Autor: DIÓGENES. 
   Regionalismo y economía     
 
 Pueblo.    16/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

El tema de las autonomías y el regionalismo está, desde hace algún tiempo, en el candelero político y social. No se puede decir, y quien lo dice peca de ligero, que esté de moda, porque las modas, si bien sean gratas y hasta beneficiosas en su momento, son pasajeras y ceden el terreno ante el embate de otras modas, que vienen empujando, o por otras corrientes creadas para sustituir a las anteriores que ya no interesan. El regionalismo es un hecho cierto y permanente en el contexto español (otra cosa es que no se haya entendido a veces, y a veces se le haya soslayado intencionadamente, incluso amordazado o desvirtuado), y las autonomías han estado vigente siempre en alguna forma. En los últimos cuarenta años, reconociendo fueros a determinadas Diputaciones, y, a la inversa, quitándoselo a otras, que es una forma de reconocimiento.

Pero si el regionalismo y su consecuente autonomía está en el contexto político y social de este último tiempo de cambio en nuestro país, y se está considerando a niveles directamente interesados de las regiones y el Poder central, hay que echar sobra el tapete también el contexto económico que el hecho regional y su consecuente autonomía —repetimos— lleva anejo a sus considerandos políticos y sociales. Sí tal no se hace —si tal no se hace públicamente, precisamos más—, se podría caer en un error de perspectiva tan de fondo como históricamente ha venido sucediendo, y es lo que a diversos niveles se recela del hecho regional, autonómico concreto; Porque si algo hay que ahonde más estos recelos entre pueblo y pueblo de los que componen el todo de la nacionalidad española, es la sospecha de insolidaridades en el reparto de las cargas económicas y de la distribución de los recursos entre las regiones.

No hay que asustarse a la hora de decir esto, mucho menos a la hora de encararlo a nivel de Gobierno y de responsables del mantenimiento de las autonomías —aún en el exilio—, si verdaderamente son responsables y les guía una sana intención de honestidad por encima de horizontes estrechos que, por estrechos, pueden despertar las sospechas de ser interesados, en cuyo caso se ganarían la sospecha de otros españoles, pues en tocando al bolsillo, no hay amigos. Entonces, nos parece que hay que dejar muy claro que las autonomías, los fueros y otras fórmulas regionalistas, no van a suponer alguna forma de privilegio de unas regiones sobre otras, como ha venido sucediendo, aunque la autonomía no suponga la autarquía.

Decimos esto en base a las acusadas diferencias sociales y económicas de regiones españolas, come Andalucía y Extremadura, Galicia y Castilla, frente a otras, como Vascongadas, Cataluña y Navarra, las que junto a la innegable capacidad de sus hombres de empresa y la movilización de sus recursos se han visto beneficiadas con el transporte de recursos naturales de otras regiones (lo que obligaba ya al hecho de la emigración, que ahondaba más los desniveles) y el beneficio de desgravaciones fiscales, así como de inversiones cuantiosas de la Administración Central, que no hacía lo mismo en otras zonas. Si esto no se trata debidamente, si esto no se divulga pulcramente, si las autonomías regionalistas se las deja —de cara a la opinión pública y al entendimiento del hombre de la calle—, en la nebulosa del hecho político y de caracterización histórica, posiblemente se dañaría un intento serio y limpio de concordia entre los españoles; el más claro y consecuente de la historia española en muchos años.

DIOGENES

 

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