Hacia las autonomías     
 
 Arriba.    06/12/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

HACIA LAS AUTONOMÍAS

DURANTE mucho tiempo se dijo que el más intrincado problema a que debería hacer frente, en nuestro país, la transición democrática, consistía en dar una respuesta suficiente y ponderada a las reivindicaciones autonómicas. Lo que en modo alguno cabía era seguir desconociendo la realidad de que España no asimila el modelo uniformizador y centralista que, durante algunas décadas, se quiso identificar, con interesado confusionismo, a la subsistencia del país. La coexistencia en nuestro suelo de pueblos bien diferenciados en sus raíces y que, durante siglos, han desarrollado culturas específicas notablemente valiosas, no puede ser ignorada ni barrida de un plumazo legislador. La política y las leyes deben conformar las realidades en vez de suplantarlas. Ni el catalán, el gallego o e| vascuence han desaparecido porque se prohibiera su uso, ni nadie puede alegar razones sensatas para que un país renuncie a patrimonios lingüísticos, culturales y convivenciales que le son propios y en cuya diversidad se enriquece.

El último reducto del centralismo residual permanece anquilosado en un burdo sofisma dialéctico: la pretensión de que las autonomías pudieran atentar a la unidad del país y propiciar, en consecuencia, su ruptura y descomposición.

Como si no fuera patente la unidad de Estados Unidos en la integridad de sus cincuenta Estados, o la de Suiza en sus cantones, o la de Alemania Federal, o la de Italia o tantas otras. La verdad es opuesta: el desconocimiento y la opresión de las diferenciaciones reales genera otras inauténticas y favorece la radicalización y el envenenamiento de posturas que hubieran discurrido con normalidad por cauces adecuados.

¿Dónde está el «problema catalán» desde que se ha iniciado, con todas las preocupaciones del mundo, el proceso de restablecimiento de sus instituciones autonómicas? ¿Cuántas vidas hubiéramos ahorrado y cuál sería la mínima incidencia de ETA de no haberse querido ignorar, contra viento y marea, la «cuestión vasca»? ¿Por qué debe padecer Galicia un centralismo que ha sido manifiestamente incapaz de sacar a esta importante área de España del pozo de subdesarrollo en que todavía se encuentra? Es obvio que las autonomías deben fundamentarse en el principio de solidaridad ínter-regional; pero lo que está claro, con la elocuencia incontestable de la praxis, es que el centralismo no ha sido capaz de un trato igualitario a todas las partes de España. El centralismo es, por ende, un entendimiento pobre, torpe y timorato de la nacionalidad española, ajeno a todas las tradiciones de nuestros pueblas, ineficaz en cuanto a la gestión pública y propiciador, por su artificialidad intrínseca, de todos los aspectos negativos de nuestro carácter.

Hay más: para España, como para muchos otros países de nuestra área geopolítica, el camino de la integración europea discurre, necesariamente, por el reconocimiento y coordinación de las autonomías regionales. La CEE es un propósito de libertad y sólo en esa perspectiva podrá (legar a su deseada consolidación.

No es sólo un juego de tesis y antítesis, sino que las autonomías se robustecen en el contraste socíoiógico de la actitud de los pueblos de España, que se están produciendo solidariamente como un plebiscito arrollador. Fueron primero CeiíaEiiña, Valencia, Bateares, Aragón. Ahora, en este último fin de semana, Andalucía y Galicia han dado el testimonio de presencias multitudinarias incontestables.

Se calcula que más de un millón de andaluces y cerca de seiscientos mil gallegos han participado activamente en los actos del domingo, donde no hubo iracundias, ni gritos «antiespañoles» que tanto hubieran gustado algunos de exhibir. Incluso e| triste e innecesario incidente de Málaga es, por sus motivaciones y desarrollo, una prueba más que añadir a la necesidad de tas autonomías. Como lo es, Igualmente, el mínimo eco obtenido por la extemporánea convocatoria de una manifestación fragmentarista en Pamplona, viólenla, agresiva, ofensivamente antivasca, recusada por la población y que sólo ha servido para favorecer la postura más opuesta a la de sus promotores.

El futuro libre, apacible y democrático de nuestro país tiene, como es lógico, e¡ signo de sensatez y prudencia que entraña el entendimiento solidario de las autonomías. Con ellas desaparecerá la

fragmentación artificial de

los españoles. Con ellas se fortalece España Integralmente.

 

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