Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   La cara oculta del regionalismo     
 
 El Alcázar.    24/09/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

CRÓNICA DE ESPAÑA

LA CARA OCULTA DEL REGIONALISMO

DESPUÉS de leer las declaraciones del señor Clavero, me da pena escribir sobre las regiones. Para una vez que esta especie de ministro fantasma logra asomar la cabeza, ha de tenerse la caridad de dejar que se crea protagonista. Ya se encargarán el presidente del Gobierno y sus asesores de hacerle ver lo contrarío.

Me permitirá el señor Clavero, sin embargo, alguna apostilla a sus pintorescas declaraciones. Afirma sin pestañean "Por lo que se refiere al Ejército, este posee, como la inmensa mayoría de los españoles, el sentido de la unidad de España como un sentimiento fundamental y básico, pero creo que, en la medida que las autonomías regionales sean compatibles, el Ejército sabe perfectamente que las autonomías no van en contra de la unidad de España, sino todo lo contrario: tratarán de reforzarlas".

No voy a detenerme en el exceso desvirtuador con que el periódico titula esta parte de las declaraciones: "El Ejército comprende".

Quisiera recordar al señor Clavero que posee aún menos atribuciones presumibles que el vicepresidente primero del Gobierno pare atribuirse la interpretación del pensamiento institucional del Ejército, el cual solo corresponde expresar a la jerarquía superior de la linea de mando de las Fuerzas Armadas. ¿Por qué esa perniciosa manta de anticiparse a suponer a incluso afirmar lo que piensan, sienten, creen y sostienen las Fuerzas Armadas? Las Fuerzas Armadas, en último caso, se atienen a la legitimidad constitucional del Estado, cosa que resulta igualmente exigible a las demás instituciones. Por consiguiente, para entender cuál puede ser la correcta actitud de tas Fuerzas Armadas en relación con las autonomías y sus formas de reconocimiento, asi como sus atribuciones en caso de vulneración constitucional, póngase sobre la mesa las Leyes Fundamentales, con las correcciones derivadas del último referéndum, y precédase con minuciosidad e inteligencia a trazar el campo de juego, con las medidas reglamentarias.

También en relación con este tema debo referirme a mi experiencia italiana. No lo hago sólo por causa de una lógica tendencia de los periodistas que hemos servido en el extranjero a usar de esas vivencias. Si hubiera sido corresponsal en Finlandia o en Nigeria, no se me ocurriría establecer parangones. Me limitaría a relatar unas distantes y peculiares formas de convivencia. Pero Italia no sólo está geográficamente próxima. A través de diversos y hasta contradictorios mecanismos, Italia suele hacer de tractor de nuestros procesos políticos.

La mayor fuerza de arrastre corresponde al Vaticano, que suele englobar y suplir con ventaja a esa especie de mula guía que pretende ser, y no sólo para España, la DCI. Sigue en importada el PCI, que viene a configurar algo asi como la central misionera del Vaticano rojo.

Los restantes partidos tocan poco pito. Unos porque la central francmasónica está en París y no en Roma. Otros, como el socialista, porque viven de milagro y han de mendigar fondos en Alemania, México, Venezuela y Argelia, sobre todo, igual que Felipe González, quien debe demasiado a Bumedian para negarse a montar la fantochada parlamentaria del otro día contra Marruecos y en favor del Polisario, pese a ser evidentes los gravísimos riesgos que para España representaría la aceptación de la tesis sahariana del PSOE, prácticamente igual a la del PCE.

No faltan en Italia quienes aseguran que el establecimiento de las regiones fue la venganza del temporalismo vaticano contra el Estado unitario, de estirpe garibaldina y laica. También en España ha salido el Vaticano utilizar las inclinaciones autonomistas y las tentaciones separatistas para presionar al Estado, según confirman historiadores poco sospechosos y documentos inapelables.

Igualmente han colaborado con eficacia al establecimiento de las regiones italianas la masonería, el socialismo y los comunistas. Es decir, todas aquellas fuerzas internacionales a las que no conviene la unidad nacional, sobre todo cuando se fundamenta en un activo sentimiento patriótico del pueblo y sus dirigentes.

Las regiones en Italia están constituyendo un estrepitoso fracaso, pese a que podría suponérseles mucho mayor arraigo que a las españolas, pues la mayoría de ellas fueron Estados independientes, con sólida historia propia, hasta casi el momento mismo en que las tropas garibaIdinas desbordaron en el Gianiecolo la última y durísima resistencia de las tropas pontificias, integradas por valencianos. Las regiones están peor administradas que antes, mientras la burocracia se ha acrecido escandalosamente con la clientela de los partidos.

Pero, además, la irrupción marxiste en sus órganos de Gobierno ha servido para demostrar la falsedad esencial de la rigidez moral atribuida gratuitamente a los comunistas. Los escándalos se suceden y se demuestra que también roban y estafan a mansalva. Pero a todas las consecuencias ingratas de la experiencia a nivel regional, debe añadirse que el hallazgo ha supuesto un aumento insostenible de los gastos del Estado y un factor sustantivo de inflación.

Y eso que a las regiones se llegó en Italia tras un largo proceso de gestación constitucional y con todos los sacramentos de legitimidad. No como en España, donde el señor Suárez parece creer que las autonomías regionales son algo intrascendente, susceptible de ser establecido por decreto-capricho.

Dentro de las múltiples y constantes sorpresas que proporciona el galimatías regionalista, ha de llamarse la atención sobre la renuncia gratuita de los presidentes de Diputación de las cuatro provincias catalanas a estar presentes en el presunto parlamento barcelonés. Con lo cual dejan a los diputados y senadores, es decir, a la disciplina de los partidos, la resolución en un sentido o en otro de los intereses objetivos de sus respetivas provincias.

Con torpeza, irracionalidad y falta de atribuciones para hacerlo, las Diputaciones han dimitido la representación y la defensa de unos intereses provinciales, que sólo la expresión auténtica de las autonomías municipales, mancomunidades en Diputación, sabrán interpretar y sostener.

Ismael MEDINA

 

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