Autor: Lapesa, Rafael. 
   Una lengua más que milenaria/1     
 
 El País.    15/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Una lengua más que milenaria/1

RAFAEL LAPESA De la Real Academia de la Lengua

Bueno es que haya surgido la idea de conmemorar el milenario de la lengua castellana. Aunque nada obliga a pensar que el año 977 fuera decisivo para su historia, la celebración invita a reflexionar sobre el pasado, presente y futuro de ese excepcional vehículo de comunicación y de cultura que guarda viva la esperiencia multisecular de veinte pueblos.

No sé por qué se ha elegido esta fecha. Las lenguas romances no nacieron del latín mediante partos que pusieran término a las respectivas gestaciones e iniciasen sus vidas autónomas; fueron resultado de lenta y gradual evolución. Por eso es imposible datar con exactitud el nacimiento de cada una. No poseemos testimonios de los siglos VI al VIII respecto al habla vulgar de las comarcas que a partir del IX iban a agruparse en la Castilla primitiva. Los documentos del X, aunque escritos en latín, dejan escapar palabras o frases sueltas donde apuntan tímidamente algunos caracteres fonéticos o gramaticales del romance regional; pero estas manifestaciones del rusticas sermo o vulgale eloquium sólo se dan por descuido o ignorancia de los escribas o por imposibilidad de latinizar realidades inmediatas.

Cosa distinta ocurre en las Glosas Emilianenses y Silenses, los primeros textos hoy conservados que revelan deliberado propósito de usar el romance con plena conciencia de que ya no es latín. No sabemos con precisión cuándo, pero probablemente hacia 950, un monje de San Millán de la Cogolla anota entre líneas o al margen, las equivalencias romances de vocablos y frases que le resultan difíciles de entender en unas homilías latinas; en una ocasión traduce y amplía en romance una breve plegaria. Poco después, otro monje glosa de igual manera un penitencial latino que perteneció al monasterio de Silos y hoy se encuentra en el Museo Británico.

Los dos acuden a primitivos diccionarios que no conservamos, pero cuya existencia está asegurada por errores comunes en algunas glosas. Indudablemente no son las primeras tentativas de escribir conscientemente en lengua vulgar. Por otra parte, ni las Glosas Emilianenses ni las Silenses están en castellano.

El santuario de San Millán de la Cogolla pertenecía al reino de Navarra desde que el rey de Pamplona, Sancho García, reconquistó la Rioja hacia el año 923; el monje glosador debía de ser navarro, pues se vale del dialecto navarro-aragonés, al que añade en dos glosas equivalencias vascas.

Más extraño es que las Glosas Silenses sean también navarro-aragonesas en cuanto a lenguaje, a pesar de que Silos está situado en el corazón de Castilla; la estrecha relación que ligó a los dos monasterios autoriza a suponer que el penitencial de Silos fuera escrito o glosado en el cenobio riojano o por un monje procedente de él. Lo cierto es que unas y otras glosas escriben geitar, feito, muito, spillu, siegat (sieyat), naiseren, etcétera, en lugar de las formas castellanas echar, fecho, o hecho, mucho, espejo, sea, nacieren. Para encontrar abundante presencia escrita de rasgos netamente castellanos tenemos que acudir a documentos del siglo XI, cuando la personalidad histórica de Castilla estaba ya plenamente afirmada; pero la multiplicación de ejemplos que se registra entonces exige un largo proceso de incubación, durante el cual las características del habla castellana apenas se habían reflejado en la escritura.

Asi, pues, la fecha de 977 es arbitraria: no corresponde con seguridad a las Glosas Emilianenses ni Silenses, ni éstas son propiamente castellanas. Ahora bien, no podemos negar que en el fondo es una fecha verdadera, pues el castellano existia ya entonces, y antes de un siglo empezaría a propagarse por tierras riojanas. El dialecto navarro-aragonés en que están escritas las Glosas es afín al castellano y fue absorbido por él. Si, nuestra lengua es más que milenaria en 1977 y bien merece que nos ocupemos de ella.

 

< Volver