Autor: Fuster i Ortells, Joan. 
   Las otras emergencias     
 
 Informaciones.    09/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Las otras emergencias

Por Joan FUSTER

PARECE ser que un titulado «Partido Cantonal de Cartagena» había pedido su legalización en las oficinas del Ministerio correspondiente. La cosa, así, de sopetón, resulta chocante: casi cómica, incluso. Sin embargo, desde que fue levantada la veda, son decenas y decenas los partidos políticos autorizados, cuya entidad microscópica, por una parte, y pintoresca, por otra, no deja muy atrás a la tentativa cartagenera. La «unidad de los hombres y las tierras de España», que la Dictadura impuso con los máximos rigores policíacos, era tan escandalosamente irracional, que nadie puede sorprenderse de lo que ha ocurrido en los últimos meses: esa explosión de «diversidad» a todos los niveles. Los partidos políticos sólo son una leve muestra de las ansiedades centrífugas mal reprimidas durante los Cuarenta Años.

Y todavía estamos empezando. Cualquier observador sensato está obligado a considerar el fenómeno como algo natural: lógico, sí, mas no. Con el tiempo, sin duda, se clarificará el panorama, y, dentro de lo que cabe, el «pluralismo» inevitable hallará sus formulaciones adecuadas. Lo cual no significa que hayan de ser cómodas ni pacificas, por supuesto.

El hecho de que en Cartagena surja ahora, al cabo de un siglo, el recuerdo del «cantón», y que Intenten devolverle vida electoral o de acción directa, añade un plus de picante al asunto. Advierto que lo ignoro todo acerca de la maniobra. ¿Se trata de una operación nostálgica, para pasar el rato? ¿Va en serlo? ¿Es una mera ocurrencia jovial de unos bromistas? Sea como sea, la anécdota nos sitúa ante los planteamientos reivindicativos de «nacionalidades y regiones», como suele decirse, metiendo en el mismo sacó problemas de índole absolutamente distinta. La racha —en apariencia— de fervores autonómicos que embarga hoy a la ciudadanía del Estado español no pasar de ser un sarampión confusíonario, que en las altas esferas, gubernamentales y de oposición, se desea fomentar. La tendencia programada por tirios y troyanos es la de medirnos a todos por el mismo rasero y, sobre todo, reducir las posibles soluciones a una suave receta descentralizados. Es un error, en efecto. La «situación» real —y global— no es la misma en los Países Catalanes, en Euskadi y en Galicia, que en Aragón, -Andalucía o Castilla —la Castilla víctima de su propio «nacionalismo»...

Hubo una época en que se manejó con buena fe y machaconería, la idea del «hecho diferencial», para que el «español de oficio» llegase a comprender las «peculiaridades» periféricas. Era una manera de disimular unas intenciones y unas justificaciones profundas que, de otro modo, habrían crispado la hipersensibilidad patriotarda de mucha gente. El caso de los Países Catalanes, de Euskadi y de Galicia no constituía un sencillo «hecho diferencial»: va mucho más allá. Y el «hecho diferencial», en sí, empíricamente, admite una multiplicación hasta el infinito.

¿Qué es lo que no es diferente? Una región, una comarca, una subconiarca, un término municipal... En ello confluyen el dialecto, el folklore, la historia, y, además, agobiantes, unas determinadas y variables inclemencias económicas y políticas. Dentro del «hecho diferencial» murciano puede prosperar el «hecho diferencial» de Cartagena. ¿Por qué no? Dentro de los Países Catalanes, los «hechos diferenciales» no son ninguna tontería: el País Valenciano es uno, las Islas son tantos como «rocas» y «roquetes». Euskadi tiene el asunto de Navarra... Y así sucesivamente: Tortosa o Lérida en Cataluña...

Informan que el Ministerio del Interior no ha dado su visto bueno al «Partido Cantonal de Cartagena». ¿Quizá porque todavía hay algún burócrata que sabe un poco de historia, y se le puso piel de gallina al pensar en el fantasma de don Roque Barcia, de don Francisco Pi y Margal (con una sola ele), y de unas cuantas barricadas, amenazando a la «sagrada unidad de la patria»? No me extrañaría.

Pero la bobada seria insigne. El «cantonalismo» del 1873 no fue «separatista».,Ni podía serlo. Ni siquiera «regionalista». ¿Cómo podía ser alguien «regionalista» de Cartagena, de Cádiz, de Alcoy, de Alicante, en 1873? La subversión cantonal, candorosa, postulaba el «pacto sinalagmático» y otras especies similares, abstractas y lelas, pero vehiculaban indiscutiblemente un malestar social y político concreto. Ese mismo malestar, particularizado, subsistente, nunca dejó de estar ahí, y se agravó diversamente según las zonas y las épocas. Por eso, el «cantonalismo» latente ha estallado en cada momento de crisis del Estado. Y eso nada tenia que ver con lo de las «nacionalidades». Lo de las «nacionalidades» era y es eso, y bastante más. Los «cantonalistas» actuales de Cartagena, tan españoles ellos, ¿o no?, no ponen en peligro la «unidad de España», y me los imagino, dolidos por la decisión del Ministerio... Con toda razón. Son inofensivos. Ni siquiera servirían de quinta columna.

Otro aspecto de la cuestión es su «anacronismo». ¿A qué doctrina se acogen los neocantonalístas de Cartagena? He citado los nombres de don Roque y de don Francisco: no alcanzo a más. Ni el «federalismo» clásico da más de sí, a escala celtibérica. El federalismo «cenetero» aún ha sido más tristemente vacio de contenido «real». Mi paisano, el señor Petrats, en discursos y declaraciones, confirma, con su «autoridad», estos días, el grado de alienación y de analfabetismo a que por desgracia están condenados los hipotéticos anarcosindicalistas...

Pero, ¿tan «anacrónicos» son los del Partido Cantonal de Cartagena? Ellos datan del 1873. Si uno pasa revista a las fuerzas parlamentarias salidas de los últimos comicios, descubre que algunas «minorías» emanan de principios más antiguos: medievales, visigóticos algunos, y algunos colocados a la derecha de Chenguisjan, si vale el tópico. Emanado del 1873, el partido cartagenero siempre será más «moderno» que Alianza Popular, que otras Alianzas, que los fascistas de turno, que Fuerza Nueva, y que todos los demás. Vivimos en un país en que las paradojas son el pan de cada día.

 

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