Autor: Calleja, Juan Luis. 
   "No hay más que una Nación". Negrín     
 
 ABC.    15/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

Si me apuran, este articulo debería firmarlo a medias con Julián Zugazagoitia —juzgado y fusilado por los nacionales después de la guerra-— o con el último ¡efe del Gobierno de la República, autor de la frase que lo encabeza. Pero como hay costureros que hilvanan o resumen obras ajenas y las firman, como si zurcir extractos de libros y el corte y la confección fueran lo mismo que el pensamiento original, me parece decente poner mi nombre al pie con aquella advertencia.

Certeros o equivocados, nadie negaré los esfuerzos del Gobierno en el que hacer más noble que un político puede imponerse; el de la pacificación. Sin resultados y con sangre, objetan algunos; pero la verdad, es más fácil hacer las paces entre enemigos en guerra, ya exangües, desangrados y en ruina, que sosegar a quien provoca las hostilidades deseándolas. Ahora se acuerdan todos de Munich y dicen que las concesiones ai que busca la guerra aceleran su plan de guerra. Pero no es imaginable que con eso descubran nada al Gobierno, porque los mismos organizadores de la violencia se ocupan de declarar y demostrar su Invariable propósito revolucionarlo.

Sin embargo, el Gobierno abriga sobre ¡a violencia dos opiniones discutibles, entre otras. La primera, que los actos terroristas intentan romper el procese democrático. Pero si esto es verdad y ´¡as concesiones al provocador alientan al provocador, también lo será que las concesiones estimulan a los que intentan interrumpir aquel proceso; y habría que pedir la democracia fuerte» que alguno propuso como novedad durante ¡a campaña electoral, aunque esa fórmula quiso ya ensayarla hace veinte siglos el primero que habló de ella: Julio César.

Según la segunda opinión discutible, las autonomías harán más ágil y eficaz la administración sin tocar la unidad de España. Va veremos lo que tendrá de ágil y de eficaz el embrollo de jurisdicciones, permisos, peajes y pontazgos administrativos futuros que pueden volvernos a un medievo dinámico que hubiera asustado al mismísimo Concejo de la Mesta. Pero en la unidad intocable de España creyeron muchísimos primates de nuestras dos repúblicas y se arrepintieron. El cuarto presidente de la primera, Castelar, escribió después del ensayo cantonal:

Hubo días en que creíamos completamente disuelta nuestra España... De provincias llegaban las ideas más extrañas... Unos decían que iban a resucitar la antigua coronilla de Aragón como si las ( sigue abajo)

«NO HAY MAS QUE UNA NACIÓN»

(NEGRIN)

fórmulas del Derecho moderno fueran conjuros de la Edad Media. Otros decían que iban a constituir una Galicia independiente bajo el protectorado de Inglaterra. Jaén se apercibía a la guerra con Granada... Villas insignificantes, apenas inscritas en los mapas, citaban a asambleas constituyentes...

Y entonces vimos lo que quisiéramos haber olvidado: dictadura demagógica en Cádiz...; desarme de la guarnición de Granada...; pueblos castellanos llamando desde sus barricadas a una guerra de las Comunidades...; la capital de Andalucía, en armas; Cartagena, en delirio; Alicante y Almería, bombardeadas; la Escuadra española pasando al pabellón extranjero...; la ruina de nuestro suelo; el suicidio de nuestro partido...

Todo esto lo olvidó la II República. Con renovada ilusión, don Niceto Alcalá Zamora firmó el Estatuto catalán en 1932, roto dos años después por la sublevación de la Generalidad. ¿Bastó la lección? No, por cierto. Azaña restableció la autonomía y también se arrepintió, como tantos prohombres de la República que llegaron a hablar con un estilo unitario digno de Franco. Aquí entra Julián Zugazagoitia, ministro de la República durante la guerra civil.

En la página 454 de su libro «Guerra y vicisitudes de los españoles nos cuenta el disgusto de Negrín ante el recrudecimiento nacionalista:

•Esa puede ser una razón para que yo me marche del Gobierno —dijo rudamente—. No estoy haciendo la guerra contra franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan los que otra cosa supongan.

No hay más que una nación: ¡España! No se puede consentir esta sorda y persistente campaña separatista, y tiene que ser cortada de raíz si se quiere que yo continúe siendo ministro de Defensa y dirigiendo la política del Gobierno, que es una política nacional. Nadie se interesa tanto como yo por las peculiaridades de su tierra nativa; amo entrañablemente todas las que se refieren a Canarias y no desprecio, sino que exalto, las que poseen otras regiones; pero por encima de todas esas peculiaridades, España. El que estorbe esa política nacional debe ser desplazado de su puesto. De otro modo, dejo el mió. Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la de que se desprendiese de alemanes e italianos. En punto a la integridad de España soy irreductible y la defenderé de los de afuera y de los de adentro. Mi posición es absoluta y no admite disminución.»

•El propio Azaña —apostilla Zugazagoitia— no se hubiera expresado con más vehemencia. En ese tema los dos presidentes eran correligionarios.»

Vehemencia unitaria; vehemencia, sin duda, contrita. Pero nadie escarmienta en la Historie. Una de las cosas que más se repiten en ella es ese señor que dice que la Historia no se repite. Es asombroso que no vean lo contrario ni siquiera los hombres que descubren el fenómeno. Así, el propio Zugazagoitia, en, la página 280 del mismo libro, describe una vez más la autonomía como paso hacia la separación. Suprimo del texto original la región de que habla porque vale para cualquier otra con apetencias independentistas:

•La autonomía concedida determinó un crecimiento inverosímil de los fervores autonomistas, al punto de que los propios nacionalistas, "si su ideal no se cifrase en mayor conquista", hubiesen quedado sobrepasados. Los comunistas, siguiendo instrucciones de su comité central, acentuaron su nacionalismo, y algo parecido, aun cuando con mayor mesura y timidez, hicieron los socialistas. El proceso de este mimetismo colectivo necesitará ser estudiado con detalle. Sobra con que lo anotemos aquí como explicación de la exacerbación nacionalista...»

Luego de explicar que el Gobierno autónomo, según la ley votada por las Cortes, se convirtió en Gobierno independíente, Zugazagoitia enumera las tres causas de la escisión: Guerra, Hacienda y Extranjero.

En estos tres puntos continúa el quid de la cuestión. ¿Volveremos a comprobarlo?

Juan Luis CALLEJA

 

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