Autor: Figueras, Josep María. 
   Una respuesta a Ricardo de la Cierva desde Cataluña     
 
 El País.    01/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

REGIONES

ÉL PAIS JUEVES 1 DE DICIEMBRE DE 1977

TRIBUNA LIBRE

Una respuesta a Ricardo de la Cierva desde Cataluña

JOSEP M. FIGUERAS Lliga de Catalunya

Hace unos días, en sus Apuntes parlamentarios, el historiador Ricardo de la Cierva, felizmente metido a incisivo comentarista político, hacia «preguntas indiscretas desde Madrid» a Cataluña; se las hacia, concretamente, a la derecha catalana. Sus cuestiones, que daban en el clavo, eran, quizá por eso mismo, ciertamente indiscretas: pretendían que la derecha catalana se definiera, lo cual, si no me equivoco de medio a medio, es exactamente lo que ella rehuye hacer... incluso en su fuero interno.

Se sorprende De la Cierva de que en un país, como Cataluña, tan europeo —y, por ello, tan conservador, como lo es la Europa occidental de hoy-, la derecha tenga una presencia política tan inconsistente y ambigua hasta el punto de no llegar a ocupar con eficacia ni el reducido espacio que le reserva la interesada benevolencia de la izquierda. «¿Se puede saber —dice— quién es, qué hace y en qué piensa la derecha catalana?»

Sus preguntas nos han de sonar como una grave acusación a quienes deambulamos con paso incierto por el ancho campo, tan real como desorientado, de mal confesada derecha, aunque, a decir verdad, ¿cuál es la fuerza política catalana que no presenta algo de fantasmal y vago y que, al margen de los votos que le cayeron en suerte y de los tópicos que obstinadamente maneja, ofrezca un contorno decidido e inconfundible y lleve a término una acción política vigorosamente arraigada en la realidad y, por ello, eficaz y atrayente?

No puedo hacer oídos sordos a la cuestión certera. Y estas lineas constituyen un esbozo de respuesta. «Una» respuesta —la mía— no, evidentemente, «la» respuesta de la derecha catalana. Seria necesario que, como ésta, hubiera muchas y variadas, ya que es mucha la gente de derechas que hay en Cataluña, aunque no se llame asi, e incluso, aunque no sepa que lo es. Aún más, me atrevería a afirmar que la catalana es de las pocas derechas auténticas y duraderas que hay en la Península: la otra, la de muchas regiones españolas, aunque pudo resultar mayoritaria en las elecciones, viene en buena parte del pasado, está a la defensiva en una sociedad en cambio y este cambio la irá erosionando; la de Cataluña, políticamente perpleja, es sociológica y económicamente moderna y vigorosa como la europea; su estabilidad será creciente; mayoritaria o no, su peso social es considerable y constituirá un factor constante. ¿Es quizá su carácter «nuevo», al compararse con las del resto de España, una de las razones que explican su actual crisis de identidad política?

La aparente ausencia

Su situación es, fundamentalmente, una herencia del próximo pasado. La derecha catalana resultó doblemente traumatizada por la guerra civil. Perseguida por la revolución anarquistoide, fue tratada por el franquismo como vencida. Se le perdonaban «sus culpas» —su catalanismo, su liberalismo...— si callaba. Colaboracionistas hubo pocos, apolíticos lo fueron siendo casi todos. Una ínfima minoría -de aluvión muchas veces— que ocupó los puestos de mando se reclamó abusivamente de la derecha, pero en ningún caso fue emanación suya. Al descomponerse el franquismo, la derecha catalana, que seguramente había participado en el régimen en mucho menos grado que cualquier otra, no tiene ni tan sólo el recurso de servirse del antiguo personal político, «convertido»´a la democracia, como bandería de enganche para afrontar las tareas de la transición: en Cataluña dicho personal carece de raíz y de prestigio y se funde como rocío bajo los primeros rayos solares.

Décadas de pasividad bajo un régimen impuesto conforman una mentalidad que concibe la politica como coto cerrado de grupos organizados —poco más que meros equipos profesionales— que, con dudosos méritos, se disputan las sinecuras del poder; agotado el franquismo, parece aceptarse como inevitable que haya llegado el turno al equipo marxista que se había erigido como oposición, tenaz en la proclama, aunque impotente para producir la ruptura. No aciertan a darse cuenta de que la auténtica política no es una cuestión de «tandas» reservadas, sino efectiva representación de las fuerzas reales. La sociedad catalana —equilibrada, abierta, progresiva, plural y pragmática— carecía de una organización política capaz de concretar eficazmente una propuesta de acción que fuera moderna, renovadora, realista y nada dogmática. No acertamos á dársela. Quizá aquellos que por haber jugado un papel en la oposición al franquismo pudieron haber sido los primeros líderes naturales fallaron en su misión y, en su obsesivo empeño por desmarcarse del pasado, se forzaron a adoptar posiciones izquierdistas que se correspondian mal con las aspiraciones de una buena parte del cuerpo social y, lo que es menos perdonable, con sus propias y profundas actitudes.

Hacia una formación política «abierta»

Fado de organización y falta de veracidad propician el desplazamiento hacia la izquierda que se produce, y que las elecciones parecen confirmar; desplazamiento, sin embargo, que es más semántico que real. Porque hay esa extraña moderación de los partidos marxistas que, a nuestro entender, es debida a la necesidad no de asustar a los votos ocasionales que proceden de muy lejanos horizontes ideológicos y hay esa derecha desamparada que a última hora busca acogerse a la imagen seductora, aunque políticamente borrosa, de Suárez.

Lo que parece claro es que en Cataluña no existe —todavía no existe- la derecha reaccionaria; que los partidos marxistas tienen una representación superior a la realidad social y que, lejos de éstos y de aquélla —y no entre ellos—, se extienden amplísimos sectores de la sociedad catalana que no han hallado una expresión política nueva y adecuada. En la medida en que el marxismo parece acaparar —paradójicamente, claro— la izquierda, podrían ser llamados de derecha. Otros, para no cargar con las connotaciones históricas que el nombre conlleva, preferirían denominarse de centro. En el fondo, estarían más próximos al sentido que tenía la izquierda cuando el nombre apareció: libertad, defensa del individuo frente al poder del Estado, valor de la iniciativa creadora, liberación respecto de cualquier dogmatismo...

Dejémonos de escolásticas discusiones sobre palabras. Úsese la

que se quiera para designar, no para definir.

Lo fundamental es que hay un importante —yo diría que, potencialmente, decisivo— espacio social que carece de organización politica y que está insuficiente —y equívocamente— representado. Interesa a todos —a la democracia, en primer término— que en el ruedo político estén todos los que son y sean todos los que están. No se trata, pues, de que este u otro grupo intente captar parcialmente esta inaprovechada corriente» para que mueva sus viejos molinos. Esforcémonos, por el contrario, en mantener íntegro su caudal; no queremos imponerle direcciones arbitrariamente establecidas; antes bien, observemos hacia dónde se dirige la corriente, cuál es su natural pendiente; respetemos su originalidad...

Papel histórico de la «oposición civilizada»

«Vertebrar» esa área política, hoy todavía informe, es tarea urgente —y larga— que no será posible realizar a través de los intrincados vericuetos de las negociaciones entre grupitos de «notables», cada uno con sus ambiciones, sus exclusivas y sus limitaciones. Resulta evidente que no es por la suma laboriosa de cantidades ínfimas que se va a estructurar la formación politica que ofrezca a los catalanes no izquierdistas una opción válida y coherente, sino mediante la creación, al margen de personalismos y de regateos, de un vigoroso movimiento de base, capaz de arrastrar a los indecisos y de despertar vocaciones políticas.

Ha de constituir una formación esencialmente «abierta» en la que sean llamados a ejercer responsabilidades aquellos elementos valiosos de la sociedad que hasta ahora han permanecido alejados de la acción política, por delante, si conviene, de quienes, en un momento inicial, tuvimos que avanzar —forzados por un sentimiento de deber cívico— hasta un primer término. Lliga de Catalunya, por su parte, así lo ha entendido y en su último congreso lo ha dejado bien patente. Abierta, asimismo, a los líderes accidentalmente escorados hacia la izquierda y que podrían reencontrar en esa nueva formación el lugar que naturalmente les corresponde y recobrar, con su autenticidad, su plena eficacia.

Convendría evitar una perspectiva electoralista. La inminencia de una llamada a las urnas puede ciertamente precipitar acuerdos, pero éstos no resultan ser, con frecuencia, ni los más razonables ni los más duraderos. Lo que se hace en una noche, se deshace al día siguiente. Hay que trabajar con más calma si se quiere construir algo que sirva para los próximos años. No es de esperar un vuelco electoral. Creo que en Cataluña lo previsible es un período de un par de años de predominio marxista en las urnas y, en consecuencia, en los órganos de gobierno autónomos. No caigamos en actitudes catastrofistas. Esperemos que nada de lo que ocurra pueda ser irreparable, que pueda todavía haber un mañana distinto.

Preparémoslo desde ahora. En la política pesan los votos, las masas en la calle, pero cuentan también la calidad de los hombres y de las soluciones originales y adecuadas que presenten a los problemas cada vez más acuciantes que sin duda se irán planteando. Hagamos de «oposición civilizada», sin nostalgias del golpe de fuerza y sin demagogias; dejemos gobernar a la mayoría del momento sin obstrucciones sistemáticas, pero a la vez procuremos evitar los errores evitables oponiendo a la ilusión utópica y al dogma la critica razonable y el sentido de las realidades.

Eventualmente, se podria, incluso, colaborar en un Gobierno —o Consell— de concentración si las circunstancias lo exigían, pero seria para llevar a término una política nacional —no para ganar credibilidad democrática—. Sin embargo, la tarea básica de esta nueva derecha catalana debería ser la de preparar el relevo para cuando se produzca el previsible agotamiento del experimento socializante. Para ello habría que ir formando —en la oposición— los equipos dirigentes, tener el respaldo de una organización extensa y flexible, preparar un repertorio completo de soluciones realistas, ofrecer un proyecto de vida colectiva que fuera a la vez atrayente y posible, estar dispuestos «a sustituir el deseo y la ilusión» propios de las promesas demagógicas, «por la voluntad efectiva» de progreso,.. Y, para empezar, habría que evitar la destrucción indiscriminada de la obra realizada durante el período anterior, salvando —y consolidando— los elementos aprovechables que en ella pudiera haber. La continuidad histórica es necesaria. No hay «mal llamados años» ni son posibles las rupturas totales. La vida de un pueblo no puede consistir en un incesante tejer y destejer.

Tampoco puede ser una vuelta atrás. Algo ha de quedar muy claro: la creciente presencia de este centro, arraigado en el país, ocupando un espacio político muy real, es la mejor garantía de que la reacción más elemental y simplista —la vuelta atrás— no constituirá la única alternativa a una experiencia socialista en crisis.

Esta es la pieza fundamental que entre todos hemos de poner en «su» lugar. Gracias a ella ´podría darse una nueva muestra de lo que De la Cierva llama la anticipación catalana, que es casi lo mismo que yo denominé —en algún libro mío— «Catalunya como ejemplo». En este caso, la posibilidad de una salida, y de una salida democrática, a un Gobierno de la izquierda socialista.

Es decir, un futuro que podria ser contemplado con confianza.

Apostilla final

Discretamente, se pregunta De la Cierva «si dentro de esa derecha catalana existe algún papel para la UCD».

He aquí —forzosamente breve y voluntariamente directa— una respuesta: no discutiremos los méritos de la acción de Suárez en Madrid; improvisó un partido, cuya plena existencia es aún hoy problemática, pero le permitió recoger millones de votos muy reales, gracias a lo cual, y para suerte de todos, ha realizado con éxito, y con una precisión casi funambulesca, una arriesgada transición política. Luego, al asumir la responsabilidad del poder frente a la crisis económica, el partido puede resquebrajarse, e incluso oscurecerse, al menos temporalmente, el liderazgo.

En Cataluña, la operación todavía más improvisada, se efectuó con menos conocimiento del terreno. Hubo errores, paliados más tarde con la oportuna «devolución», de principio, de la Generalitat. No creemos que la formación de la nueva derecha catalana autónoma pueda hacerse «en torno» a UCD. Pero UCD debe constituir un elemento esencial de la misma.

 

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