Autor: Llano Gorostiza, Manuel. 
   La Rioja alavesa, la denominación de origen y unos carteles     
 
 Diario 16.    15/09/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

MANUEL LLANO GOROSTIZA

Escritor

La Rioja Alavesa, la denominación de origen y unos carteles

Uno de los más expertos conocedores de la geografía y las artes del vino riojano, Llano Gorostiza, pone en su balanza la cuestión de unos carteles instalados en la zona alavesa de la región vinícola. «Si los de la Rioja Alavesa —afirmó el escritor— quieren alegrar las encrucijadas señalando identidades geopolíticas y vinícolas, están en su derecho.»

Las suspicacias autonómicas están de moda. Malo. Para muchas demarcaciones constitucíonalmente nacionales y hasta con bandera propia, la cuestión no se presenta clara ni medio clara. Cualquier vecindad autónoma de mayor envergadura acaba generando forzosas inquietudes, algún que otro resquemor expansio-nista y numerosas suspicacias. Unas veces lógicas y otras no tanto...

No lo son en el desmadre logrones y socialista de estos días, pésimamente planteado y agria y violentamente expuesto por Martínez Sanjuán, secretario regional del PSOE riojano, definiendo como «provocación inadmisible con preocupantes significaciones políticas» el hecho simple de que alguien con autoridad en Álava he/a colocado, entre Briñas y Oyón, a lo largo de lo que históricamente fue Sonsierra de Navarra y hoy feudo de la provincia de Álava, unos indicadores en los que se señala que aquella tierra es «La Rioja Alavesa».

Definir como «apropiación indebida» y convertir en grave conflicto «Ínternationes» la colocación de simples señalizaciones camínenles con la especificación de «La Rioja Alavesa» es rizar el rizo de lo neurótico y visceral.

Despistados

Colocar por Briñas, Labastida, Semaniego, Leza, Navatidas, Laguardia, Elciego, Lanciego y Oyón indicadores más o menos bonitos recordando al caminante que aquello es «La Rioja Alavesa» no puede levantar ampollas más que a los despistados política y culturalmente. Porque aquellos pueblos pertenecen a «La Rioja Alavesa». Verdad que nadie discute. Lo contrario valdría tanto como negar una realidad geopolítica, confirmada por la historia, la antropología, la sociología e, incluso, la vinícola «denominación de origen» que habla de tres subzonas: Rioja Alavesa, Rioja Alta y Rioja Baja.

Si los de Rioja Alavesa quieren alegrar las encrucijadas señalando identidades geopolíticas y vinícolas, están en su derecho.

Pero aún queda más tela que cortar: los llamados territorios históricos son una obsesión subliminal de los «vascos» de ahora. Y entrecomillo «vascos» y digo «de ahora», porque si Sabino de Arana y Goiri, el fundador del «bizkaitarrismo», levantara la cabeza y comprobara cómo lo tergiversan por Ajuria Enea, los corría a gorrazos, usando terminologías muy limpias y muy riojanas. Porque el hecho está ahi. Me contó un ministro socialista que, en cierta entrevista Felipe Gonzáiez-Carlos Garaicoechea, el «lehendakari» casi agotó la paciencia del presidente, agobiado por graves problemas internacionales, planteándole como reivindicación urgente de los vascos la del condado de Treviño, administrativamente burgalés, aunque inserto en Álava.

Todos los argumentos del «lehendakari» para urgir la recuperación de Treviño —incluido un referéndum de los vecinos afectados— les podrían servir de maravilla a los riojanos para reivindicar la franja alavesa de la orilla izquierda del Ebro y volver la comarca, autonomía, nación.

Testimonio

Para conseguirlo sobran las declaraciones airadas de hace días. La Rioja Alavesa de las señalizaciones no ofende a nadie, de momento. Se limita a testimoniar un hecho geopolítico y enológico. Con todos los respetos. Sin olvidar que cuando los estatutos de Estella, gestoras y demás movimientos autonómicos de los años treinta —concretamente, en 1934—, tos mismos ayuntamientos de esta Rioja Alavesa de ios carteles se reunieron en Laguardia para acordar dejar de pertenecer a la provincia de Álava. Lo cual, no deja de ser un síntoma. Todo un síntoma que los políticos de Logroño parecen ignorar, acaso porque asumirlo suponga un esfuerzo cultural considerable.

Y en Logroño la cultura se limita a amparar festivales de la chuleta al sarmiento, músicas de púa, exposiciones postumas y la representación de un «pay-pay» blasfemo, coprófilo, soez y subcultural —la contracultura es otra cosa, amigos— dentro de un festival de teatro heredado de los ucederos.

 

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