Anomalías para la unidad de España     
 
 Arriba.    01/07/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ANOMALÍAS PARA LA UNIDAD DE ESPAÑA

LA celebración de las Asambleas de Parlamentarios de Cataluña y del País Vasco, asi como las entrevistas de Joseph Tarradellas con las más altas magistraturas del país, ha relanzado las aspiraciones de autonomía de tas dos regiones ante la opinión pública general que, pensamos, necesita una información detallada de los datos del problema autonomista, su significación más honda y su último propósito.

Nosotros creemos que es llegado ya el momento de plantearse con sosiego la más trascedente y frontal de las cuestiones españolas: la unidad de España. No porque entendamos que se encuentra amenazada por el autonomismo de algunos de sus países, sino porque en una comunidad nunca puede perderse de vista el cuidado por su progresiva integración moral. Por eso es desde el instinto de la Patria española —que es entidad histórica y vital— y no desde el Estado —que es instrumental y mudable— de donde han de surgir las razones y las emociones para la unidad.

Todos estamos alcanzados por este asunto vertebral que no puede ser rehuido ni demorado. Nadie puede entenderse exonerado ni puede esquivarse bajo el amparo de ninguna filosofía política a este problema candente que es el problema por antonomasia. Estamos asistiendo a una larga y radical crisis —económica, social, política y nacional— que revitaliza o alumbra nuevas energías sociales, hoy todavía embrionarias. A nosotros nos importa buscar —pactando, cediendo, consintiendo, razonando, renunciando, rectificando— las líneas de conjunción merced a las cuales sea posible proyectar

vigorosamente todo ese renovado aliento de construir una sociedad española acorde con el tiempo que vivimos, tiempo de irrenunciable libertad y de afanosa búsqueda de la justicia y la igualdad. Queremos y luchamos, y lucharemos, por un porvenir y unas condiciones de vida iguales para todos los pueblos de España.

Nosotros no abonamos ninguna versión hegemónica —a la postre provinciana— de España, ni nos embriagan las discusiones literarias o de sociología política atareadas en mostrar un modelo de dominación o depresión de unas regiones respecto de otras. Tampoco nos interesan ni nos sobresaltan —porque cada hora busca su lenguaje, que a veces no encuentra— términos como federalismo, nacionalidades o autogobierno, ni las muchas veces estrepitosa exageración de notas o acentos diferenciales que ocultan los grandes raíles de proximidad entre los pueblos de nuestro país.

Sólo sentimos alguna ligera incomodidad ante esa pobre, pudibunda retirada de la palabra España de la jerga sociologista, seudocientífica y políticamente menesterosa de categoría y grandeza de aquellos que prefieren hablar del Estado.

Nosotros quisiéramos situar el problema de la unidad de España en un lugar ajeno al juego táctico, al oportunismo de salón y camarilla, fuera de la combinatoria ocasional, de la moda o la corriente. El tema de España ni es ligero, ni es aséptico, ni puede relativizarse. La cuestión de España debe afrontarse sin complejos aldeanos, sin memorias de agravios y, afirmamos, no puede quedar sujeta a pacto o condición alguna. Nos basta lo esencial, pero no menos, Por ello no tenemos empacho en declarar que nuestra concepción de la unidad de España es pluralista, que no asfixiamos la parte en el todo y que somos resueltamente regionalistas en el grado que sea más útil al conjunto español.

Ante la alternativa autonomía-unitarismo estamos paladinamente por las autonomías. Pero las autonomías, el federalismo, la descentralización para hacer más sólida, más firme, más incontestable la unidad de España. Los andaluces, catalanes, vascos, gallegos, castellanos tienen que idear y proponer sus fórmulas —las que sean, que también serán desiguales— para conformar la España común desde su propia personalidad específica.

No hay patrón, ni modelo, ni predeterminación alguna de como tenga que ser España, y todos los varios modos y formas de sentirse español constituyen elementos preciosos del patrimonio colectivo. Nadie podrá exigir que un extremeño no se sienta extremeño, porque siéndolo menos o imperfectamente, se falsifica y lesiona esa realidad plural y creativa, original y solidaria que —por naturaleza e historia— es España.

Si esta falsificación por pérdida de identidad de un país español se consintiera, entonces sí seríamos sólo un Estado, un agregado apuntado por la conveniencia, el acomodo, el comercio o el temor. Seríamos un país ocasional y e] reino del egoísmo particularista, fácilmente avasallable por caciques internos o externos.

Cualquier fórmula es buena si se alienta desde el apetito de la unidad y para la unidad. La Patria española debe ser la garantía —la Patria con sus pueblos— de la identidad y autoexpresión que deseamos para la indivisible y gozosa realidad que es España. Con el corazón y la cabeza, sin prejuicios y sin monopolios, vamos a considerar lo que más convenga.

 

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