Autor: ÍBERO. 
   La jornada de autonomía     
 
 Pueblo.    05/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

LA JORNADA

DE AUTONOMIA

Ni siquiera los lamentables incidentes que enturbia ron ayer la celebración de las jornadas a favor del estatuto de autonomía en Andalucía y Galicia podrían esgrimirse para descalificar, ni aun para desdibujar, la significación bien expresiva de unas manifestaciones populares, cuyo denominador común- no fue otro que el reconocimiento de la personalidad regional. Por ello, si bien lamentamos los sucesos de ayer, como deploramos cualquier alteración del orden público, no queremos que se utilicen como cortina de humo para desvirtuar el genuino alcance de estas jornadas, al margen, incluso, de algunas pequeñas y desafortunadas expresiones de radicalismo.

Cientos de miles de ciudadanos andaluces y gallegos (tan españoles como el que más) secundaron la convocatoria de los partidos políticos, entre ellos la UCD, sin otra finalidad que la de apoyar los estudios y negociaciones en marcha para acceder al régimen autonómico. Y ocioso parece subrayar

que estas dos regiones no piden algo distinto a lo ya conseguido por Cataluña y está en vías de alcanzar rápidamente el País Vasco. Hay, en todo caso, la diferencia fundamental de que Galicia y Andalucía plantean una aspiración legítima que para ellas es totalmente nueva, porque nunca hasta ahora se hizo realidad, aun cuando subyace desde una época ya lejana en el sentimiento de sus gentes.

Tal circunstancia explica bien, a nuestro juicio, que las manifestaciones de ayer para reclamar o urgir el estatuto político-administrativo, hayan discurrido con una cierta temperatura emocional, sin que esto deba servir como fácil coartada a quienes quisieron imponer por la fuerza la hegemonía de su ideario político. Las jornadas autonómicas de ayer discurrieron pacíficamente hasta que una minoría quiso romper la normalidad y el correcto desarrollo de manifestaciones —repetimos que legítimas— y debidamente autorizadas, exarcebando los ánimos con la provocación de maximalismos y enfrentamientos.

Todo ello es muy lamentable y sólo hubiera tenido, en definitiva, un valor anecdótico, de no haber mediado un dramático percance, y en .modo alguno habría de utilizarse como razón de fondo orientada a empañar la identificación manifiesta de «nos, de muchos miles de ciudadanos españoles en la defensa y reconocimiento de sus peculiaridades regionales. Por otra parte, es de toda evidencia que el clamor de algunas regiones del país en demanda de autonomía no surge ahora como un fenómeno extraño e inesperado. Pensar lo contrario sería un grave error, que, además, incapacitaría para entender cuanto hay de favorable y positivo en el sentimiento autonómico.

Lo que ocurre es que este ideario y este sentimiento regionalista sólo podía aflorar a la superficie y manifestarse libre y espontáneamente en un régimen democrático. Fueron muchos años de intolerancia, incluso con cualquier tibia y hasta inocente expresión de sentimiento regional. La Monarquía, al asumir desde el primer instante la defensa a ultranza de los derechos y libertades cívicas, al tiempo que de las peculiaridades de cuantos pueblos integran la nación española, hizo también posible la apertura de un proceso autonómico, que, lejos de favorecer la disgregación, habrá de contribuir a fortalecer la unidad y solidaridad entre todos ellos. Mientras tanto, nada tiene de extraño que el camino hacia un óptimo desenlace de las autonomías, en el marco de unos derechos y deberes explícitamente fijados por la nueva Constitución se tropiece con obstáculos, incomprensiones y resistencias. Pensamos que el reconocimiento de las personalidades regionales, en última instancia, redunda en beneficio de un natural, y no artificial, sentimiento unitario nacional

IBERO

 

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