropas invasoras el 11 de septiembre de 1714.

Esta ofensiva centralista provocó asimismo una reacción apasionada y desorbitada en quienes eran sus víctimas, asistiéndose a una infantil exaltación de las más mínimas peculiaridades de cada nacionalidad afectada, olvidando sus exponentes que la primera nacionalidad en perder su personalidad no fue la vasca ni la catalana, sino la castellana, con la derrota de los comuneros en Villalar, en 1515, y que, por tanto, todos padecemos del mismo problema. Esta comunidad de intereses acaba de expresarse electoralmente con los mismos resultados: no han sido los partidos estrictamente autonomistas los que han ocupado el primer lugar en Barcelona o San Sebastián.

Lo que es un importante punto de partida para abordar definitivamente este complejo tema. Ayer mismo, el presidente del Gobierno y el primer secretario del P.S.O.E. coincidían en señalar tres puntos claves: afecta a todo el Estado español, no a una parte; su resolución debe ser constitucional, mediante un debate parlamentario, y su aprobación definitiva debe venir a través de un referéndum.

Esta coincidencia queda reforjada por la habilidad, prudencia, sensatez » moderación de la que están haciendo gala todas las partes interesadas. Hay un común deseo de desdramatizar este espinoso problema y de lograr su solución por el camino de la negociación y el diálogo. Es todo un síntoma que la convocatoria de la manifestación catalanista del sábado fuese anulada por sus organizadores. De ahí que lo ocurrido en Burgos no sea más que la muestra de algo que desaparece y que la negociación entre todas las nacionalidades y regiones del Estado español sea ya un hecho. Pues, al fin y al cabo, España somos todos.

 

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