El fantasma del separatismo     
 
 El País.    18/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

OPINIÓN

EL PAÍS, martes 18 de octubre de 1977

El fantasma del separatismo

LA MONOCORDE condena de los «rojos» y los «separatistas» ha sido a lo largo de varias décadas, el ingrediente básico, por no decir único, de la ideología de la ultraderecha en nuestro país. Unos y otros, según esa teoría, no eran propiamente españoles, sino pobladores de un ente imaginario bautizado con el nombre de la Antiespaña.

Los «rojos» eran los que habian luchado en defensa de la República; así, pues, incluía desde la burguesía liberal (en la que había católicos tan notorios como el historiador Claudio Sánchez-Albornoz o el general Vicente Rojo) hasta los obreros anarquistas, socialistas y comunistas. Los «separatistas» eran los vascos, catalanes y gallegos que defendían instituciones de autogobierno para sus pueblos (entre ellos, los demócrata-cristianos del PNV), además de los sectores, más minoritarios, propiamente independentistas. La operación de limpieza era, así pues, tan drástica como ambiciosa: convertir el territorio español en el patrimonio exclusivo de los vencedores de la guerra civil.

La vuelta de los «rojos» a la legalidad, tras el fallecimiento del general Franco, ha deparado sorpresas sin cuento a quienes habían creído en los delirios de la propaganda del Régimen. El regreso de los exiliados republicanos ha permitido comprobar su moderación y, en algunos casos, su conservadurismo.

Los socialistas son ahora una alternativá global de poder frente al Gobierno; cuentan con cerca del 30 % del voto popular y reciben el respaldo de los laboristas ingleses y los socialdemócratas alemanes, que gobiernan sus respectivos países. Y los comunistas, que han mostrado en los cien días del segundo Gabinete Suárez una capacidad de iniciativa superior a su fuerza electoral, son los artífices del «pacto de la Moncloa» y los anfitriones de una pacífica y civilizada fiesta popular que congrega, con todo orden y civismo, a más de un millón de madrileños en la Casa de Campo.

Sin embargo, el «separatismo» es un fantasma más difícil de exorcizar. El acuerdo de Perpiñán para el restablecimiento provisional de la Generalitat de Cataluña, suscrito por todos los partidos con representación parlamentaria, subraya que la autonomía del antiguo Principado se conjuga con la unidad de España y con la solidaridad entre todos los pueblos de la Península. Y sólo algunos minúsculos grupos extraparlamentarios siguen hablando de los «países catalanes», que englobarían, como nación independiente, a los territorios que van desde la Cataluña francesa hasta el antiguo Reino de Valencia y las islas.

Pero ¿y el País Vasco? De los partidos con mayor representación parlamentaria, el PSOE es inequívocamente autonomista. Y si el PNV todavía coquetea verbálmente en ocasiones con la idea de una Euskadi independiente, ni su práctica política actual ni su trayectoria a lo largo de la República y el exilio dan fundamento para pensar que se proponga rebasar el horizonte de la autonomía. Es verdad que tanto los socialistas como los nacionalistas vascos se inclinan por la forma de Estado federal. Pero la discusión entre federalismo y autonomismo es una polémica puramente verbal: la estructura autonómica puede tener mayor potencialidad de autogobierno que la federal.

Y, sin embargo, la izquierda abertzale mantiene posiciones independentistas. Esa es la razón, sin duda, de que los partidos integrados en la KAS no hayan sido todavía legalizados, pese a que la mayoría dé ellos renuncien a la violencia y pese a que la coalición electoral de un sector de ese espectro, Euskadiko Ezkerra, haya enviado a las Cortes a un congresista y a un senador.

Creemos que es un error político enfocar la cuestión de la legalización de los partidos vascos independentistas con criterios ideológicos. La propuesta de una Euskadi independiente, integrada por las cuatro provincias españolas y los departamentos vasco franceses, ofende la sensibilidad patriótica, pero también ofende al sentido común de la gran mayoría de los vascos porque es un proyecto irrealizable y que camina a contracorriente de la historia.

Casi la mitad de la fuerza de trabajo del País Vasco está compuesta por población inmigrante del resto de España; la industria vizcaína y guipuzcoana se han desarrollado gracias a la protección arancelaria del mercado interior español; los vínculos históricos que unen a los vascos de ambos lados de los Pirineos son mucho más débiles de los que les enlazan con sus respectivas comunidades nacionales, y, en última instancia, el Estado francés es el más centralista de toda Europa. La propia trayectoria del PNV, desde el bizcaitarrismo de Sabino Arana hasta el presente, es la historia de la acomodación a la realidad del nacionalismo vasco.

Estamos viviendo unas semanas cruciales para el porvenir del País Vasco y de la democracia española.

La rama político-militar de ETA ha condenado el crimen de Guernica, realizado por la rama militar. Parte de los extrañados, condenados a muerte en el juicio de Burgos, se han integrado en EIA, cuyo representante en el Congreso, señor Letamendía, transparentó los deseos de su organización de aceptarlos cauces parlamentarios para la defensa de su programa al justificar su abstención en la votación de la ley de Amnistía.

La divisoria de aguas políticamente significativa en Euskadi es, en estos momentos, la que separa a los que siguen propugnando y utilizando la violencia armada; esto es, La rama militar de ETA, del resto de las formaciones políticas, sean cuales fueran, que aceptan la legalidad y promueven un cambio pacífico.

 

< Volver