Autor: Moreno y Herrera, Francisco (CONDE DE LOS ANDES) (MARQUÉS DE ELISEDA). 
   La soberanía nacional     
 
 ABC.    22/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

RECUERDO haberle oido decir a Manuel Bueno que en España se perdona todo a los hombres con tal de poner alguna da estas tres condiciones: ser padre de muchos hijos, ser muy simpático o contar muchos años. Tengo pocos hijos, seria pretencioso adjudicarme la cualidad de la simpatía y en último término tampoco tengo muchos años, aunque haya iniciado ya el camino. Pero como no podrá negárseme vocación política, servida y sufrida a lo largo de mi vida, me permitiré adoptar cierto aire doctoral para escribir lo que sigue.

La nación, como expresión superior en su género, es una formulación política axiomática. Muchas veces el fárrago doctrinal con que se ha pretendido esclarecer el concepto ha conseguido oscurecerlo, y ha contribuido a confundir las relaciones entre Estado y Nación. La Nación es la entidad soberana en el orden social, por lo que negar la soberanía es falta de sindéresis. Esa supremacía de la soberanía nacional absoluta, grata ai protestantismo, no existió en España y las Cortes da Cádiz reconocen que la limitación de le soberanía nacional fue la doctrina que avaloró nuestra constitución interna a lo largo de la Historia. Sus límites son las libertades de la persona humana, y por extensión otras libertades sociales y las de la familia principalmente.

Toda la evolución . reformadora del pensamiento político de Inglaterra se encamina a conseguir mayores libertades para sus ciudadanos. En los Estados Unidos ese mismo pensamiento inspira toda su Constitución: consecuencia lógica de una nación que pretende afirmar su independencia antes que nada. La libertad más que la igualdad es la meta del avance social. En definitiva, éste se logrará asegurando las libertades naturales. Además, para que pueda arraigar el progreso social es indispensable que tenga un paso acompasado.

Uno de los bienes políticos de Inglaterra es el sentido evolutivo de sus instituciones políticas, que ha permitido el arraigo de que carecen las conquistas revolucionarias. Por eso pudo escribir Ortega y Gasset que Inglaterra es «la "nurse" de Europa». En efecto, como he dicho más de una vez, Gran Bretaña, empujada por razones de predominio político, al enfrentarse con la Revolución Francesa y con su continuador y heredero, el dictador Napoleón, se libró de verse inspirada por ella. El horror de la Revolución Francesa, sus crímenes y desórdenes, hicieron que Inglaterra se aferrase a sus instituciones vernáculas.

ASI, el sentido familiar afirmó su supremacía básica coadyuvado por la idea de servicio y alimentados ambos por el funcionamiento de los Public-Schools, los grandes colegios ingleses de segunda enseñanza, donde se suceden las generaciones para completar después sus estudios universitarios en Oxford o Cambridge, que mantienen viva una vida universitaria común. En ellas ge crea un sentido del honor y de la responsabilidad en las minorías rectoras que ha dado a la política una elevación desinteresada.

La ocupación de los puestos de la Administración municipal en los pueblos pequeños por los propietarios lugareños, cuando se retiran de sus negocios o a veces al mismo tiempo, crea también una conciencia política.

El laborismo no ha perdido nunca su sentido nacional y religioso; es una excepción en el socialismo, de tal naturaleza que permitió al cardenal Bourne, arzobispo de Westminster, excluir a los católicos ingleses da la condenación en bloque del socialismo que hizo Pió XII. Es difícil de entender por un socialista latino que el jefe del laborismo inglés y jefe del Gobierno, a la sazón Harold wilson, clausurase un gobierno del partido con una plegaria.

ín España, desdichadamente, el socialismo e que nació fue revolucionario. Pretendió

"Como mandato Imperativo de la soberanía nacional oreemos, en primer lugar, el clima político y social necesario para que la convivencia sea posible. Demos también algún aliento espiritual de derecha a izquierda. Porque, para mí, no son derechas auténticas las que se empecinan en la defensa de la plutocracia."

LA SOBERANÍA NACIONAL

hacer astillas del Trono y de las Instituciones históricas. Fue siempre antirreligioso. Pocas excepciones pueden darse de este aserto. Si ios primates del socialismo español, como Prieto, Basteiro y Femando de los Rios hubiesen sido cristianos, hubieran sido también monárquicos. Porque la historia de España es inimaginable contemplada con sectarismo anticatólico.

EN nuestra patria, el anticlericalismo entretuvo el que hacer político y contribuyó a la división de los españoles. No han llegado a arraigar las libertades, ni se han confirmado las reformas sociales por la ausencia de clases directoras tanto en la derecha como en la izquierda. El desgraciado signo pendular de la política española débese en gran parte a tal ausencia. El ansia de desquite es una consecuencia lógica y natural de esta miopía rectora.

Si en el año 39 era pronto para hacer un Estado nuevo, y la hora del mundo y nuestra circunstancia histórica lo impedían, pocos años después, en 1946, una restauración monárquica, con las «Bases de Estoril» aprobadas por hombres como Gil Robles. Rodezno y Eugenio Vegas era viable, nos hubiese abierto las puertas de Europa y la bolsa del Plan Marshall. Entonces, los que hoy vociferan estaban callados y deseosos de coger la mano de los vencedores del 18 de julio, que los monárquicos les tendíamos.

Es injusto cargar exclusivamente sobre las espaldas de Franco el llamado inmovilismo. Algunos de los que componían su clase politica sin duda le instaban; y otros, en corrillos y tertulias, le denostaban por su actitud. Pero no hubo, o fueron pocos, los que adoptaron la conducta condigna con la idea. ES decir, dimitir, que es un deber cuando no se comparten las directrices políticas del gobierno. Se hizo costumbre mantener la ocupación de un cargo simultaneándolo con la critica adversa. Eliminar esta falta de moral pública es una de las urgencias de la hora presente.

Llegó la Monarquía tarde y, de añadidura, arrastrando un lastre que la impedia proyectarse en toda su sustantiva eficacia: la independencia. Las derechas, en su más amplia extensión, dispuestas como están a las indispensables reformas, no encuentran debida comprensión en muchos de los que se han aupado al Poder y, por supuesto, en aquellos que están en la oposición. Seria tremendo que una vez más tuviese la Historia que registrar una ocasión perdida.

LA anarquía social empieza a demoler el orden, es decir, la armonía. Las fuerzas que con su sacrificio quieren guardarlo son maltratados. Una propaganda antisocial, ridicula muchas veces, cubre las páginas de muchas revistas y algún periódico. Planteamientos equívocos amenazan trocar un sano regionalismo en separatismo, que hiere la unidad de la patria. Aún es tiempo de recapacitar sobre la propia responsabilidad. Urge una Constitución viable para entronizar una democracia representativa nacional; un Congreso que fiscalice la Administración; unas Cortes que vigilen: un remedio social para tanta injusticia.

Como mandato imperativo de la soberanía nacional creemos, en primer lugar, el clima político y social necesario para que la convivencia sea posible. Demos también algún aliento espiritual de derecha a izquierda. Porque, para mí, no son derechas auténticas las que se empecinan en la defensa de la plutocracia.

Son muchos los españoles dispuestos a entenderse. Sobre todo, en torno a un Rey joven, dotado de serenidad y prudencia, como Don Juan Carlos, que más que hablar de deberes los pone en práctica.

EL CONDE DE LOS ANDES

 

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