Autor: Blom, Ricardo. 
   La unidad de España     
 
 Arriba.    29/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA UNIDAD DE ESPAÑA

CADA vez que el tema de las autonomías se pone sobre la mesa genera reacciones poco ponderadas en sentidos contrapuestos. Hay, aunque cada vez menos, quienes descubren naciones y regiones a través de cualquier mínima peculiaridad, y si les dejaran volverían al cantonalismo, al ¡viva Cartagena! y a la declaración de guerra por Ecija a Sevilla.

En el lado opuesto hay otros que ven en peligro ¡a unidad de España no ya ante la concreción de nacionalidades y regiones, sino en la mera formulación del debate e incluso en cuestiones de simple expresión verbal: patria, país, España, Estado español, etc., son todos ellos términos igualmente respetables, que, utilizados sin agresividad, pueden servir para que nos entendamos: no representan concepciones alternativas ni, mucho menos, enfrentadas.

A ningún español, de derechas o de izquierdas, molesta ser tildado de patriota, sino que lo tiene a gala; sin por ello ostentar la palabra «patria» a todas horas en los labios ni renunciar al uso de un concepto tan válido, entrañable y universal como el de «pais».

Lo primero que es preciso entender es que nadie saldría beneficiado de una sorprendente y extemporánea merme de la unidad, española. Tenemos mucha» más razones para permanecer ¡untos que para disgregarnos, y tenemos —todos, pero particularmente las clases trabajadoras que padecen la emigración interior— mucho que ganar de un entendimiento solidario de España en esta hora.

Pero sucede que España es una comunidad pluricultural y diversificada, fuertemente asentada en la Historia y garantizada hacia el futuro por el deber de solidaridad entre los diferentes pueblos y áreas de nuestro Estado. Hay que tener las ¡deas claras, porque es mucho lo que está en juego: la unidad de España no tiene nada que ver con un centralismo monolítico v artificial, ajeno a nuestras tradiciones y herencia mal asimilada del modelo napoleónico.

Segundo concepto importante es que el Estado-nación representa sólo una fórmula, y no seguramente la más deseable, entre las posibles organizaciones estructurales de un pais.

Un Estado puede comprender en su seno varias nacionalidades, sin que el reconocimiento y explicitación legal de las mismas signifique ningún tipo de ruptura de la unidad sustancial. Tal son, por ejemplo, los casos de Bélgica, Suiza y, en breve plazo, Gran Bretaña. Un diario tan prestigioso y conservador como "The Times* edítorializaba recientemente sobre la posibilidad de convertir el Reino Unido hacia una fórmula federal, sin que nadie entendiera por ello que —en insólita ruptura con toda su tradición de casi doscientos años —el patriótico rotativo pensara en romper Gran Bretaña.

Otra precisión básica: No sería sensato propiciar la aparición de nacionalidades y regionalismos sin verdadero peso tradicional. Lo que procede no es dividir España, con simpleza matemática, en un número de nacionalidades o en un número de regiones, sino de dar forma a lo que ya existe, sin que tenga por qué adoptar el ritual de una partición homogénea, que sería una especie de centralismo al revés; esto es, una ^pluralidad de pequeños centralismos.

Puede hablarse de nacionalidad cuando existe una historia común, una lengua propia y una voluntad comunitaria explícita: tales son los casos, en nuestro país, de Cataluña y Euzcal Erría, y quizás, aunque sea tema debatible, de Galicia, área esta última que reúne, al menos, las dos primeras condiciones. Las autonomías para el resto del pais debieran adoptar otras fórmulas, en algunos casos —Andalucía, Aragón, Extremadura y Levante— de carácter regional. Y cuestión aparte son las dieciocho provincias, fuertemente ligadas entre si, que constituyen el centro peninsular. Si a ello unimos la España insular y las ciudades de Ceuta y Melilla veremos la gran complejidad y riqueza de un pais que tiene cuatro idiomas propios y una enorgullecedora y sugestiva variedad cultural.

Vamos a perder el miedo a las palabras. Vamos a estudiar cómo somos, sin ocultamientos y sin delirios imaginativos. Al descentralizar el país y quitarnos incómodos corsés, vamos a robustecer la coherencia de la tierra común y de la vida en común. No hay motivos de alarma porque, hasta el momento, nadie representativo ha dicho —al defender, como es de justicia, los intereses y autonomías de sus respectivas áreas— que pretende cosa diferente que la mejor unidad de España. No inventemos maniqueos, ni levantemos fantasmas, porque aquí no sucede más que el admirable comportamiento moderado de todos los grupos y el deseo de convivir plural y fraternalmente en la entrañable y libre tierra española.

Ricardo BLOM Viernes 29 julio 1977

 

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