La cuestión de las autonomías     
 
 Ya.    05/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

5-VIII-77

LA CUESTIÓN

DE LAS AUTONOMÍAS

| AS palabras del ministro señor Martín Villa en Barcelona ("las autonomías han dejado de ser un problema para convertirse en un oblativo"); las reuniones de los parlamentarios regionales en Segovta, Santiago, Palma de Mallorca y Huesca; la de lo* catalanes con el señor Tarradellas; las declaraciones de los distintos grupos parlamentarios en el Senado, y las del ministro señor Clavero en Huesca, donde asistió a la reunión de los parlamentarios; en Zaragoza, donde definió su Ministerio como Ministerio para las autonomías, y en La Rábida, donde ha reiterado la afirmación del señor Martín Villa, revelan una exigencia que, aunque sólo excepcionalmente se formule en los términos imperativos e intemperantes que algún senador utilizó, sin duda va a ser objeto de atención preferente en la Constitución y, en el caso catalán, probablemente de una fórmula transitoria inmediata.

NO vamos a repetir los editoriales en que nos hemos declarado regionalistas, porque tendríamos que remontarnos a nuestro antecesor "El Debate", que hace mas de medio siglo lo era y respaldó especialmente el movimiento de la Diga de Cataluña. La hora del regionalismo ha llegado y lo que se plantea ya es la cuestión del procedimiento. A este respectó, nos permitimos recordar cuatro principios.

El primero es que el regionalismo constituye un problema naciona). La equivocación de la República, se ha dicho, fue institucionalizar "regiones" y no "las regiones"! todas. La consecuencia fue establecer diferencia entre españoles y españoles, complejo de superioridad en uno* y de inferioridad en otros, situaciones de tensión y antagonismo. Ello no quiere decir que deba aplicarse a todas las regiones una misma fórmula, sino que el principio de la personalización regional debe ser común. Nos satisface que todos parezcan entenderlo así.

SEGUNDO principio, solidaridad: junto a los intereses de cada región deben estar los intereses de las demás, y sobre todas, los de la nación. También este principio es unánimemente aceptado.

El tercer principio es la naturaleza constitucional del probleblema, que por esta razón debe ser resuelto en la Constitución, ya sea mediante una declaración general, ya sea (y esto nos parece preferible] descendiendo a una regulación más detallada que, en cuanto sea posible, ofrezca un modelo general o incluso distintos modelos de autonomía. A la regulación constitucional como condición previa de la concesión de autonomías se oponen los impacientes, que, por lo que se ve, no son capaces de esperar unos meses después de haber aguantado durante cuarenta años. Incluso se dibuja como muy probable, según hemos dicho, una inminente regulación provisional de la Generalitat catalana. Si esto es así, anticipemos la necesidad de que esa regulación no coarte la libertad de las Cámaras al discutir después el problema genera!.

El cuarto principio se refiere al papel del Senado respecto de las regiones. El señor Sánchez Agesta ha observado que el Senado, además de ser una Cámara de reflexión, debe aspirar a ser la Cámara representativa de las regiones y le atribuye también la función de templar las autonomías con el espíritu de solidaridad. Nos parece un oportuno programa. Asimismo el ministro señor Clavero ha aludido al Senado como Cámara de las regiones.

En el juego político de las dos Cámaras, el Senado debe encontrar su sitio y, efectivamente, puede estar ahí.

LA concesión de las autonomías regionales tiene hoy a su favor un ambiente nacional como no lo hubo nunca; ni en tiempos de la República, por supuesto. Es una razón de más para que con exigencias precipitados, que nada justifica, no se estropee esta oportunidad, rigurosamente única, da resolver con la unanimidad de todos los españoles un problema secular.

 

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